Carta abierta a un destinatario que no la leerá.

Hace un par de días leí una carta que alguien le hizo a su perro si éste pudiera leer. Inicialmente me pareció algo extraño escribirle a alguien que nunca leerá el mensaje, pero entonces recordé los recados que los habitantes de Puerto Berrío dejaron en las tumbas de sus muertos en “Los escogidos” de Patricia Nieto; el libro dedicado a la vida y muerte de su hijo, de la bellísima Piedad Bonnett; “El sol negro de papá”, de Reinaldo Spitaletta, hablando de su padre muerto; las cartas de amor perdidas en barcos, en oficinas postales, e incluso, aquellas que su autor nunca se atrevió a escribir o a enviar; todos ellos destinatarios que no leerían nunca a sus remitentes. Entonces bueno, aquí va la mía.

A Simón:

En primer lugar te diría: gracias. Por todas las veces que has accedido y me has dejado poner mis pies en tu panza, aún cuando odias los pies; por recordarme que los dulces, las arepas, los pandequesos y los buñuelos están hechos para compartirse; por espantar el coco de noche; por tu impertérrita compañía en la enfermedad; por enseñarme la infinita humildad con que debo asumir la vida, cada vez que me saludas con suma modestia y pasmosa mesura, a diferencia de la mayoría de los perros.

Perdón también por todo el tiempo que he dejado de dedicar a la vida, sumida en proyectos de corta pasión, trato de lidiar con ello y he aprendido; perdón por insistir con todas las cremas dentales posibles para que te dejes lavar los dientes, la vejez nos dirá si valió o no la pena; perdón sobre todo por las cinco alarmas que pongo en la madrugada, sospecho que alguna de ellas habrá logrado descobijarte el sueño.

Por último, pero no menos importante Simón, tengo la convicción, a diferencia de algunos, de que no volveremos a encontrarnos, nunca. Esta vida es nuestra única y última oportundiad, así que espero que mis actos cotidianos puedan contarte todo lo que estas palabras nunca podrán.

Con todo el amor que un cuerpo de 162 centímetros pueda albergar,

Sara.

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