Ficcionario: Wifidictos

Si a la hora de la cena comenzara a inclinarse el Titanic, algún pasajero con habilidades tecnológicas se las ingeniaría para retransmitir en directo el drama (y el concierto del pianista) por Periscope. Si al amanecer se desplomara un rascacielos, decenas de personas mostrarían de mañana por Facebook Live a los equipos de salvamento rastreando indicios de vida entre los escombros. Pero, ¿qué podríamos hacer si esta tarde se hundieran a la vez y por un espacio prolongado de tiempo las redes inalámbricas? ¿Cómo asumiríamos la pérdida del acceso móvil e instantáneo a Internet? ¿Qué sentimientos nos suscitaría, por ejemplo, un teléfono deconstruido en dispositivo que sólo sirve para hablar o una tableta tonta?

El fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, presentó en 2014 un proyecto de su Laboratorio para extender, recurriendo incluso a drones, la conexión a Internet hasta los rincones más remotos del planeta. Citius, altius, wifius, la Red quedaba consagrada por uno de sus más respetados santones como autopista directa hacia la civilización. Desconocemos todavía la acogida y el impacto de su empeño entre las tribus de la Amazonia profunda (y entre sus antropólogos de cabecera), y hasta qué punto puede ayudarles o fastidiarles que les saquen a la fuerza y en taparrabos del armario analógico.

Unos años antes, el 15-M ya había presentado la wifi sin barreras como una expresión de la democracia directa, un símbolo de la fraternidad universal. Los acampados en Sol invitaban a abrir las conexiones para que sus llamadas a la utopía no encontraran diques, como si derribaran “La Muralla” que cantaron Víctor Manuel y Ana Belén. Puede que no llegue, de acuerdo, a la ejemplar generosidad corpórea del amor libre o de donar sangre, pero constituyó una especia de hermandad callejera y digital que luego ha cuajado en las urnas. Ironías tecnológicas, la empresa que después se propuso conectar Madrid, Gowex, se encuentra hoy destripada, con los cables al aire y pendiente de juicio en la Audiencia Nacional por falsear sus cuentas.

La vida es eso que pasa mientras tratamos de acceder a una wifi pública. Lo han aprendido los adolescentes, que cediendo a sus apetencias picotean de señal en señal sin adoptar las medidas profilácticas adecuadas para evitar contagios no deseados. A menudo caminan inquietos, moviendo el terminal como si fueran zahoríes, en un angustioso desvelo que les lleva a pedir la contraseña antes de dar las buenas tardes cuando van de visita a casa de la abuela.

Jóvenes o maduros, los wifidictos también experimentan un perceptible desasosiego a campo abierto. Echan la mano de forma inconsciente al bolso y regresan con ella vacía y el fastidio en el rostro. Preferirían acomodarse en universos físicamente cerrados, donde ensimismarse como gallinitas ponedoras para volar sin cables hacia el espacio exterior ignorando lo que consideran un entorno inmediato poco apetecible.

Mientras Zuckerberg calibra si es viable la vida eterna online, el dueño de un bar del condado inglés de Sussex ha decidido convertir a sus clientes en eremitas del siglo XXI inhibiendo todas las señales electromagnéticas en el interior. Si el mono les hace darse a la bebida, tendrán por delante una decena de erráticos pasos hasta la puerta para calibrar si merece la pena compartirlo en directo. En la misma tendencia offline, la empresa “Into the tribe” organiza vacaciones de desintoxicación digital… de una semana de una duración. A juzgar por las quejas que uno lee en Twitter, hay averías más largas (y dañinas). Espontáneos, auténticos y felices posan los participantes en las “vacaciones sin” para los perfiles de esta firma en seis (sí, seis) redes sociales. La desconexión, si breve y pregonada, dos veces buena… para el promotor.

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