¿Qué es ser un escritor?

Si alguien, para ser escritor y para que sus análisis sobre la realidad circundante sean dados a conocer al mundo entero necesita de la difusión de estructuras institucionales, entonces ese alguien probablemente no es un escritor, ese alguien fantasea con serlo.

O ese alguien fantasea particularmente con el brillo que con el hecho de ser escritor viene por default, aunque no necesariamente con las obligaciones que ser un escritor políticamente comprometido normalmente implican.

O quizás es medianamente un buen escritor, o un escritor excelso, pero uno que casi no soporta la idea de escribir sin la correspondiente fama que se supone debería tener con los textos que consuetudinariamente publica, etcétera.

Aunque supongo que ser un brillante escritor tiene necesariamente que significar más en nuestra sociedad diversa que dedicarse a cualquier otro oficio.

Ahora bien, lo que en realidad ese alguien sin duda alguna sí es -–al margen de que sea un buen escritor, o uno malo o un escritor mediocre–-, es un intelectual funcional a las instituciones que dice combatir, pero del que no deja de recibir las becas que le dan mensualmente para continuar escribiendo y para quizá sin saberlo convertirse en un instrumento de ese estado de cosas contra el que irónicamente se rebela.

Puedes escribir sin que nadie te lea y no dejarás de ser un escritor por eso, puedes guardar tus escritos en una libreta en algún lugar recóndito de tu recámara y publicarlos cuando alguna editorial independiente, servil o no al statu quo, sienta atracción por tus escritos como para publicarlos. Puedes incluso autopublicarte o abrir un blog y escribir anónimamente allí y, sí, ser un escritor.

Pero, ¿por qué servirte precisamente de las estructuras e instituciones que hacen posible la corrupción contra la cual tu espíritu se rebela? ¿Por qué es necesario jactarte en la solapas de tus publicaciones de escribir para medios que claramente tienen como finalidad justificar el estado de cosas que criticas en tus textos?

Escribir para la mafia cultural presidida por Enrique Krauze y al mismo tiempo llorar públicamente por Ayotzinapa en tuits y libros cuyo contenido no revelan más que lo cualquier buen blogger o algún buen tuitero no hayan revelado con anterioridad, escribir un réquiem por Ayotzinapa y al mismo tiempo recibir lana de un gobierno ostensiblemente cómplice de tales sucesos, todo eso, en serio, me digo, tiene que ser un nonsense o necesariamente algún disparate.

Un escritor así, da asco, y no importa cuán genial sea su obra o cuánto haya sufrido en este valle de lágrimas, da igual.

ESCOLIOS

(1) Escribo estas líneas pensando en Tryno Maldonado y en el texto que escribió sobre Ayotzinapa. Más con rechazo y desilusión por no haber podido refutar algunas impresiones que yo ya tenía sobre este intelectual superstar que se le ve en todas partes en los medios de izquierdas mexicanos, cuyos textos suelen ser publicados con frecuencia en medios que gozan de bastante prestigio e influencia en México y cuyos editoriales suelen ser poco críticos y timoratos, además de honestamente aburridos, y cuya batalla por los hechos de Ayotzinapa me parece dudosa, además de francamente victimista.

(2) Jean Paul Sartre, que aunque no era en mi opinión tan genial como literato como sí lo era como filósofo, se dio el gusto de rechazar el Premio Nobel de Literatura en 1967 y renunciar con ello a la máxima presea que el hegemonismo cultural da hoy a sus escritores, tal vez en parte porque a diferencia de la mayoría de los miembros de nuestra prácticamente inexistente élite cultural, se dedicaba entre otras cosas a preguntarse, por ejemplo, ¿qué sería ser o qué podría ser o qué podría significar ser, ser un escritor comprometido?

(3) Creo que lo que sucede es que estos escritores del tipo de Tryno Maldonado suelen incurrir en uno de esos viejos vicios a los que tan a menudo somos asiduos los seres humanos: el autoengaño. Lo que sucede es que cuesta creer que con esa capacidad que tiene Tryno para recabar datos, ordenarlos y hacer toda una investigación periodística del calibre de la que se aventó para escribir el libro sobre Ayotzinapa, sea tan ingenuo o imbécil a la vez. Es difícil pensar que una persona tan elocuente esté más comprometida con publicar que con lo que en sí publica. Le llamo supervivencia: un mecanismo inconsciente sin el que tal vez a Tryno le sería imposible contarse la historia de que ayuda a los jóvenes de Ayotzinapa y al mismo tiempo recibir dinero del Estado para poder salir adelante, en cualquier sentido. Pero, entonces, dedícate a otra cosa, ponte a reparar autos o a vender tacos de canasta en el mercado, pero no me vengas con la tomadura de pelo de que eres un escritor comprometido o un intelectual o una jalada del estilo. No mamar.

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