Si no sos lo suficientemente potente cogés impulso como un tsunami. Y aunque el tsunami es pura potencia y vos no (por eso leés esto), vos solo reproducís su impulso: el de las distancias encolerizadas y la carrera desenfrenada contra la pared, aunque estés vacío de todo lo demás que lo impulsa.

Parecerá impostado, falso, pero eso no importa. Vos solo pensá que lo importante es que golpeé duro, tierra dentro indetenible, indestructible, destructor; detenido solo por cansancio, a las puertas de casa, en el momento de la respiración, exhausto pero sediento de más horizonte.

Esa fuerza la lográs con distancia, como dije, mucha distancia, lejos hasta donde ya no existas. La aceleración te traerá a vista como un puñetazo inesperado, materno, y será tan rápido que durante el golpe nadie podrá discernir ni quién es quién, ni dónde es quién, y si estabas inspirado y tu carrera fue halada por dios y satán, ni cuándo es qué.

Lo siguiente es sencillo y efectivo para complicarte la vida y darte con ironía lo que no querés. Total, después de todo eso, tampoco importa. Vos solo agarrás lo que podés, lo que más puedas en esa confusión, hasta desbordar los sentidos, que ni te quepan las órdenes más básicas en los oídos de la vida. Quizás te equivoques, pero más que una posibilidad, o una opción, es una obligación. Eso no importa. Solo ganar por nocaut. No importa quién ni qué.

No tienes otra salida. También destruyes todo: no tienes otra opción. Vos no controlás nada. Ni a vos mismo lanzado. Sos solo un kamikaze desbordado de orgullo. Un tsunami huérfano de terremoto y de mar. La pura esencia muerta.

“Si te sientes menos y tienes pereza, es más fácil poner el mundo a tu nivel.” Fue el peor consejo que me dio mi abuelo y el más desacertado que he escuchado nunca, pero sin explicación alguna, el único que me ha resonado, quizás por lo absurdo. Habrá muerto a causa de eso. Quizás tiene que ver mucho con nosotros, que somos solo unos bromistas muy dramáticos y simpáticos. Y eso está bien.

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