No te veo desde ayer, y ya me parece una vida.

Siempre me remito al mismo lugar, cuando de chico, la mujer del vestido celeste y el sombrero de paja, me hacían sentir que la vida, la paz y la alegría, eran reductibles a un ramo de margaritas y manzanilla.

Corría libre e imponente, como una llama que invadía la campiña de uvas, como cuando se incendió la finca de mi abuelo y la vida, se tornó de un negro similar al de las prendas que utilizan todos mis amigos actuales.

Mamá, madre, hermosa mujer, razón de mi ser. Entre otras denominaciones, eran mis nombres favoritos para referirme a la mujer de las margaritas. Al final, ella me dijo que lo mejor, era extender mis alas y volar a lo más alto.

De ahí que ahora, desde una rama un poquito más arriba, la vida me parece, paradojicamente, menos angustiante.

Qué sería de nosotros, mi amor, sin mamá.

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