Rutina de los domingos

Pensó por fin haberse encontrado a sí mismo, después de un par de años buscándose, en la ruta 706 acompañado por su mejor amigo dormido de cansancio.

Cansado de escucharle tener la razón y proponer soluciones simplistas que para nada solucionarían algo, le sugirió la rutina de los domingos; en ella nacen, mueren y se esconden sus problemas; es su instante en la eternidad, si acaso mereciese que algo le perteneciera en este universo.

Su compañero le preguntó momentos antes del letargo qué era aquello de encontrarse, porqué era tan importante y qué era el fétido aroma detrás suyo. Su compañero tiene tres hijos de variadas maternidades, un certificado de preparatoria y las recomendaciones de tres tugurios distintos. No es un personaje profundo, pero es su amigo.

Le respondió que encontrarse es tocar fondo, el fondo de nuestra parte introspectiva; le dijo que es tan importante como el bautismo (es fácil para ellos entenderse a través de la religión); y le aseguró que el desagradable olor provenía del pasajero que aparentaba una singular indiferencia por las normas de higiene personal. Ahora que su amigo está en brazos de Morfeo y ya no puede escucharle no tiene tanta certeza de sus respuestas; su pasada seguridad lo reitera, pues, tratándose de fanfarronería como la suya, cuanto mayor es su convicción mayor es su desacierto.

Apenas el último fin de semana de agosto se juró fiel amante, como si mencionar ambas palabras en una misma oración no fuese suficiente atrevimiento, más al comenzar septiembre ya se había transformado en polígamo pendenciero; por eso ahora se pregunta (lejos de dónde-cómo-cuándo conseguirá “encontrarse a sí mismo”) quién, de todas sus personalidades, se estaría buscando en ese preciso momento y, si encontrase algo, en qué diferiría de lo que pudiesen resolver las personalidades restantes.

Recuerda, por ejemplo, cuando le lloró a Gemma en la esquina de la cama hasta ser penosamente descubierto por su abuela. Tocó fondo, no hay dudas al respecto, y al tocar fondo creyó reconocerse como un ser sentimental. Eso creyó su personalidad en turno; no obstante, cuando abandonó a su madre desconsolada en el pasillo de una terminal de autobuses se reconoció egoísta. Así una y muchas veces más.

No cree ser voluble, más cree que la constancia le impide ser un individuo funcional: trató por un año entero como un vicioso persistente y falló porque desconocía que no hay nada en su ingesta diaria que pueda resolver la periódica e inevitable desgracia neuronal que sucede en su interior. Concluyó que ya hay suficiente constancia en los defectos de su organismo, por eso el Prozac apenas puede causarle gases, cosa que detesta poco más que tomar medicamentos.

La vez que le explicó esto a Andrea esperaba más que una mirada incrédula. Ella calificaba de pretextos sus intentos de ser entendido; le recibió enamorada (siempre resentida) todas y cada una de las veces que se apareció en su vida, más no le permitiría hacerse de la química para excusar sus constantes abandonos. Hoy cree que Andrea fue quizá tan desconsiderada como él por referirse de “abandonos” a sus retornos a la intimidad. Andrea no podría valorar las maravillas que concede la intimidad porque confunde el término con el acto carnal de tenerse muy de cerca; no podría valorar la intimidad porque teme estar sola y nunca sabrá lo reparador que puede ser el desamparo, la indigencia, el silencio, el encierro, el destierro, el eco de sus propios pasos.

Andrea vive en La Benavente, colonia que hace algunos minutos dejó atrás el camión de la ruta 706; La Benavente le recuerda que está a pocos kilómetros de su destino, destino del que su mejor amigo no tiene conocimiento.

Casi tan complicado como encontrarse uno mismo es encontrar a quien te acepte una vez que ha conocido a todos tus personajes. Algo similar sucede con su estimado secuaz.

Hoy, que se ejerció con éxito el protocolo de la rutina de los domingos, fue ladrón por la mañana y comparte un próspero botín con su compañero. Al subir al 706 fue un socio leal. Ahora, que ya se encontró y volvió a perderse, se debate en un tedioso vaivén de rectitud y codicia para tomar la decisión de qué ser. Le ha pasado antes y sabe cuál será el veredicto: se rendirá a su naturaleza, egoísta y humana, tomará el dinero procurando no despertar al nexo más entrañable que ha tenido con su especie, bajará del camión y buscará la intimidad en alguna habitación apartada por enésima ocasión.

Otra vez se encontrará a sí mismo.

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