Díario de un Hincha — Capítulo 0: Un tímido en un boliche


Tengo 22 años. Nunca ví a la Argentina ganar nada. Ni Mundial, ni Copa América, ni Copa Confederaciones, ni Copa Juan Pelotas. Técnicamente estaba vivo cuando ganamos la Copa América en Ecuador, con los goles de Batistuta ante los mexicanos. Pero no tenía uso de razón. Era un bebé de apenas un año y medio. No me acuerdo de las piernas amputadas del Diego en el 94, ni la mano de Tulio Maravilha en Uruguay. La Copa América de Bolivia donde Nacho González usó la 10 pasó inadvertida para el grueso de los argentinos. Quizá la génesis de todo esto sea Francia.

Aquel Mundial del 98 donde no recuerdo haber visto el partido contra Japón. Pero sí el 5-0 a los jamaiquinos en mi casa, el 1-0 a los croatas en la escuela (a todo esto, ¿qué es de la vida de Mauricio Pineda?), y aquel partido contra Inglaterra. Tiempo regular en el cole, y alargue y penales en mi casa. No entiendo cómo mi viejo vio esa definición sabiendo que se pone nervioso de nada. Esos nervios que siento cuando veo una peli (algo que él ama), y que si bien también lo siento en el deporte, lo tomo como algo más natural que con el cine. Volviendo al mundial, tengo más presente el cabezazo de Ortega que el gol de Bergkamp o el tiro al palo del Bati. Allí lloré. No podía creer que estemos tan cerca. Fue la única vez que se me cayeron lágrimas por una eliminación. No así en general.

Donde sí tranquilamente pude llorar fue en Corea-Japón. Madrugón para ver los partidos contra Nigeria y Suecia. Y faltazo para el de Inglaterra. El recuerdo más presente fue el de ir a la pieza de mis viejos, donde hoy es el garaje de mi casa, para decirle que perdimos. No recuerdo otro recuerdo más.

2006 fue cuando más campeón me sentí. Luego de ver el triunfo contra Costa de Marfil en lo de un amigo, ví el 6-0 a Serbia y Montenegro en mí casa, solo. El 0-0 con Holanda fue en lo de otro amigo. Pero el partido que sin dudas más recuerdo fue el 2-1 contra México. Aquel zapatazo de Maxi Rodríguez quedará como el gol mundialista que más festejé en mi vida, incluso más que el gol de cabeza de Ayala en ese maldito partido contra Alemania. Luego de aquel zurdazo de la “Fiera”, lloré. No me importaba que faltasen 20 minutos para el final del alargue. Sentía que ya estábamos adentro. Lo mismo sentí, ya con los ojos secos, con el 1-0 a los alemanes. Pero Klose empato. Y el resto es historia conocida. Pude haber llorado. No sé por qué no lo hice, más sabiendo que esta era la selección que más estaba para levantar la Copa FIFA.

En 2010, me repartí entre dos lugares con HD (un shopping para los partidos de día de semana, y la casa de otro amigo, quien tenía un microcine, para los del finde). A pesar de que sufrí la eliminación contra Alemania, me dolió menos que cuatro años atrás.

Hoy tengo la misma sensación que un tímido antes de salir a un boliche (lo digo por conocimiento de causa). Siento que este va a ser mi momento. El momento en donde podamos salir campeones. Donde me pueda sacar esa puta espina de saber que gané todo con Boca, mi club (situación que me generó un cierto aburguesamiento, más allá de mi odio cuasi visceral contra River, al que le quiero ganar siempre), y nada con la Selección. Siento que en un punto, me gusten o no, los 23 jugadores son representantes míos. De mis sueños. De todo lo que alguna vez quise ser cuando vestía la albiceleste de chico, pero que no pude sencillamente porque por más que quisiese, era algo imposible. No sé si alguno sentirá lo mismo que yo.

Bienvenidos a otro recorrido, que esperemos pueda cumplir con las 7 estaciones deseadas, viendo a Messi entrar a un salón en donde aparecen Passarella y Maradona diciendo “bienvenido al club”. Viendo que aquel muchacho tímido pudo levantarse a Natalie Portman que de casualidad estaba en ese mismo boliche.