Los que las llorarán serán las imprentas.
Javier Solórzano
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Por el momento podemos aventurar que, casi sin ninguna duda, el rol de los impresos va a reducirse. Eso tiene algunas consecuencias malas y muchas buenas (podemos suponer que, desde el punto de vista ecológico, la comunicación será más sustentable). Las revistas y los libros en formato impreso no desaparecerán, pero tendrán un mercado más reducido y selecto. Por lo demás, esos medios tendrán que arreglárselas en el mundo de las plataformas digitales.

Todo lo anterior no es el problema, sino que la digitalización parece estar trayendo una nueva manera de leer que no propicia la profundización, que se aleja de los retos, que no discrimina, que lo quiere todo rápido y gratis, que busca siempre la solución más fácil o la más “popular”.

Eso es lo que me preocupa y debo reconocer que, por el momento, no veo dónde pueda estar la solución. Quizá cambie para siempre la mentalidad de las audiencias (ergo, de las comunidades), como cambió cuando se introdujo la palabra escrita, que muchos (como Sócrates) desdeñaban y temían. Es casi seguro que eso acarreará algunas cosas buenas. Hoy hay gente capaz de encontrar información y aprovecharla de manera veloz y pasmosa. Pero lo decepcionante es que pensábamos que el internet iba a ser una gran herramienta de democratización y educación para todos, y en buena medida está siendo más bien otro medio para promover y extender la desigualdad. Ese fenómeno económico que empieza y termina en la cabeza.

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