El reflejo de la pasión


11 de julio de 2010. El español menos pensado alza el trofeo que siempre ha soñado. El hombre de 24 años recién cumplidos viaja improvisadamente más de 9.000 kilómetros, toca suelo firme y al momento del pitazo final del mediocre árbitro Howard Webb vuelve a elevarse, ya sin otro destino final que el de la gloria. La gloria deportiva. ¿La suya? No sólo suya. Poco le importa que desde el 3 de junio de aquel año, cuando sopló las velitas en París, hasta ese dulce anochecer sudafricano, haya vuelto a levantar tras dos temporadas la Copa de los Mosqueteros en Roland Garros y nada menos que el trofeo de Wimbledon, recuperando en el medio el puesto Nº 1 del mundo en el circuito ATP. Rafael Nadal se olvida de todos sus logros personales y siente que esa casaca roja con el Nº 10 le calza mejor que la remera blanca con la que se arrojó al césped del All England el domingo anterior. Ahora es solamente ese preciado objeto tan dorado como el que tuvo en sus manos siete días atrás lo único que puede devolverle una sonrisa tan genuina como la que esbozaba al tocar una raqueta o al patear una Nº 5 de pequeño en las calles de Mallorca.

Vestuario español en Johannesburgo. El 10 no es Cesc, sino Nadal.

Es pasión. Sus mejillas pintadas que ilustran la bandera española son pasión. Sus lágrimas tras el gol de Iniesta en la final del mundo ante Holanda son pasión. A Rafa lo mueve la pasión. La receta de su éxito, compuesta por ingredientes que escasean como el talento irrepetible de su muñeca izquierda, la fortaleza de su mente o la resistencia física, encuentra en la pasión el combustible ideal para repetirse infinitamente. Sí. Porque un día (de no sé qué año) dejará de apropiarse de ese bendito trofeo o de lo más alto del ranking, pero él seguirá allí, inmortal. Así como Iker Casillas continuará siendo el capitán y héroe de una nación por haber levantado el trofeo en Johannesburgo. Ellos son y serán. Rafa es pasión por el deporte, por la competencia, por los colores que defiende.

http://www.youtube.com/watch?v=bu25e1deQ0o

Los 42 partidos entre sí o las siete finales de Grand Slam que los han cruzado ofrecen muchas argumentaciones referidas al juego, a las estrategias de cada uno o a las batallas psicológicas en las que se enfrentan como para escribir innumerables análisis sobre la última y resonante victoria de Nadal ante Novak Djokovic. Sin embargo, ya hay quienes han explicado muy bien la 9º corona en París y el 14º GS de Rafa, como los periodistas de Tennistopic o los chicos de Fue buena. Lo único que aquí deseo dejar en claro es que este muchacho, que hoy ya tiene 28 años, que volvió a ganar el Abierto de Francia, que jugará nuevamente en Wimbledon mientras su amada selección de fútbol se presenta en un Mundial, no dudará en cruzar el Océano Atlántico ni bien pueda para ir a alentar a los muchachos de Del Bosque. Así como no dudó en seguir machacando en la cabeza de Nole cuando sus gemelos empezaron a contracturarse durante la final en el Philippe Chatrier. Porque su rostro y su cuerpo siempre serán, frente a una cámara o a un reluciente trofeo, el reflejo de la pasión.

https://twitter.com/rolandgarros/status/474956151952789504

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