Demeritorio
Casi a la una de la mañana los únicos dos sonidos que podían percibirse en la habitación de Suárez eran el de las aspas de su ventilador destartalado y el del ronquido de su Bulldog inglés que a esa hora siempre descansaba complacido. Había sido un día asfixiante. El sol de canícula calentando desde tempranas horas, el insoportable ir y venir en sus diligencias, el estorboso tumulto de los transeúntes del centro. Se zambullía de día en el bochorno multitudinario, y sólo en las noches, cuando cerraba su portón recostándose sobre él mientras exhalaba un suspiro, sentía que podía volver a tomar aire, como si recuperara la superficie después de un casi irrecuperable hundimiento. Su rutina consistía en aguantar la respiración de la mejor forma para no ahogarse. Ya se había desvestido, y después de arrojar las prendas sudadas a una canasta, destendió la cama, templó las sábanas y acomodó la almohada de tal manera que al acostarse sus pies tocaran la cabecera. Siempre creyó que así se descansaba mejor. Pero esta noche no logró pegar el ojo.
Suárez trabajaba en una de tantas ferreterías del centro de la ciudad. Su labor consistía en llevar puntualmente los materiales y herramientas que los clientes encargaban a los sitios que ellos especificaban sobreenfáticamente. Cuando Suárez comenzó a trabajar allí-ya va a ser más de tres años-, el dueño, don Carlos, no tenía un medio de transporte con el cual despachar la mercancía y Suárez realizaba las entregas a pie. Algunas veces, cuando se trataba de remaches y tornillos en nimias cantidades, podía realizar todas las entregas en un solo recorrido. En cambio, si los paquetes ocupaban sus dos manos y pesaban justo lo que podía resistir su cuerpo, se veía obligado a conmutar varias veces desde la ferretería a todas las direcciones que le indicaban. Por una parte, esto fue bueno; Suárez aprendió a conocer la ciudad y cómo desplazarse entre cuadras y calles para lograr atajos y evitar peligros. Lo malo, a su parecer, había sido enfrentarse con la otra gente que también ocupaba el espacio que debía recorrer. Lo obstruían, le estorbaban, lo retrasaban. Entre más entregas hacía Suárez, más conocía a la ciudad y más desconocía a la gente. La primera para él se tornaba agradecida; siempre estática, siempre disponible, las mismas esquinas, los mismos postes, las mismas rejas. Estaban allí para guiarlo. La gente por el contrario le resultaba inaprehensible: su ropa cambiaba, su rumbo cambiaba, su paso cambiaba, a donde mirara se topaba con el sopor de la resignación o con el afán de lo inaplazable. A veces, entre semáforos peatonales, Suárez pensaba para sí mismo que todos eran como cucarachas que eran como hormigas que eran como abejas. “Sí, escurridizos como las cucarachas, abundantes como las hormigas, molestos como las abejas”, se repetía antes de cruzar una vez cambiaba la señal a luz verde.