Equipo India: Diario de a bordo número 5.

Historias de los no-vulnerables (o doblemente olvidados):

Un chico de unos 20 años me pide turno para que le vea la doctora, porque se ha hecho él mismo un piercing en la oreja y se le ha infectado. Mientras tomo nota de su nombre veo que tiene todo el brazo izquierdo lleno de cortes recientes aunque ya cicatrizados. Le pregunto qué son y me explica que se los ha hecho él mismo. Sigo preguntándole, quiero saber cuándo se los hizo, dónde y por qué, a lo que me explica que todos han sido durante su estancia en el campo, y el motivo me lo explica como algo muy obvio y simple; se ha quedado sólo en esta vida, ya no le queda familia ni amigos ni nadie, se encuentra sólo en un lugar que ni conoce ni es bienvenido, y no lo soporta más. Lo primero que me viene a la cabeza es “este es un caso vulnerable, tengo que hacer algo”, pero después me doy cuenta de algo que es más obvio de lo que parece; TODAS las personas que están en estas circunstancias son vulnerables. Veo que nos encanta clasificarlos en una escala de vulnerabilidad (niños, mujeres embarazadas, ancianos, enfermos…), y cada ONG intenta hacer algo por cada grupo de vulnerables (escuelas para niños, zonas para mujeres, clínicas para enfermos…), pero en esa clasificación caemos en el error de pensar que los que están al final de la lista no son vulnerables. ¿Quién va a decir que un chico joven, sano y fuerte es vulnerable? ¿Quién va a mover mar y tierra para que su situación se resuelva cuanto antes? ¿Quién se para a escuchar a los refugiados más gamberros para saber qué les ha pasado en la vida para acabar así? ¿Quién les va a entender? Ya os lo digo yo: NADIE. Se trata de los casos no dignos de ayuda o peor aún; los no-vulnerables, de los que nadie habla, por los que nadie sufre. Yo los he visto, están ahí, fingiendo ser más fuertes de lo que realmente son. ¿Hasta cuándo?

Llegamos a Vaiochori, un campo que, si consigues ver más allá del dolor y la frustración que se escapa del interior de las tiendas, te encuentras con un hermoso paisaje con un lago y unas montañas al fondo. Vistas privilegiadas y aire puro (piensas), pero eso no retiene a la gente, que no suele pasar allí más de un par de días antes de intentar cruzar la frontera. La mayoría de veces los pillan y los devuelven al campo. Unos no pierden la ilusión de seguir intentándolo, otros se desesperan por no haberlo logrado por enésima vez, otros ya hace tiempo que dejaron de sentir nada… pero todos lo intentan. Una y otra vez. Y otra. Y otra. Hoy, sin embargo, me encuentro con un caso distinto. Nada más llegar veo una pareja (ella embarazada) tirada en el suelo en la parada de autobús que hay enfrente del campo. El hombre se aproxima desesperado por contar su historia. Están esperando el autobús para intentar llegar hasta Atenas y allí abortar. Me cuenta que logró llegar a Austria él sólo, después su mujer intentó llegar hasta a él pero se quedó atrapada en los campos de refugiados en Grecia. Ahí la violaron y se quedó embarazada. Él, tras 8 meses en Europa, decidió volver a recogerla para irse juntos de vuelta a Siria. “Quiero volver a Siria para luchar, Europa está perdida”. Le pregunto dónde tienen pensado pasar la noche, a lo que me responde sin dudar un segundo: “He pasado por 8 campos de refugiados en distintos países, y dormir en la calle es mejor que ninguno de ellos”. Le doy mi contacto por si en algún momento necesita ayuda, pero se ha tenido que vender el teléfono junto a todo lo que le quedaba para poder llegar hasta su mujer. “Tranquila, Dios se ocupará de cuidarnos”.

Un chico espera su turno en Kordelios Softex. Parece estar jodido de la espalda, aunque el dolor que muestran sus ojos poco tiene que ver con lo que le va a explicar a la doctora. Me fijo en un tatuaje que tiene en el brazo; es la cara de una chica. Le pregunto sobre ella. Con una sonrisa llena de un dolor amargo me cuenta que es una “amiga” que se quedó en Siria. Siguen hablando cada día. Ella era estudiante pero debido a la guerra no pudo seguir con sus estudios y ahora se limita a lo único que puede ser; ama de casa. Llega su turno, entra en consulta y sale con unas pastillas que bien sé no le van a quitar el dolor que siente en el alma.

Sara