Equipo Golf: Diario de a bordo número 5

Carolina con dos niñas (con permiso de sus padres)

Los dos últimos tres días han sido realmente extenuantes para el equipo, visitando los campos de Sinatex, Derveni, Softex y pasando horas de trayecto en la ambulancia para llegar a campos más lejanos donde previamente nos habían negado la entrada y donde habíamos tenido que dejar a nuestras mujeres y niños mirándonos al otro lado de la valla. Todo esto combinado siempre con la organización y clasificación de material y medicamentos en la ambulancia y armarios, la limpieza de la casa que nos acoge una pocas horas al día y de nuestro uniforme y sábanas de la ambulancia, los recados diarios necesarios para el funcionamiento del equipo y algún que otro escaso pero merecido descanso que hace que no nos volvamos locos. Eso hace que las jornadas sean casi infinitas y que algunos de nosotros caigamos muertos en la cama (o sofá), raramente antes de las 2 de la madrugada.

Nuestro Softex continúa bastante movidito, con muchas muchas consultas y muchas “visitas a domicilio” a las jaimas, como la de una mujer con grandes quemaduras por agua hirviendo o una reciente mamá que se retuerce de dolor por una cuarta cesarea bastante complicada, a la que le ha tocado hacer el postoperatorio sondada y tumbada en su colchoneta con un puñado de antibióticos en vez de en una cama de un hospital. Mientras, nuestras nuevas chicas, Sheila y Alba, hacen actividades con los más pequeños: correr, dibujar, bailar… El Softex nocturno puede llegar a ser una “fiesta” también, pero últimamente al equipo médico no nos dejan disfrutar mucho de ella.

Pero es en esos campos algo más lejanos donde más necesidades hemos encontrado entre los refugiados, como en el campo de Vaiochori, cercano a la frontera con Macedonia, donde los refugiados (principalmente afganos e iranies) van y vienen intentando cruzar desesperadamente la frontera. Es allí donde recibimos a más de 100 personas en unas pocas horas; y entre historias de bombas y talibanes que imposibilitan que las mujeres tengan una vida digna y de policías macedonios que disparan sus armas vamos curando ampollas en los pies, autolesiones en algún niño que quizás busca atención en un mundo sin futuro para ellos y las úlceras de un diabético a punto de perder un pie o algo más, al que gestionamos transporte urgente al hospital. Aquí se huele la desesperación y la escasez, y la verdad es que duele.

También el campo de Serres está bastante alejado y con bastantes necesidades. Sus ocupantes son principalmente iraquíes , y eso hace que la comunicación, tanto lingüística como cultural sea bastante difícil y lenta. Mujeres que no quieren destaparse casi ni el abdomen, risitas vergonzosas, conversaciones imposibles en una ambulancia cerrada a cal y canto en la que nos caen chorros de sudor para que todo quede en absoluta y pudorosa confidencialidad, y un gran desconocimiento sobre los métodos anticonceptivos modernos. Una gran cantidad de energía consumida para cada uno de los casos.

Pero en cada uno de los campos hay historias que se repiten, los asuntos ginecólogicos y las siempre presentes embarazadas. Y es que la vida sigue, y en todos lados el cuento se repite: las que tienen y no quieren, las que quieren y no pueden, las que creen tener y hay que decirles que el embarazo se ha parado , y las que se te lanzan en un profundo abrazo cuando les dices “es un niño”, porque queramos o no sigue siendo un mundo de y para los hombres. Y los campos están llenos de niños que siguen llegando a un mundo de permanente temporalidad, bien porque su llegada normaliza y alegra la vida, porque su temporalidad parece no acabarse nunca o porque se intenta llenar con ellos el espacio vacío de los que las bombas, las balas, la enfermedad o el agua hicieron desaparecer. Quien sabe…

Son casi las 00:00h y volvemos de otra larga jornada. Pero como siempre, mañana más.

Carolina.

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