Día 1: Resaca de Año Nuevo
La radio despertador de mi habitación marca las dos y media de la tarde. Está oscuro, menos mal que esta mañana caí en la cuenta de bajar las persianas para que la luz del Sol no me derritiera como a un vampiro. Se oyen ruidos de cacerolas, de televisiones encendidas, de conversaciones varias que provienen de alguna ventana que da al patio interior… ¿Por qué no me dejan dormir? Dios santo, parece que se me ha caído una nave estelar de Star Wars encima del cuerpo y nadie lo entiende.
Aún tengo los ojos cerrados pero solo para engañar a mi cuerpo de que siga descansando. Agua. Necesito, por lo menos 10 litros de agua para rellenar las 7/ 10 partes compuesta por ese excelente líquido puro. Darme agua, por favor. A pesar de estar con la boca más seca que el cochinillo de la tía Loli de anoche, mi cuerpo no responde y no me muevo de la posición en la que estoy, ¿qué pretendo? el agua no va a venir por ciencia infusa hacia mi. Está bien, volveré a dormirme.
El reloj marca las tres de la tarde, solo me he dormido media hora más y tengo la sensación de llevar días en la cama. Huele bien, tengo hambre. Los churros con chocolate de esta mañana me han sabido a gloria pero ya no me acuerdo de su sabor, ese sabor a fin de fiesta, a desfase medianamente controlado gracias al chocolate caliente con risas y de buena mañana. Oigo que el tirador de mi puerta se mueve… me hago la dormida, eso nunca falla, a ver si me van a pedir que saque al perro, y en estas condiciones, ni el ni yo disfrutaríamos del paseo. Es mi madre, lo sé por las pisadas, es la ventaja de vivir en una casa con el suelo de parqué. “Sara, Sara… vamos a comer, ya está la mesa puesta, venga baja…” Madre mía no me puedo ni mover, voy a hacer que no he oído nada… “Sara, Sara, arriba ya… (ruido de que las persianas van a dejar pasar los rayos láser de la galaxia exterior a mi habitación, me voy a quemar.) Me he quemado. Mi madre ya está bajando las escaleras y yo me incorporo como si tuviese dos pesas de 15 kilos encima de mi frente. Estoy en pie. Me asomo al espejo para ver la trasformación de mi cara desde anoche a las doce de la noche y un minuto hasta ahora: soy un mapache despeinado.
No me preocupa mi aspecto, mi familia me va a seguir queriendo. Me dispongo a bajar a comer y el primero en alegrarse de verme, sin importarle las apariencias que denotan juerga, es mi campeón, Bongo. Me da cabezazos animándome en el nuevo día, y ya de paso haciéndome la pelota para que le de algo de comer cuando me siente a la mesa. Sin duda mi perro es mi mejor amigo. “Buenos días familia, Feliz 2016”.

Cada año que viene es una nueva puerta que se abre, cada puerta es un mundo. Tienes 365 días para explorarlo de punta apunta. La aventura comienza ¡YA!