Equipo Golf: Diario de a bordo. Despedida

“Doctor babys” y “doctor women” vuelven hoy a España. No queremos marcharnos. No mientras quede una mujer, un niño, un hombre en esos campos de refugiados de Tesalónica dejados de la mano de Dios.

Escribo hoy desde la Acrópolis de Atenas, cuna de civilizaciones, donde mi avión ha hecho escala para continuar esta noche hasta Madrid.
Mañana a estas horas estaré en mi hogar, junto a mis pequeñajos y a mi amorcito que ha cuidado de ellos en estos días. Mi hogar… He de reconocerlo: estoy ‘”hecha cachos” (expresión granaína) y hartica de llorar. Me he visto reflejada en cada una de estas mujeres valientes que día tras día han subido a nuestra ambulancia para sus revisiones obstétricas y ginecológicas rutinarias que seguían en sus países y que la guerra les arrebató junto con mucho más. ¿Solo la guerra?
Aquí también mueren cada día cuando tienen que mendigar al ejército su ración de comida, cuando guardan turno de una mañana o tarde completa junto a nuestra ambulancia para conseguir un paracetamol (¿cuántos tenéis en vuestra casa caducados?) o una cremita para el eczema del bebé, cuando les racionan el agua de beber, las hacinan en tiendas de pocos metros cuadrados bajo un sol sofocante en campos infectados de mosquitos, obligadas a realizar sus necesidades en baños compartidos por cientos de criaturas en los que os prometo, yo no he sido capaz de entrar. 
Todas consultaban por picor vulvovaginal. Todas: adolescentes, enfermeras, maestras, ingenieras,estudiantes, amas de casa, esposas, madres, hijas, …

Mueren cada día cuando su hijo de 4 años con una cardiopatía congénita diagnosticada y tratada en Afganistán, se apaga día tras día porque aquí en Grecia no hay hospital que se haga cargo de su dolencia.

Mueren cada día cuando les diagnósticas una malformación grave a su futuro bebé, gestionas todo los papeles necesarios para su traslado hospitalario y cuando vuelves al campo ella está otra vez en la lista de ese día, en busca de consuelo porque al hospital irá “el mes que viene”.

Mueren agotadas, extenúadas, de caminar día tras día cientos de kilómetros, tratando de cruzar fronteras para soñar con una vida normal para sus hijos, porque la fuerza del amor de esas madres es mucho mayor que cualquier dolor provocado por las grietas de sus pies.

Pies agrietados, edematizados, rostros pálidos, deshidratados, cansados, sumidos en la tristeza y la resignación cuando no lo consiguen, pero levantándose con fuerza a la mañana siguiente para volver a intentarlo.

Jamás he disfrutado tanto de mi trabajo como en estos días junto al resto del equipo de Rowing Together: preparando litros de solución rehidratante oral, administrando glucosa en continuos síncopes. Tratando de cerrar heridas y paliar su dolor con analgésicos potentes y vendajes que les aprieten “para que las heridas no nos rocen y volvamos a intentarlo esta noche”.

No puedo dejar de llorar. Estas personas son mis auténticos héroes y me traigo a España muchos de sus rostros grabados en mi corazón (siento no recordar sus nombre): la primera, esa mujer de 40 años, ingeniera de profesión en Siria antes de que estallara esta guerra, que el viernes nos abrazó con fuerza tras conseguir nuestra “super doctor women” Carolina ponerle un DIU hormonado en la ambulancia, tratamiento que le solucionará sus hemorragias vaginales y la anemia provocados por múltiples miomas uterinos; el hombre de 43 años diabético con isquemia en su pie izquierdo que trata curarle una úlcera que le llega hasta el hueso, me pidió un analgésico muy potente porque esa noche cruzaba la frontera a través de bosques frondosos, con su mujer y su hija; el rostro del chico kurdo de 18 años que me muestra los huecos que la tortura de los grupos extremistas dejó en donde debería haber dentadura, y me explica que eso es lo que ha provocado su locura; el del marido y su joven esposa que día tras día han venido a curar sus quemaduras; el lactante de 2 meses que sobre mis brazos; los ojitos y sonrisa traviesa de Odei (su nombre significa genio del trueno y nubes de tormenta) imaginaros como es este personaje de 10 años, al que no he podido dejar de abrazar y del que he sido incapaz de despedirme. Tampoco me he despedido de Mohamed, estaba dormido cuando James y Carolina me acompañaron de madrugada al aeropuerto. Prefiero que está despedida sea un hasta luego, y volver pronto, porque por los proyectos que funcionan merece la pena luchar. Dar las gracias a los fundadores de Rowing Together por esta oportunidad que me han ofrecido de formar parte de este equipo Golf, y en especial a James, por la unidad que ha conseguido del grupo, de la fuerza y la ilusión por el proyecto que nos ha transmitido a todos. Mi avión sale ya.

Eva.

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