La trampa de la excelencia

En lo que concierne a la lectura, soy una feminista vaga. La teoría es necesaria, admiro la labor de las mujeres que la escriben y la dedicación de las que la leen, pero yo tiendo al escapismo. En parte porque, como buena agorafóbica, mi concentración es un bien escaso, y en parte porque dentro de mí vive una niña respondona de trece años y no estoy segura de querer que me la extirpen todavía. Cada vez que esa niña abre un ensayo, patalea. “¿Además de las agresiones, la brecha salarial, el techo de cristal, los chistes de mierda… tengo que hacer DEBERES? ¿Los hombres sienten que tienen que leer libros sobre cómo ser un buen hombre? No, ellos leen a Palahniuk, Welsh y Hornby. Ellos se DIVIERTEN”. En el fondo, la teoría feminista me hace sentir como si me hubieran asignado un trabajo extra. Bueno para mí, pero al fin y al cabo un trabajo.

Hace unos días decidí sacudirme la pereza y, seducida por su aire desenfadado, abrí Cómo ser mujer, de Caitlin Moran. Metiendo primero los dedos del pie, zambulléndome a continuación. Descubro a una mujer aguda, divertida, una con la que me gustaría mantener largas conversaciones ligeramente etílicas. Ninguna de sus afirmaciones es una epifanía, pero mantiene tu atención con la destreza de la madre que consigue que su pequeña coma guisantes imitando el ruido de un avión mientras mueve la cuchara. Es, en definitiva, un Feminismo para dummies de lo más disfrutable.

Por eso me hacen tanta gracia esas mujeres columnistas del Daily Mail que se quejan diariamente del feminismo. Te pagan mil seiscientas libras por ello, querida, pienso. Y apuesto a que van a tu cuenta bancaria, no a la de tu marido. Cuantas más mujeres protesten, en voz alta, contra el feminismo, más probarán no sólo que éste existe sino también que disfrutan de sus privilegios, ganados con tanto esfuerzo.

Eso no significa que esté de acuerdo con todo lo que dice Moran. Ella expone sus vivencias, hecho que queda eclipsado por el grandilocuente título del libro. Aunque no sé cuánta gente habría abierto un libro llamado Cómo ser mujer blanca y cisgénero. Comparto impresiones con Lucía Baskaran (porque Tuiter es el sitio donde conoces a las mujeres con las que te habría gustado saltarte las clases para fumar en los baños del instituto) y le comento que me sorprende el inciso que hace Moran en que todo nos pasa por tener coño. A ver, yo tengo un coño y es indudable que acarrea problemas y alguna que otra alegría, pero mientras leo no puedo dejar de pensar que hay muchas mujeres que no lo tienen y sus vidas no son balsas de aceite. De hecho, se enfrentan a mucha más discriminación y violencia que yo. Así que es muy probable que no sean los genitales lo que define a una mujer. Os animo a preguntar a alguna de esas mujeres que leen teoría feminista mientras yo busco “dr oetker real person” en Google.

El caso es que al principio estoy decepcionada con Caitlin Moran. Me ha hecho reír y me ha entretenido, sí, pero ha tenido el altavoz y lo ha desaprovechado. Siento que ha fallado a todas las mujeres a las que los medios no dan voz. Una vez más he caído en la trampa de la excelencia. ¿A qué me refiero con esta expresión? A la creencia de que, para que el trabajo de una mujer se tenga en consideración, éste debe ser excelente. Este fenómeno se da en todos los ámbitos. A no ser que su trabajo sea magnífico, la presencia de una mujer se verá como una especie de favor para tenernos contentas. Las cuotas están mal vistas, pero no parece sorprender el hecho de que haya numerosos debates y tertulias en los que no participa ni una sola mujer, y eso que somos la mitad de la población. Si una artista no tiene el éxito acostumbrado en su disciplina, los medios llegan a preguntar si realmente necesitamos más mujeres en ese campo, como si el fracaso fuera exclusivo del cerebro femenino. El propio Stephen King admite que su libro El cazador de sueños no es muy bueno, pero no veo a nadie decir “vaya, cómo la ha cagado. No sé por qué dejamos que los hombres sigan publicando libros, está claro que su hombría le impide escribir bien”. Ni siquiera podemos tener aficiones sin que nos hagan el test de autenticidad o infravaloren nuestra dedicación. Personalmente me apasiona el cine de terror y con frecuencia cuando lo comento algún hombre me recomienda El resplandor o La semilla del diablo, que es como si yo les recomendara los cuadernillos Rubio a los que me dicen que les gusta la lectura. El escrutinio constante, con ojos ajenos y propios, es agotador.

Todo el mundo tiene derecho a hacer el ridículo.

Es muy triste que en esa trampa haya caído también el feminismo. A menudo vemos como, por ignorancia o por simple estupidez, mujeres encumbradas como iconos feministas son desterradas por sus últimas declaraciones, invalidando sus méritos anteriores. Por supuesto que no debemos aceptar que una mujer diga que las trans son hombres infiltrados (yo me considero muy ignorante en este aspecto, pero nadie se sometería a tantos trámites ni aguantaría la presión sólo por fastidiarnos, de verdad) o que las migrantes son incultas (como si vinieran de un yermo intelectual sin historia), pero una cosa es ser una cabrona con las demás y otra muy distinta no abarcarlo todo. He llegado a la conclusión de la solución no es que Caitlin Moran hable de cómo es tener pene, sino que junto a su libro haya otro igualmente ameno también llamado Cómo ser mujer en el que una mujer trans comparta con nosotras su experiencia. En Tuiter leo a mujeres ocurrentes, muy distintas entre sí, capaces de sacarme una carcajada mientras aprendo. Existen. Quiero leerlas. Y sobre todo quiero que lo hagan sin la presión de sentir que están representando a todas las mujeres del mundo, porque tampoco la quiero para mí. Alguna vez me han dicho “aprendo mucho contigo” y es algo maravilloso de oír, pero si alguien me dijera “representas a todas las mujeres” me quedaría paralizada. Qué responsabilidad. En vez de tuitear o escribir me pasaría el día balanceándome en un rincón, abrazada a mis rodillas.

Mientras haya mujeres con menos representación que nosotras debemos compartir un poco nuestro altavoz, está claro. Pero no olvidemos que el objetivo es llenar el mundo de pequeños altavoces. No existe la feminista perfecta por el simple motivo de que no existe la persona perfecta. No caigamos en la trampa de la excelencia, porque quietas y calladas ya hemos estado demasiado tiempo.

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