Relato del chofer de bus.
Isaías llegó a tiempo el 31 del mes para su turno de noche, San José en enero es tremendamente melancólico a esas horas. El viento es fuerte, pero no siempre es frío. A él le tocaba el turno de 7 de la noche hasta las 4 de la madrugada, tenía tiempos de trabajar el mismo turno y no tenía planes de cambiarle, Raúl, el encargado de la terminal le recibía siempre amigable, le estrechaba la mano y ya el resto era protocolo y rutina.
La ruta de las famosas San Gerardo, de Heredia a San José, es sencilla, pasa por Tibás, Santo Domingo, San Pablo y ya en Heredia toma regreso. Para él era solamente un circuito que duraba un promedio de minutos y que en un determinado momento se acababa así como empezaba, a tiempo. Este día era fin de mes y sabía que ya tenía el salario de la quincena en su cuenta bancaria. Eso y saber que al terminar podría irse a su pequeño cuarto en Calle Blancos y dormitar. Tener que trabajar no es que quieras trabajar, ni que te guste lo que haces, a veces no hay suerte ni motivación.
Este día el trayecto número 3 que hacía era de regreso a San José, las personas subían y bajaban del bus, muchos saludaban y agradecían, aún era temprano para topar con mala gente. Isaías, tenía una sola hija, que vivía lejos, él había tenido que abandonar Nicaragua para poder buscar trabajo, Susana Ruiz Zarate, tenía 11 años y estaba por comenzar a comprar las cosas de la escuela para este año, su padre, sin relación alguna con la madre, se tenía que limitar a verle un par de veces al año y llamarle solo cuando sabía que la mamá no iba a responder el teléfono. Todos los primeros de cada mes, Isaías llegaba a la agencia Teledólar del Megasuper de Tibás, para poder enviarle el salario casi completo que lograba reunir en dos quincenas. Así era como lograba sobrevivir a un cuarto pequeño que le cobraban caro, sabanas sucias, y una sola ventana, así lograba sobrellevar horas y horas de manejo.
Al ser cerca de las 10 de la noche, entre tantas personas que subían y bajaban Isaías solo se preocupaba por que alguna de estas no le fuera a hacer daño, así que a veces omitía paradas y seguía recto, sin importar si alguna de estas les fuera a pasar reporte al jefe, prefería seguir que arriesgar. Un joven cerca de la primer parada, por las llamadas Caribeñas, una señora con bolsas le hizo el ademán, él frena, y detrás de ellas un hombre con ropas sucias, y apariencia vaga le pide permiso para abordar a vender unos lapicerítos,
— No señor, a mí en esas no se me suben, bajate, bajate.
— Es para ayudarme, manda huevo. Que le cuesta paisita.
— Nah e´paisita, no, yo pa’esas no tengo tiempo.
Cerrada la puerta algunas miradas se encontraban con extrañeza entre los desconocidos que iban en los asientos del bus. Ignoraba señoras que le solicitaban frenar donde no era, niños que querían vender postalitas, y jóvenes que parecían muy ebrios para que no hubiera pasado medianoche.
Indiferente hacia juicios y muestras de ingratitud de parte de los paseantes, el solo contaba los ciclos para poder irse de ahí.
Llegaban las horas más pesadas, luego de la medianoche, cuando los turnos son cada hora. La terminal se llena menos, pero de personas más peculiares, igual no era que nuestro chofer les prestaba mucha atención, pero el bus se llenaba menos y él sabía que eso significaba que ya dentro de poco se podría ir de ahí. A las 4, entrego llaves y se despidió de un ademán del encargado, distante, como siempre, a nadie le extrañaba que solo se fuera y ya. Pero como cumplía y llegaba temprano, era de los mejores empleados que tenían.
Saliendo, decidió ignorar también al que le ofrecía la puerta de un taxi, era tarde (o temprano) y él caminaba con su bulto negro hacia su cuarto de pensión, como cada noche.
Al día siguiente, Isaías no llegó al trabajo, del todo, no le vieron y su turno fue llenado rápidamente con algún otro muchacho de la cuadrilla que le toco doble. Era primero de febrero, y en el Megasuper, tampoco se le vio, el dinero nunca llego y la madre de Susana le decía que su padre era un vagabundo en frente de ella y sus primitos. Pasó el día y nadie supo de él. Una noticia se traspapeló entre las noticias de la mañana en la sección de sucesos, un hombre había sido asesinado en Calle Blancos, presunto asalto, estaba sin papeles. Una toma del corresponsal muestra: sábana blanca cubriendo un cuerpo, y algunos accesorios tirados en el piso, cerca del fallecido, un par de paquetillos de lapiceros marca Bic. Las noticias siguen con un atropello y un asalto armado a una farmacia en horas de la madrugada en Cartago.
— Mae ese mae yo creo que ya no vuelve, el nica.
— Jueputa, Bueno di, llámense otra vez a Juan y díganle que le toca hoy también.