El inicio del fin

Cuando menos te podés agachar, TODO se te cae de las manos. Yo a mis 22 años, desde abril, no puedo hacer algo tan simple como agacharme para recoger un lápiz del piso.

Desde pequeña he tenido problemas de salud. Si no era una cosa era otra. Algunos problemas muy graves, pero nada que fuera cien por ciento permanente.
 
 Hasta llegar a mis veintitantos que comencé a sentir mucho dolor en la espalda y después de una serie de exámenes y muchas semanas de intenso dolor, me informaron que la única solución que tenía, era “terapia, analgésicos y bajar de peso”. Se me cayó el mundo.
 
 Terapia: está bien. Pensé, “uno puede ser constante”. Solo que no sabía que también tenía que cuidar mi postura, la forma de sentarme, agacharme e incluso la forma correcta de levantarme de la cama. Tener que estar pendiente de un montón de movimientos que se hacen por inercia.
 
 Analgésicos: no sé si es parte de la cultura que vivimos los tal “millennials”,que tomar pastillas no nos gusta o cuando ya nos sentimos un poco mejor dejamos el tratamiento. Solo que no imagine JAMÁS que esto incluía inyecciones (mis mejores amigas en los dolores más fuertes).
 
 Lo más difícil, BAJAR DE PESO: es normal que al tener problemas de espalda te manden a bajar de peso, pero es peor si sos como yo que amás la fritanga, el nacatamal, la pizza, entre otros… y con los años el cuerpo fue acumulando unas cuantas libritas de más por todas partes.
 
 Todo eso pasó por mi mente cuando la doctora me leía los resultados de mis exámenes y me explicaba cuál era el siguiente paso.

Salir de los días negros

En estos meses aprendí mucho. Lo primero es que la inflamación agudiza el dolor. Y yo tenia TODA la espalda inflamada, eso lo intensificaba seis veces más. En mis días oscuros, solo respirar me dolía, no existía una posición cómoda, no podía dormir. Mi crisis me tenia domada y el dolor ya no era el único problema. Se le sumo la depresión. Solo el que ha vivido algo similar puede entender lo difícil que es pasar de ser una persona muy activa a sentirte inútil. Es un pensamiento que no le deseo a nadie. Un ejemplo tan simple como que se te caiga una moneda y no poder agacharse por ella.

Al igual que sufrir los cambios de humor a causa del dolor, yo no quería que nadie me tocara, hablara o viera… mucho menos que me escribieran “Hola, ¿cómo estas?” y esperaran que mi respuesta fuera “bien”. Porque al contestar con la verdad se leía entre líneas la incomodidad de la otra persona al no saber como reaccionar a mi realidad. Si no estaba molesta, andaba sensible. En esos días yo no conocí la estabilidad emocional.
 
 Gracias a Dios. Sí, en verdad le doy gracias a Dios. La inflamación disminuyó de forma considerable a partir del primer mes y medio. Siguiendo todas las indicaciones, la terapia, luchar con mi postura, sufrir con la dieta y restringirme de hacer movimientos incorrectos. Al mismo tiempo, la depresión, la ansiedad, el miedo y los cambios de humor, van saliendo de mí. Pero sigue siendo un lucha constante porque los días malos siguen a la vuelta de la esquina, pero ya voy tres casas más largo…


El camino sigue…
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