El funcionario

El día del juicio final había llegado, él arrastraba los pies hacia el palacio de justicia. Cabizbajo y con gesto lastimero le rogaba a los periodistas que, por piedad, le dejaran en paz. Cada reportero del país había peregrinado aquella aciaga tarde a cubrir lo que muchos -con ironico escepticismo- catalogaban como el juicio del siglo. El funcionario, modelo paradigmático de la política local, se desvanecía en un mar de cámaras, grabadoras, flashes y pueriles preguntas de cajón. Cómo se siente licenciado, qué tal durmió hoy, cuál es su postura, qué comió anoche.

Era aquella una masa que bailaba al son esquizofrénico de un huracán. Los escuálidos guardias de presidios no lograban hacerle frente a la multitud, varios habían sido tragados desde el vórtice a los márgenes e intentaban -con desesperación- regresar para proteger al sindicado. Una mano certera sacó un cuchillo y lo depositó con sutil violencia en el abdomen del funcionario, una, dos, tres, cuatro veces. Un silencio súbito se apoderó del conglomerado periodístico cuando los primeros goterones de sangre atormentaron la pulctitud del suelo. Luego el frenesí, las cámaras intentaban ganarle a la muerte y robarse el instante preciso en que la vida se despedía de su cuerpo. Era una primicia. El rating aumentó a cifras inusitadas cuando -en medio de un murmullo- el funcionario maldijo el nombre del traidor, ese Judas que la vida le había zurcido a la medida.

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