Equipo Charlie: Diario de a bordo número 2.

Tras una noche de “digestión difícil” (uno lee, ve en la tele, se intenta hacer una idea…se intenta preparar para el drama humanitario al que se va a enfrentar…pero cuando llegas a la realidad te das cuenta de que siempre es mucho peor de lo que la pintan) nos levantamos con fuerzas y ganas de hacer.

Nuestro coordinador nos lleva a Vasilika. Se me encoge el corazón nada más llegar…para mí un campo más como los dos que visitamos el día anterior: hacinamiento, calor asfixiante, condiciones infrahumanas. Cuando ya pensaba que no me podía doler más el corazón se nos acerca un adolescente con una sonrisa de oreja a oreja, le preguntamos cuántos día llevan en este campo y cómo se encuentran; para nuestra sorpresa nos responde que solo llevan 5–6 días pero que está muy contento porque este campo es “very good”, tienen sombra (una enorme nave donde están ubicadas todas las tiendas algo que no se da en todos los campos y que en estos meses de 40 grados a la sombra es un bien preciado). Primera reflexión del día: la relatividad de la necesidad, el tan conocido “la felicidad no es tener lo que quieres si no querer lo que tienes”…un karma indispensable para no “ahogarse” en estos mares de tierra.

No tenemos muchas gestantes ya que nuestro fabuloso equipo 2 hizo un super trabajo hace unos días, así que nos centramos en dar atención médica básica (por otro lado indispensable ya que si no estamos nosotros estas personas no tienen a nadie, para mí nunca fue tan importante dar un paracetamol, segunda reflexión del día).

Por la tarde toca Softex, nuevamente visitamos a las embarazadas que vienen a vernos como damos tratamiento para unas anginas. Nos quieren, nos agradecen, nos cuidan, no dejan de ofrecernos café y zumo (tercera reflexión del día: es quien menos tiene quien más da) Ensimismada por la carga asistencial y el calor literalmente asfixiante me despierta el canto para la oración…se ha puesto el sol, hora de romper el ayuno.

Estábamos dando por finalizada nuestra jornada de trabajo pero de repente se acerca una pequeña de no más de 6 años refiriendo un golpe en el brazo; la examino, no es más que un rasguño…saco una tirita de Bob Esponja y se la pongo, se le ilumina la cara. Última reflexión del día: tendré que poner muchas tiritas en el corazón de estos niños estos días.

Laura.

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