Mujeres en la cocina

Ruys
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Aug 9, 2017 · 3 min read

El lugar de mi madre siempre ha sido la cocina. Esto no es una aseveración misógina, sino una observación de mi infancia. El epicentro de mi madre es y siempre ha sido su cocina: ella es la dueña, ama y señora ahí. Te pendejea por buscar los cubiertos en el cajón equivocado, por osarte a esculcar algo en el refri (cuya puerta es una mezcla de fotos viejas con imanes viejos). Ese es su turf y ahí ella escribe las reglas.

En esa cocina siempre se conversó de las cosas importantes, se tomaron las decisiones, era el sitio al que uno llegaba del exterior a tocar base, descansar, refrescarse. Mis padres terminaron su relación en esa cocina (es decir, papá jugó de visitante, mamá de huésped). En esa misma cocina, la mamá de mi hija y yo descubrimos (pregnancy test en mano) que “estábamos” embarazados. Mi madre fuma, prepara la comida, toma café, lee el periódico (y el semanario Proceso), habla por teléfono y ve la tele en la cocina. Lo cual no es diferente a lo que vi siempre de niño: cuando llegábamos los veranos a Saltillo, a la casa de mi abuela, mi madre y ella lo primero que hacían era enclaustrarse ahí y charlar durante horas. Aquella era una cocina sin puertas, colocada en el extremo de una casa de adobe de un solo piso —casi desde el porche de entrada podías ver lo que sucedía ahí: mi madre fumando y despotricando y mi abuela Delfina preparando la comida o haciendo tortillas de harina o sacando la nata de la leche bronca (si me acercaba a hurtadillas a robar comida, me espantaba con un “¡cuéle!”, que es como decir “¡sáquese!” en chilango). Mi tía Minerva no era diferente: las cosas en su casa sucedían entre la estufa y el comedor, y casi siempre con comida en medio. Todas esas mujeres de mi vida cocinaban y hacían de la cocina su lugar de operaciones como Nick Fury dirige a los Avengers a bordo de un helicarrier. Por lo tanto, entenderán que la idea de un “hombre que cocina” para mí era algo alienígena. Así, cuando alguien me dijo, en algún momento de mi infancia o pubertad, no lo recuerdo del todo, la pedorra frase “los mejores chefs del mundo son hombres”, me pareció una cosa tan rara y tan fuera de lugar, como una ironía desalmada. El lugar de los hombres no es la cocina, me decía mi experiencia, pensar en esa idea era como usurpar un sitio al que no pertenecíamos. En esta familia las mujeres eran quienes gobernaban el barco de nuestras vidas, y ellas lo hacían siempre desde las cocinas. ¿Los hombres? Ellos nunca estaban presentes, y los ejemplos sobraban. Mi tío el Güero sentado en su sillón, tomando cerveza, sin hablar con nadie, un poco ido, un poco valiéndole madres todo. Mi abuelo Macario en el porche, fumando y mirando hacia la calle seca y azotada por el sol coahuilense, o en el cobertizo fabricando escobas (true story), como alejado de las neurosis de su esposa. Y por supuesto mi propio padre, ausente, trabajando en una fábrica porque “se descompuso una máquina” — lo cual casi siempre era un pretexto para justificar sus pedas y líos de faldas. ¡Qué extraño era el mundo de los adultos! Qué es eso de chefs, hombres en la cocina, qué perversión, qué desencajado, qué cosa más extraña…


Pensamientos y recuerdos que llegaron a mi cabeza luego de leer esta interesante pieza del NYT:

Link al artículo: https://www.nytimes.com/es/2017/08/08/donde-estan-las-mujeres-de-la-gastronomia-latinoamericana/amp/

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    Ruys

    Escribo libros e historias y hago podcasts 🎙. Tengo el pie plano.

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