Hablemos de lo importante

Marcial, sentado con su clásica postura con la mano izquierda apoyada en su rodilla y el otro brazo acodado en la mesa dejando espacio a su prominente barriga, sentenció con su estilo tanguero: Siempre lo sostuve, te lo dije antes, te lo digo ahora: esa minita es un yiro sin remedio.

- ¿Otro café pediste? ¿No era que te jodía para dormir? – Le dijo Edgardo al tiempo que prendía otro cigarrillo, mientras Mauricio -el mozo- lo servía.

-Sí, pero hoy me voy a acostar más tarde que lo habitual- dijo acomodando el diario en la mesa. -Vienen a casa mi suegra y cuñadas a cenar. Esa es la prueba fehaciente que demuestra que puede no estar Belcebú en persona y vos estar en el infierno igual.

Marcial siempre se quejaba de su familia política, aunque reconocía que vivía de ellos. Lo poco que laburaba era cobrando alquileres de las propiedades que había dejado su finado suegro. Pero su mujer y suegra lo bancaban porque era prolijo para llevar las cuentas, y porque sus dos cuñadas eran más vagas que él.

Julián llegaría pronto a la mesa del Bar Albornoz donde se juntaban desde 1966, cuando aún no habían terminado el colegio. Eran fieles representantes de ese clásico argentino nombrado como “los muchachos del café”, “mesa de bar”, “la mesa de los galanes”, o cualquiera de sus títulos. Ellos se hacían llamar “La Barra del Albornoz”. En el barrio, todos conocían el bar: bien típico porteño, con Gardeles fileteados en cuadritos, mesas de billar, madera en las paredes y pisos de cerámica. Además, no cerraba nunca. Los hermanos Tito y Cirilo Albornoz cubrían 12 x 12 todos los días, siguiendo así una tradición de tres generaciones.

Entonces Edgardo apuró el pedido de definiciones tratando de que reflexionen juntos.

-Yo conocí la casa, el caserón de los Ayerza, la única familia patricia del barrio. Vos no podés acusar a la Lili de ser un yiro, porque no conocés las conversaciones, cuáles fueron los acuerdos...

-Mi querido Edgardo, sabés que te quiero con el alma, que te considero mi hermano, pero hay días que estás hecho flor de pelotudo. ¿Se hace necesario el acuñe de más detalles? Cuando Julián la encaró -y vamos a suponer que él lo hizo de puro dulce inocente que es- ella tendría que haber aclarado la situación antes de -siquiera- sonreir. Pero, ¿qué hizo la mina? Cayetano. ¡Es un ofidio, una barata!

-Marcial, Hablemos de lo importante. Dejame hacer un poco de memoria: La historia con el mendocino no tuvo nada de malo. Carlitos -el colorado y no el Gordo- la quiso en serio. Carlitos el gordo es una basura, así que nada de lo que venga de él debería ser considerado. Y después Julián…

-Y el Gitano! Te olvidás del Gitano! Y de Darragueira!-interrumpió Marcial con su amarga voz. -¿Ves que sos medio pelotudo? Yo te lo canté: ¡Julián nunca supo cuidar su entorno! Siempre imaginé el aura de la mina como una corona de Gillettes, andá a abrazarla y darle besos a ésa...

Edgardo sonreía conociendo lo vehemente -y a veces grotesco- que se ponía su amigo. Se prendieron otro cigarrillo y se hizo un rato de aburrido silencio. En la galería del Albornoz se podía fumar, y tenían reservada siempre la misma mesa. A veces los asistentes eran 6 o 7, otras 2, pero siempre se juntaban allí, sin cita previa, todos los días para arreglar el mundo. El que llegaba primero -casi siempre Marcial- charlaba con el mozo Mauricio o con el mismísimo Toti Albornoz, siempre atrás del mostrador, como protegido tras la trinchera.

-Che, mirá vooos… ¿viste el político que se había puesto de novio con la griega de las tetas? Ese petiso de la Cámpora… bueno, ahora se hizo bailarín!- Marcial leía el diario tratando de restarle importancia a la cuestión central.

Edgardo sacudió la cabeza, y siguió adelante con su tono de porteña melancolía.

-¿Ves que me cambiás de tema? No sé porqué le ponés ese dramatismo. Ahora, cuando llegue Julián le vamos a pedir que nos explique bien lo que pasó, pero tenés que aceptar que todos tuvimos más de una historia de amor en la vida.

-Vos no te hagás el logi que también andabas volado por esa minita!

-Pará Marcial!, ¡aflojá… no es tan grave…

Cuando le pedían a Marcial que bajara la voz, siempre contestaba “No jodás, estoy lleno de gritos”. - Mauriciooo! Poné algo de Julito Sosa.- Y siguió con la mirada en el diario.

El tema en cuestión era un clásico, uno de los que calificaban como aptos para tratar entre los muchachos del café. Siempre había estado en discusión cuál debía ser el comportamiento digno para una mujer. El tema calificaba igual que el futbol o la guita.

Julián no llegaba. Mientras la espera continuaba, Edgardo sacó una libretita que llevaba en el bolsillo de su saco y se puso a escribir algunas notas. Al rato llegó el turco Abdón para sumarse a la mesa, otro de los habitués.

-Vení Turco, sentate acá-. Edgardo le señala el lugar a su derecha hablando con sorna, -Y hablemos de futbol, hablemos de política, o de religión si querés, pero no hablemos de minas porque ése sí que es un tema complicado…

-No jodás! -intervino Marcial recogiendo el guante. -Sabés que tengo razón. Y vos, Turco, que con las minas siempre fuiste un buenudo, ni opines.

El turco sólo se sonrió, pidió un café y su primer whisky del día. Al rato le preguntó a Edgardo el por qué de la tensión.

-Dejame explicar a mí- dijo Marcial mirándolo fijo a Edgardo y con la mano en alto indicando que no hablara. -El tema es serio y la pregunta es clarita: Si vos te vas a entreverar con una minita, ¿no vas a querer saber -como mínimo- antes con quiénes estuvo? ¿Saber cuál es su historia?

-Y… no sé. Vivo solo hace 14 años. Si una mina me llega a dar bola, no voy a andar pidiéndole el Currículum Vitae.

-Otro pelotudo más… el cielo entero hoy conspira contra mí! - Marcial habló mirando al cielo y juntando las manos como en un rezo, y volvió la mirada al diario.

Los muchachos reían, y Marcial exageraba los ademanes y puteadas para complacer a los amigos.

-Yo creo -se atrevió Abdón- que no tendríamos que juzgar a la Lili si no está acá para defenderse. Cada uno hace con la vida lo que puede…

La lavada reflexión del Turco no despertó ningún interés. La tarde iba a ser larga, así que Abdón y Edgardo decidieron abrir una mesa y jugar una línea a 3 bandas. Cada uno fue a su taquera por su taco y tizas, y con más café y cigarrillos pasaron la siguiente hora, donde sólo se escucharon las tacadas mezcladas con algún tango de fondo y un aplauso de Mauricio por un gran tiro largo de rambersé que fue carambola. Mientras tanto, Marcial aprovechó para releer todas las noticias de política del diario.

Como cuarenta minutos más tarde, Julián entró ruidoso al Bar saludando a Toti Albornoz y al mozo, festejando el 2 a 0 de la Academia contra Patronato. Cuando se acercó a la mesa notó la tensión. El Turco Abdón alternaba la mirada entre Julián y Marcial, como anticipando los extremos de un debate.

-Buenas… ¿Cómo andan las chicas?- preguntó burlón Julián, mostrando la tapa del suplemento deportivo del diario. Para colmo de males, Marcial era de Independiente.

-Vení, Salame. Sentate, aclaremos esto de una buena vez.- dijo Marcial con voz de líder. Todos se acercaron a sus lugares. Mauricio trajo una ronda completa de cafés, y el segundo whisky al Turco.

-Decinos la verdad, estamos hablando de la Lili Ayerza. Aclará antes que siga oscureciendo: La historia con el mendocino, con Carlitos el Colorado, con el gordo Carlos, con el Gitano, y hasta con Darragueira… son todas ciertas ¿verdad?

-Si, si… creo que sí-. Dijo titubeante Julián.

-Entonces, ¿nos querés decir en qué estabas pensando cuando te la encaraste?

-Y... nada, no sé. Fue la única que me dio bola.

Una pausa en silencio y Marcial que siguió la querella.

-Las dos preguntas que quedan son: 1) si no te importó su pasado, y 2) cuándo la viste por última vez.

Julián fijó la vista en el café, algo incómodo.

-Y no.. no me importó su pasado, salvo un poco lo del Gordo. ¡Y la última vez que la vi estábamos todos juntos!, fue en la fiesta de fin de año, diciembre del 67. Luego me enteré que se casó y se fue a vivir a Nueva York, creo que trabaja en Naciones Unidas.

Las miradas fueron todas hacia Marcial. El único ruido era el que hacían los hielos del whisky batidos con el dedo índice del turco. Marcial le sostuvo la mirada al centro de los ojos de Julián para luego buscar la expresión del resto de la mesa. Suspiró como gesto de indulgencia de una disculpa jamás solicitada. La Lili Ayerza ya no sería tema de discusión.

-Somos cuatro. ¿Jugamos barajas? Mauriciooo!