Antes de la medianoche

Lo que Boca y River hagan hoy en la tercera película de la saga será un punto de inflexión en la historia.


Entre miles de papelitos pisoteados y cientos de periodistas exhaustos, cuando las dos agujas del reloj se acerquen simultáneamente al número 12 y sólo haya un mañana en la Copa para uno, Arruabarrena y Gallardo estarán dando sus últimas visiones sobre un desenlace que se habrá consumado apenas unos minutos antes. Sin embargo, lo esencial, lo que vuelve a este tercer cruce en 11 días una bisagra en la historia de los superclásicos viene desde más atrás. Han sido días, semanas, meses, hasta años en los que ambas instituciones tomaron decisiones (incluidos sus hinchas) que fueron llevando a ambos equipos por una especie de embudo que finaliza hoy en La Bombonera. Ni siquiera importará en el largo plazo el futuro del sobreviviente en esta Libertadores. Todo, incluidos los 90' más importantes de la década (y hasta una eventual tanda de penales) habrá sucedido antes de la medianoche.


El director Richard Linklater rodó en 2013 el film que lleva el mismo nombre que el título de esta nota. Una historia romántica, sin nada de cursilería y con muchas escenas que invitan al espectador a situarse en la piel de Celine (Julie Delpy) o Jesse (Ethan Hawke), según corresponda. Soy un pésimo cinéfilo, por lo que sólo puedo guiarlos hacia esta excelente crítica de Maia Debowicz (que también cuenta el final, por las dudas lo menciono) en la web de El Amante. Lo concreto es que se trató de la tercera película de la saga que se había iniciado ¡18 años antes! con “Antes del amanecer” y había continuado en 2004 con “Antes del atardecer”. Justamente en ese año se enfrentaron (hasta la semana pesada) por última vez Boca y River por la Libertadores. Aquella vez Linklater, que ya se lamentaba de no haber podido guionar la serie de Cuartos de final de la Copa 2000 (en la que Palermo hizo un gol “en muletas” y el Vasco fue protagonista), también debe haber despotricado por no haber sido el responsable de filmar tamaña obra del género dramático, que curiosamente tuvo a Marcelo Gallardo, 10 del equipo de Astrada por entonces, como el malo de la película.


Es difícil ser simpatizante de alguno de los dos clubes más grandes de un país tan futbolero y pasional como el nuestro. No se trata de menospreciar al resto de los fanáticos, que deben lidiar con más problemas y menos expectativas que un bostero o un gallina. Justamente son ellas, las expectativas, las que generan, en términos de entretenimiento (aunque varios lo lleven mucho más allá), la sensación de sentir que siempre hay más para perder que para ganar. Para colmo, si se traza una línea imaginaria en 2009 y viajamos hasta el presente, ambos conjuntos han tenido más pálidas que festejos. Boca sólo ha ganado un título local (invicto, en 2011) y la Copa Argentina 2012. River se ha quedado con el Torneo Final y la Sudamericana 2014, más la Recopa 2015, en una época en que vivió la página más oscura de su historia: el descenso en 2011. En este rango, más recientemente, encima los xeneizes jubilaron de una manera perversa, por culpa de los dirigentes y con Angelici a la cabeza, a sus dos máximos ídolos: Riquelme y Bianchi. No obstante, también tiene su lado positivo pertenecer a los dos teams más poderosos. Los de Núñez se dieron el lujo de armar un equipo de luxe en la B Nacional y resurgir futbolísticamente al complementarlo con muy buenos refuerzos desde su ascenso. Boca, en los dos últimos mercados de pases, adquirió una cantidad y calidad de jugadores imposible de justificar a través de su presupuesto. Cierto es también que ambas dirigencias han tenido un acierto compartido: la reciente elección de entrenadores jóvenes pero sobre todo con buen manejo de grupo (y estrellas) y con ideas frescas y ofensivas a la hora de hablar estrictamente de estilos y estrategia.

Millonario… A cualquier costo

Aquí es cuando entran los hinchas (les pido autocrítica a mis lectores) y empiezan a tener un grado de responsabilidad en los momentos que viven sus clubes amados. Desde que River se fue a la B, lo que sería motivo de humillación porque hablamos del más ganador a nivel local y por escándalo, cada vez más surgieron los mecanismos de defensa de sus fanáticos (y los no tanto). Muchos se hicieron hinchas de la hinchada. Otros sintieron que un ascenso, al haber sido obtenido con suspenso, valía casi como un título. Luego esos mismos se olvidaron de defender a Almeida, (por más errores que haya cometido) porque si venía Ramón iba a resolver las fallas del debutante DT y no le iba a “pesar la mochila”, sin importar que el actual técnico de Banfield denunciara después la cama que le hicieron. Entonces los clásicos de verano, de repente y con el total apoyo de los medios que cobran por transmitir y hablar de esos espectáculos, empezaron casi a contar como partidos oficiales. Y todos se reían de los males y yerros ajenos, de si “fue corner” o habían dos pelotas al mismo tiempo cuando se gestaba un gol propio. Lo importante, en este simulacro de pueblo feliz que se vende constantemente desde el mismísimo gobierno, era no desentonar. Es decir, ser feliz. Más si se viene de una debacle. Total, se trata de superar el mal trago y que “se acomoden los melones”. El tema es que a River se le acomodaron notablemente. Tanto que los mismos que pedían a Ramón luego creyeron que lo mejor era su salida, sin importar el desprecio que le marcó día a día la nueva dirigencia durante seis meses. Con los planetas alineados y en especial con un plantel equilibrado y experimentado, llegó un joven Gallardo con la receta para hacer historia. Su inicio fue arrollador. Toda la basura se escondió debajo de la alfombra y los hinchas se encolumnaron detrás de su vistosa filosofía e inagotable ambición. Hasta que las papas volvieron a quemar, aún con viento a favor. De repente, se achicó el calendario, tocó Boca en la semi de la Sudamericana y había que salir del paso. ¿A quemar las naves y a morir con la nuestra? ¡Porque así lo sentían todos! Había vuelto “la nuestra”. No, mejor esperar. Entonces el Millo rifó un torneo local de manera absurda (le llevaba 8 puntos a Racing a falta de 18 y terminó 2 abajo) y terminó “tirando a Papá del tren” como sea y levantando un título internacional luego de 17 años con su último resto de 2014. Total… Los melones se acomodan solos. El problema es que esto último no ocurrió. River no sólo mantuvo todos sus jugadores para tratar de ganar esta Libertadores sino que se reforzó con Mayada (revelación del fútbol uruguayo) y Piti Martínez (crack de Huracán), pero algo ya no andaba. El agotamiento mental, el amesetamiento de algunos rendimientos y las nuevas exigencias (ganar la Copa) hicieron mella en el equipo. Cuando el sueño casi se vuelve pesadilla (estuvo a 20' de no pasar la primera ronda), llegó el milagro y la clasificación. Ahora sí, a encarrirlarnos y a seguir construyendo. No tan rápido. Volvió a tocar Boca. ¿Llegó la hora de regresar a “la nuestra”? Mmm. ¿Y si mejor esperamos a pasar esta batalla (Muñeco dixit)? Y Daaaale.

En La Boca no quedaban espejos

Mientras tanto, el club que había sabido ser campeón en 2008 cuando su archirrival terminaba último y hasta invicto en 2011 cuando River ni siquiera figuraba en la tabla de Primera, se aburguesó hasta límites insospechados. El nuevo presidente acumuló una serie de errores graves en tiempo récord y pasó de estar a un gol de obtener la séptima Libertadores en 2012 a pelearse dos veces con Riquelme y dejarlo ir por la puerta de atrás, de prender fuego al Virrey tratándolo de convertirlo en su salvavidas primero y su chivo expiatorio después, de enfrentarse antes con los hinchas por la ridícula decisión (que finalmente declinó) de renovarle a un desgastadísimo Falcioni. Quiso cerrar el basquet y a poco estuvo de lograrlo, algo que sí consiguió con el Vóley profesional. Tras más de dos años de fracasos, antes de terminar renunciando a una reelección, optó por romper el chanchito una vez más, tal como hizo Macri a mediados de 2005 y que le permitió aquella vez resurgir entre las cenizas. Al mismo tiempo, los hinchas ya estaban todos divididos. Los que apoyan a Román (lógicamente, hasta yo lo hice en su momento) pero creen que el 10 nunca se equivoca, los que piensan que la CD hace todo bien, los que viven quejándose de los árbitros (¡¡¡en Boca!!!)… Aunque todos coincidían en algo: seguían mofándose de River porque se fue a la B, cuando los de Núñez ya venían en remontada, hasta ganaban en La Bombonera (tras 10 años de sequía) y obtenían un título nacional y otro internacional. Como si la historia no se escribiera todos los días. En ese clima raro llegó Arruabarrena e intentó revolucionar un fútbol que se había estancado. Las necesidades políticas le permitieron encontrarse con un plantel de elite en su primera pretemporada. Dos jugadores por puesto, uno mejor que otro. Orión, Sara, Cata, Torsiglieri, Colazo, Monzón, Meli, Gago, Cubas, Pérez, Lodeiro, Castellani, Carrizo, Chávez, Martínez, Osvaldo, Calleri, Pavón… Interminable lista. ¿Te parece poco? ¿Por qué no mejor ahorrarse el repechaje de la Libertadores y jugar un desempate ilegal contra Vélez? Y daaaale. Entonces Boca lo ganó (sin robar en los 90', eh) y pasó al grupo más fácil de la Copa. El equipo fue de menor a mayor, con rotación constante, muy bien llevado por el Vasco, entrando en un espiral de confianza. Se convirtió en el mejor primero (con puntaje ideal), mientras punteaba en el fútbol local. No había ya casi hinchas que pidieran volver el tiempo atrás y aceptar lo que correspondía, ingresar como hizo Estudiantes y afrontar una zona más complicada. Entonces, el destino menos pensado apareció y se cruzó nuevamente River, el peor rival que podía tener en octavos. Parece injusto, pero hoy hablamos de un proceso futbolístico que soportó un cruce duro en 2014 que incluyó la eliminación en la Sudamericana, que se levantó, que mostró una interesantísima vocación de buen fútbol + resultados y que hoy tiene enfrente un peligro de tsunami que deberá gambetear con cintura Messiánica.

Volviendo al verde césped

Y llegó la hora de jugar, nomás. El primer partido, el que menos riesgos corría en la mesa de apuestas, fue para Boca, que realmente intentó llevarse los tres puntos mucho más que River. Se entendía porque era local y llevaba una racha oficial adversa que necesitaba cortar (la interminable y siempre sobreestimada lista de amistosos había visto un quiebre en el último verano, con un 5–0 incluido). Pero ahora se venía el duelo clave. River, que a esta altura a “la nuestra” la debe llamar “nuestra ex”, mientras corría el riesgo de convertirse en el viejo plan bielsista (presión, juego rápido y vertical, buen toque aunque terminado casi siempre por las bandas y con centros) clonó el estilo Simeone, ese gran entrenador que deslumbra a todos en el Viejo Continente pero que paradójicamente fue el primero que formó parte de la campaña que envió al Millonario al descenso. Ese mismo entrenador que, guste o no, al menos ejerce una manera superadora de jugar ante rivales con figuras y presupuestos imposibles de comparar (en España y Europa) con los de su Atlético Madrid. Entonces, con el cuchillo entre los dientes, el local borró a Boca durante 45' en el Monumental. Lo asfixió, no lo dejó jugar, ni por las buenas (mayormente) ni por las malas cuando así lo requirió (avalado por Delfino). Pudo haberlo ganado en ese lapso, pero el fútbol es tan mágico que muchas veces sucede lo inesperado. El 1–0 final llegó en el mejor momento del visitante. El arco de Barovero en cero, la victoria por la mínima pero victoria al fin, el éxito de la estrategia elegida y el regreso de la confianza sumado a la efusividad renovada de sus hinchas. Todo salió redondo. Un deja vu de los 180' de la Sudamericana, aunque aquí todavía faltan 90'. En tanto, del otro lado se observa una audacia y vocación ofensiva pocas veces vista en instancias tan definitorias. Esta noche el Vasco pondrá tres puntas, un volante ofensivo, dos laterales de mucha proyección y Gago de 5. Las lesiones de Erbes y Cubas colocaron al ex mediocampista de Real Madrid en el lugar que siempre pedí pero en el momento más importante de su carrera en el club de sus amores.

¿Qué se define en La Bombonera?

La disparidad que existía en la tabla de clasificados a octavos (el 1° vs. el 16°) ya no existe afortunadamente. El punto es que lo que está en juego es mucho más que una clasificación. Boca debería estar transitando un dulce verano encabezado por un hombre del club en el banco, algo que hacía mucho no se observaba. Una caída sería la segunda eliminación en 6 meses ante su superrival lo cual no significaría su renunca pero sí un desgaste enorme y lógico, el final de la carrera política de Angelici, la puerta de salida para Osvaldo (y algunos más) y la confirmación de que en los escritorios ya nada se define, aunque pueda incidir levemente. Paradójicamente, un triunfo, además de evitar todo lo que se acaba de escribir, arrojaría un mensaje positivo para el público en general: se puede afrontar esta serie de “guerra futbolística” (SIC Vasco) sin dramatizar tanto, apostando por los que mejor tratan a la pelota, siendo intensos y agresivos pero sin agredir al otro. Sin dudas, sería la demostración de que la lección brindada por los mejores equipos y selecciones de Europa ha sido aprendida desde este lado del océano. En tanto, en el tiempo en que todos esperaban que River (y su entorno) decidiera volver a las primeras armas del Muñeco como DT, que encima habían arrojado grandes resultados, más allá de que el camino fuera más largo y hasta por momentos sinuoso, el pragmatismo se ha apoderado de la mayoría de las almas millonarias. El típico “si Boca siempre jugó así, ¿ahora de qué se quejan: de que lo hagamos nosotros?” se ha hecho lengua corriente en todas ellas. Un triunfo les dará la alegría de verse ampliamente vencedores en el duelo face to face post “resurrección”, además de volverse amplios favoritos a obtener su tercera Libertadores. La contracara será la legitimación de un modo de vivir (y ver) este deporte que puede ser contraproducente. Ganar a cualquier costo y, peor aún, negar los errores propios (como vienen haciéndolo hace 5 años) puede llevarlos a límites muy difíciles de calcular. De ocurrir lo contrario, una temprana eliminación ante el clásico rival dejará a River sin gusto a nada. Perdío el invicto en el torneo local por conservador en el mismo escenario de hoy, ha bajado sus banderas históricas para enfrentar a un rival ligeramente superior pero sin asumir que la culpa de eso es 100% de jugadores, hinchas, cuerpo técnico y dirigentes y, como si fuera poco, terminará viendo la Copa por televisión.

No será una jornada más. Tampoco la última que los verá enfrentarse a lo largo de la historia. Se trata de un momento que sellará a fuego muchas vivencias previas en ambos bandos y que tendrán su giro salvador o su confirmación final antes de la medianoche.

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