El Agarrón Tapatío

El fatídico día debía ser uno de los más importantes de mi vida y también en la Eva, sin embargo, creo que sólo lo fue para ella… y para todos los presentes, y para quienes leyeron los incontables artículos que se escribieron al respecto, y para él… ese desgraciado enmascarado que se hace llamar Dr. Pachuco Jr.

Después de cuatro años de relación había decidido que Eva era la mujer con quien deseaba contraer nupcias, así que, ingeniosamente, le propuse matrimonio durante una escapada de fin de semana. Todo fue increíble, lloró de emoción y llamó a su madre para contarle, mientras yo respiraba aliviado.

Las preparaciones tomaron algunos meses, pero todo se resolvía con sonrisas y miradas amorosas; la exorbitante deuda que adquiriríamos para anunciarle al mundo lo felices que éramos no importaba en el gran esquema de nuestra felicidad.

Nunca había visto su vestido, por aquello de la mala suerte, así que cuando la música anunció su entrada a la iglesia mi corazón se aceleró tanto que creí que iba a morir… Se veía absolutamente hermosa, caminó hacia mí del brazo de su padre, un hombre orgulloso, pero tolerante.

Carajo, aún ahora mis ojos se nublan al recordar la emoción…

Llegó frente a mí y la tomé de las manos, sonreí como nunca lo había hecho y expresé mis sentimientos ante su presencia, para después permitir que continuara la ceremonia.

El sacerdote procedió normalmente y ella recitó sus poéticos votos. El hecho de casarme con una escritora indicaba que mi prosa palidecería ante la suya, pero cuando llegó mi momento, Eva se veía muy entusiasmada por averiguar qué había elegido decirle.

— Eva, cariño, he elegido decir…

Entonces, un mariachi entonando una versión modificada de “La Cucaracha” irrumpió en el lugar y todos los presentes boquearon. Al principio no entendía de qué se trataba, pero la multitud comenzó a abrirle paso a un sujeto que usaba una máscara verde y amarilla. Musculoso, llevaba también pantalón de vestir, botas blancas y, naturalmente, tenía el torso descubierto. Gracias a su aparente fuerza física era fácil olvidar que medía 1.52 metros de alto…

La banda se acercaba y el sonido de la melodía ya resonaba en los oídos de todos, volteé desconcertado hacia Eva y ella me sonrió, afirmándome que todo estaría bien. Hasta donde sé, ésa ha sido la única vez que mi amada me ha mentido.

Dr. Pachuco Jr., como después averiguaría se hace llamar este individuo, corrió hacia mí emitiendo un grito de guerra que me recordó al momento cuando vi al ejército de gnomos espartanos. Retrocedí un par de pasos y el sacerdote me empujó de regreso, como incitándome a enfrentarme a este peligro omnipotente que amenazaba con destruirme.

Efectivamente, llegó y con una feroz embestida me derribó al piso, luego, me tomó de ambas muñecas, gritó a toda la multitud “¡Agarrón Tapatío!”, y me aplicó su letal movimiento estrella, aquél con el que había ganado seis campeonatos mundiales seguidos.

Me mantuvo sometido suficiente tiempo para que Eva se pusiera de rodillas… y chocara tres veces su mano derecha contra el piso, después, el luchador brincó, se irguió ante todos los invitados, que incluían amigos y familiares; levantó sus manos y comenzó a agradecer a su familia por apoyarlo. La ovación eufórica de los espectadores fue lo último que escuché antes de quedar inconsciente.

Desperté a los tres días. La enfermera me revisó y, al determinar que todo estaba bien, salió de la habitación para informar a Eva que su “débil” esposo había recobrado el conocimiento.

No podía creerlo, me visitaron familiares, amigos, conocidos, periodistas, directores de cine, policías y un taxista que insistía que una corona de pésame era para mí, pero no podía serlo, dado que aún vivía.

Entre todas esas personas, ninguna me preguntó cómo me sentía con respecto al incidente, nadie se tomó la molestia de explicarme si había sido una broma, si Dr. Pachuco Jr. era algún compañero de primaria al que hubiera maltratado que había regresado por venganza… nada… la vida siguió normalmente para todos, excepto para mí.

Tuve pesadillas durante meses sobre el incidente, me aislé de cualquier medio de comunicación por miedo a encontrar cómics, relatos o parodias de mi infortunio; los mariachis me aterrorizaban y escuchar “La Cucaracha” provocaba que me orinara encima.

La terapia me ayudó, pero a mi mente no dejaban de llegar cuestionamientos sobre ese día, me atormentaba el saber por qué los dioses del caos habían decidido torturarme el día de mi boda, ¿de qué cosa tan terrible era yo culpable?

Pagaba mis impuestos, cuidaba de mi familia, visitaba a mis amigos, ejercía mi derecho al voto, comía sanamente, agradecía a la Virgen por tener alimento diariamente… ¿por qué a mí?

Pregunté varias veces a Eva sobre su rol en la tragedia, pero nunca me dio una respuesta concreta, especialmente cuando entre sollozos le exigí saber por qué fue ella quien contó los tres segundos requeridos para que su esposo perdiera una batalla que ignoraba estar peleando.

Obviamente, consideré la venganza. Investigué todo lo posible sobre el personaje Dr. Pachuco Jr., averigüé que había nacido en Guadalajara, Jalisco, tenía 34 años el día que arremetió contra toda mi realidad y fuera de eso… nada. Era un sujeto totalmente normal: salía en televisión, daba entrevistas, ganaba campeonatos mundiales y visitaba escuelas para hacer sonreír a los niños. Ni siquiera parecía recordar al hombre a quien destruyó frente a un altar, en la casa de Dios.

Quería humillarlo, darle un destino peor que la muerte, pero, ¿qué podría hacer un debilucho como yo ante una persona cuya fuerza y presencia eran equivalentes a la de una tormenta solar? Además, al investigarlo me di cuenta de que solía salir al público con dos guardaespaldas nórdicos de 2.10 metros de altura, cariñosa e insensiblemente apodados Hansol y Gretol.

Abandoné tales ideas y decidí mejor triunfar al no permitir que la adversidad me cambiara, no sería derrotado por un momento así; mejores hombres habían pasado situaciones peores y logrado salir adelante para cambiar al mundo.

Renuncié a mi trabajo de aquel entonces y cambié radicalmente mi vida: cada beso a Eva era dado con la intensidad de la primera risa de un recién nacido, cada día era bienvenido con esperanza, cada comida disfrutada como si fuera la última, me mojaba bajo la lluvia y alimentaba a los gatos en la calle, a pesar de que sólo estuvieran paseando fuera de su hogar.

Todo había mejorado desde entonces, era yo, pero una versión mejorada, poderosa, magnífica…

Fue entonces que decidí enfrentar el último paso: contarle a todos sobre mi experiencia, para dejar en claro que yo resistí el embate del dolor desmedido y salí adelante. Llamaría a los demonios por su nombre y al fin terminaría de exorcizarlos, volvería a mi yo anterior una versión jr. del hombre que sería.

Tomé el escenario frente a cientos de universitarios, respiré profundo y recordé mi discurso de cómo, sin razón aparente, las cosas no nos funcionan; algo malo sucede y no es nuestra culpa. A veces, incluso es nuestra esposa quien da la cuenta para que otro salga victorioso y está bien; tal vez, el día más importante de nuestras vidas sigue sin suceder, tal vez, es hoy mismo.

— ¡Un, dos, tres, cuatro! — gritó un luchador al mariachi que lo acompañaba…