La otra cara del reparto de pines

María sólo puede concederme media hora. Sus pronunciadas ojeras revelan el ritmo frenético al que se ve sometida en el trabajo. Mientras remueve el café, habla con la indiferencia de quien se sabe incapaz de cambiar las cosas. “A ver de dónde esperan que saque el tiempo para denunciar esto, si se me va la vida entre pin y trofeo”, me dice.

María (que no es su verdadero nombre) trabaja en la fábrica de la RHF (Recompensas para Hombres Feministas) que desde hace seis años opera en Ciudad Real. Es una de las más de cien operarias que a día de hoy montan, pintan y esmaltan los pines, trofeos y medallas destinados a distinguir a los hombres que irrumpen en conversaciones ajenas para decir que jamás han agredido de ninguna forma a una mujer. Desde su fundación en 2015, la empresa cuenta con seis centros de producción repartidos por todo el territorio nacional y actualmente estudia dar el salto al mercado europeo.

Lo que empezó como una respuesta sarcástica (“¿y qué quieres, un pin por eso?”) pronto se convirtió en el modo de sustento de mujeres como María. En sus comienzos la RHF centró su producción en las placas conmemorativas, pero pronto se hizo evidente el tirón de los pines y medallas. “Las placas había que dejarlas en casa, pero con los pines y las medallas uno puede gritar al mundo su condición de aliado esté donde esté y sin necesidad de cambiar ningún comportamiento”, cuenta María. La incursión de la empresa en el campo de la repostería fue breve: nadie quería premios perecederos. En enero de 2016 deja de fabricarse la Galletita del Aliado en sus tres variantes: chocolate, mantequilla y nueces de Macadamia.

En mayo de 2016, Ángel García interrumpió a dos mujeres para decir que él nunca había violado.

Es a finales de 2017 cuando la producción de la RHF se dispara. Cuando ERC suspende la militancia del asesor de Gabriel Rufián por tuits machistas la situación se descontrola. “Había gente hablando de grandeza por admitir sus errores, pero vamos, no hacer chistes sobre violar a menores es algo que se da por hecho. Nosotras no damos abasto con las horas extras y la demanda es cada vez mayor”. Fue el descontento de las empleadas lo que provocó la ya célebre huelga de 2018, aunque las condiciones no han mejorado tanto como podría esperarse.

María se muestra cautelosa al hablar de las fundadoras de la RHF. “Presumen de no haber externalizado la producción, pero los salarios siguen siendo bajos para el nivel de vida de las trabajadoras. No voy a dar nombres, pero la pelirroja bajita es la mayor cerda capitalista de todas”.

Ninguna de las fundadoras de esta empresa ha querido responder a nuestras preguntas sobre las condiciones de trabajo o impacto medioambiental.