La Luna, 1969

Un post publicado originalmente el 16 de julio de 2009

Ruys
Ruys
Jul 20, 2017 · 4 min read

Ayer recordé con mucho cariño y melancolía a mi papá porque habría cumplido 70 años y porque seguramente este 16 de julio nos habríamos llamado por teléfono para platicar de la Luna. Justo un día como hoy, pero hace exactamente cuatro décadas, en 1969, partió la misión Apollo 11 hacia nuestro satélite. ¶ Es muy probable que yo le habría preguntado a mi papá dónde vio el alunizaje, qué clase de evento social fue, qué pensó cuando Neil Armstrong dijo por TV “a giant leap for mankind”. Me lo habría imaginado en sus recién cumplidos 30 años, con alguna camisa de manga corta y plumas nerdáceas de ingeniero en el bolsillo, y mi mamá toda jovencita ahí a un lado, pegados a la tele. ¶ Quiero pensar en el tamaño épico del momento, en todo el pedazo de humanidad que tenía acceso a un televisor literalmente crusheado por el hecho de ver a un cabrón poniendo un pie en la Luna. Men are walking on the Moon. ¶ En ese momento la TV gobernaba la inmediatez y el impacto mediático en la gente, esos pequeños receptores en blanco y negro (la mayoría) con sus antenas analógicas despilfarrando chorreadas de imágenes históricas. ¶ Nunca fui adepto de las teorías de la conspiración mixeadas con realidad. Me parecen una pérdida de tiempo y una ociosidad que sólo cabrones como Alan Moore pueden convertir en ideas resonantemente bellas, como que el Hyde Park en Londres se llama así porque los marcianos invadieron Gran Bretaña en el siglo XIX y achicharraron ahí a Mr. Hyde de Stevenson. No veo el encanto de argumentar durante horas y obsesionarse con aquello de que la misión Apollo 11 fue el fraude del siglo y que todo lo grabaron en un estudio y que Stanley Kubrick estuvo detrás. Ni siquiera me parece algo entretenido. ¶ Seguro tiene que ver que desde niño la sola idea de ir a la Luna me parecía fenomenal: por sentir la gravedad cero, por ver la Tierra desde allá, por regresar y platicarle a mis amigos la experiencia. ¶ Unos meses después del estreno de 2001: A Space Odyssey, en la que Kubrick (por cierto) ya había mostrado su versión muy chafa de Pan-Am Airlines llevando pasajeros a una estación espacial internacional como si fuera un vuelo México-Monterrey, la NASA lo hacía en serio y sin tanto glamour. ¶ Mi padre me regaló a principios de los ochenta una enciclopedia del espacio de la Sociedad National Geographic y yo me cagaba de la emoción. Me peiné los planetas del Sistema Solar, las lunas de los gigantes gaseosos –el sistema joviano, los llamados “mundos de Galileo”–, los capítulos de las constelaciones y el predecible “ay wey” de comparar nuestro sol con otras estrellas o admirar esos gráficos que nos muestran a nuestra galaxia perdida entre miles de millones de galaxias. Alucinante. ¶ De niño la “conquista espacial”, un término pretencioso para describir la mezquina madriza política entre la hoy extinta Union Soviética y Estados Unidos, me apasionaba al grado de que me visualizaba siendo astronauta “de grande”. Me imaginaba, volviendo a Kubrick, que en el año 1999 –en el que el Dr. Heywood Floyd analiza el monolito del cráter Tycho–, cuando tuviera 26 años, podría detenerme en una estación orbital, hacer mi checkup en el frontdesk del Hilton Space Station 5 y platicar en sillones locotrones con personas disfrazadas como en Los Supersónicos:

Este post se complementa con este episodio de Retroish :)

Cuando llegó 1999 yo vivía en el Estado de México, manejaba un Chevy, tenía un Nokia monocromático y las calles se inundaban en temporada de lluvia y la mierda y el lodo brotaban de las coladeras. Ese era el verdadero futuro. O parte del verdadero futuro, uno que se carcajeaba de mis expectativas. ¶ La carrera espacial se fue a la mierda, pero la hazaña del alunizaje de 1969 sirvió para que tuviéramos Velcro en nuestras casas, y quizá para que los que soñamos con ser astronautas algún día nos amargáramos un poco y nos volviéramos también un poco cínicos. ¶ Supongo que en el fondo siempre mantuve algo de mi cariño de la infancia por la Luna, por esa Sister Moon/Will be my guide/In your blue blue shadows/I will hide. ¶ La Luna sirve (dicen las lenguas desinformadas) para producir en la gente ansias asesinas, para convertir a una persona en hombre lobo y producir las mareas en un fenómeno que sé que existe pero que no puedo explicar sin acudir a la Wikipedia. También sirve para verla mientras abrazas a tu persona favorita, aunque no sea octubre, el mes de las lunas más bellas. La Luna sirve para imaginar tonterías –como que es de queso, o que una vaca salta por encima de ella, o que un personaje llamado el Vigilante nos observa desde allá sin involucrarse– y para aprenderse los nombres de sus cráteres y regiones. ¶ Aún quiero creer que mi hija, que ahora es tan joven, algún día viajará a la Luna aunque sea en clase turista. ¶ Tengo muy presente que escuché completo el Dark Side of the Moon el día que mi padre murió, y me acordé, entre ayer y hoy, de otro libro que él me regaló, el Crónicas marcianas de Bradbury y su prólogo borgiano: “A principios del siglo XVI, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra, las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos”.

Y ya.

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