La triste historia del Idaan

Hay tres aspectos del Idaan que se presentan de manera muy clara en los medios de comunicación y las redes sociales: 1) No tiene presupuesto; 2) No tiene capacidad de inversión y ejecución de sus planes; 3) No maneja efectivamente su infraestructura actual.
Lastimosamente, esta no es toda la historia. La crisis del agua y el Idaan es más profunda y compleja. No se trata simplemente que el gobierno central le dé más presupuesto y contrate más personal. Se requiere una completa reforma del sector que tenga como norte la responsabilidad, tanto de los administradores, productores y distribuidores del agua, como de los clientes consumidores de agua, así como la sostenibilidad financiera.
A continuación mostramos una serie de gráficos que ilustran la gravedad de la crisis del Idaan y la gestión del agua en Panamá. Los mismos fueron presentados por el BID durante un foro organizado por la CAPAC en 2013. Lastimosamente, el contenido de esta presentación, de sumo interés para el público, no ha tenido mucha difusión.

En la región, hay una media de 3.5 empleados cada 1000 conexiones de agua potable. En el Idaan, hay 5 empleados por cada 1000 conexiones, es decir, un 43% más de la media de la región lo que muestra un alto grado de ineficiencia en la administración e implica un gasto excesivo en planilla que no contribuyen al buen desempeño de la institución.

Panamá tiene el récord infame de ser la sociedad de la región que más litros de agua al día consume por cada habitante. En promedio, cada panameño consume unos 387 litros de agua al día, frente a una media de la región de 144 litros, es decir 169% más que el latinoamericano promedio. No hay una consciencia del valor del agua, situación lograda gracias a una tarifa de agua que no se ha ajustado en 35 años y en la cual prácticamente no varía el monto a pagar según la cantidad que consumes. En Panamá, hemos llegado a pensar que el agua es una especie de derecho que deben entregarnos en la puerta de nuestras casas y que ello no implica responsabilidad alguna de nuestra parte.

Como mencionamos, el agua en Panamá es excesivamente barata. El metro cúbico de agua cuesta menos de 20 centavos de dólar, frente a una media de 44 centavos por metro cúbico, es decir, 55% menos que la media en la región. Sin un costo que refleje mejor el valor del agua potable entregada en las puertas de nuestras casas, no es posible costear el mantenimiento del sistema de distribución y las plantas potabilizadoras, ni mucho menos financiar la expansión y mejora de las infraestructuras.

Tendremos el agua más barata de la región y somos los que más consumimos agua en la región, pero ni siquiera esto nos lleva a ser responsables con nuestras cuentas. Panamá registra el record de morosidad de toda la región, con un índice de 18 meses de atraso en las cuentas morosas, frente a una media regional de 2.6 meses.
Por supuesto, a este análisis hay que añadirle el hecho que aunque oficialmente 92% de las viviendas en Panamá tiene acceso o una conexión a agua potable (privada o pública, sea de pozo o de una planta potabilizadora), la realidad es que para una parte importante de la población el agua no llega siempre y con menos frecuencia todavía en la época seca. No dudo que parte del problema de morosidad suceda como una resistencia a esta situación.

Con todo lo dicho, no nos debe sorprender la rentabilidad negativa del Idaan, frente a una media positiva de 5% anual en la región. De por sí, consideramos que 5% es una rentabilidad baja, pero aunque podemos discutir respecto al nivel de rentabilidad adecuando, lo cierto es que hay que reconocer que sin una rentabilidad positiva, no se está recuperando los costos de las inversiones limitando la capacidad de mantenimiento de la infraestructura actual y tampoco se están generando los ahorros necesarios para financiar la expansión de la red de distribución y las plantas.
En resumen, estamos hablando de una entidad que no es autosostenible, que no tiene mecanismos de autogestión que la motiven a ser más eficiente y de una clientela que requiere un cambio en su cultura de responsabilidad.

Añadamos a todo esto el porcentaje de agua perdida que se calcula en un 41%, es decir, que se fugó por fallas en la infraestructura o que no se ha podido contabilizar su consumo, frente a una tasa de referencia en los países en vías de desarrollo de 23%.

Además, a nivel de aguas servidas, menos del 60% de los hogares tiene acceso a un alcantarillado sanitario, frente a una media en la región de 80%. No mencionamos aquí la falta de capacidad para recibir y administrar las plantas de tratamiento de agua que exige en las urbanizaciones.
¿Nos quedaremos con el mismo modelo de gestión? ¿Exigiremos eficiencia por parte de los administradores y capacidad de ejecución de sus programas de mantenimiento e inversión? ¿Mantendremos el mismo esquema de planificación estratégica a lo largo y ancho del país? ¿Aceptaremos el incremento en el costo del agua para reflejar mejor su valor? ¿Dejaremos que unos funcionarios mantengan asediada la gestión del agua para su beneficio a costas del resto de la ciudadanía? ¿Permitiremos la participación de la gestión privada en el sector del agua para impulsar la recuperación de la rentabilidad y expandir la capacidad?
Se require un cambio de modelo urgente. El Estado no puede seguir siendo juez y parte. No se puede mantener el castillo del Idaan, con sus muros laborales infranqueables que no permiten el cambio porque saben que el Estado vendrá al rescatarlos. Y no podemos seguir pensando que lo único que se requiere es un cambio en el “castellano” para atender los problemas intramuros y que, esta vez, sí tiene capacidad para resolverlos. La realidad es que la estructura institucional del Idaan tiene todo para que fracase: 1) Su ingreso y, por tanto, la fuente de pago de sus salarios, no depende del buen servicio a sus clientes; 2) La inversión depende de la voluntad política del momento y disponibilidad de fondos públicos; y 3) como “todos” somos los dueños, nadie carga directamente con la responsabilidad de las pérdidas y la mala administración, por lo que no hay ningún incentivo a mejorar.