Anales de mis relaciones

Hace un tiempo escribí un texto enteramente basado en referencias a la película “Mommie dearest” con la actuación icónica de Fay Donaway, al momento de presentar lo escrito oralmente percibo que el público nunca vio la película y alguno que otro no conoce a Joan Crowford fue cuando me invadió un sentimiento de total fracaso antes de empezar; así que improvisé hablando sobre mí y nació “Anales de mis relaciones”.

Fay Danaway interpreta a Joan Crawford.

Reclamo, no es el que haces tu a Telefónica, Edenor, Camuzi, tu tarjeta de crédito,esto es un reclamo:

Al teléfono en “llamado en espera” agobiado de la misma música en mal estado, descompuesta y en continuo, de atención al cliente de la tarjeta de crédito Visa, pienso en estado de trance inducido por la tardanza, “esto no es un reclamo”, reclamos son los afectivos, las demandas de atención y alerta ante la falta de amor; pensé en Christopher, Svens, un invierno en Rosario y un hostel que nos reunió y dio el marco a un reclamo épico.

“Christopher era su nombre y Dinamarca su origen, mi nombre era ardid y escapé a su mirar.”

Llegué una noche y por la mañana me dirigí a la cocina donde servían el desayuno. Me presenté en inglés idioma común a todos pero hubo una persona en particular que se levantó extendió su mano y me miró a los ojos como si fuera lo más maravilloso que hubiera visto jamás, Christopher era su nombre y Dinamarca su origen, mi nombre era ardid y escapé a su mirar. Continuamos con charlas generales sobre todo, destinos. No cruzar miradas durante ese tiempo, fue un contrato tácito. Más tarde a punto de salir preparé café por mi cuenta y apareció repentinamente Christopher dado que su habitación estaba contigua al comedor, apareció sin compañía y con la misma mirada hizo que me animara a responder ese llamado y que se acercara cada vez más como si fuéramos redoblando la apuesta con cada palabra que pronunciábamos y los temas sobre los que hablamos fueran más próximos e insinuantes, cuando estuvo claro el destino mis temores, errar en la interpretación de señales desapareció. Hubo un tope, en un momento en el que la proximidad aumentó y nuestras respiraciones eran más fuertes, no pudo sostener la mirada y dijo “no puedo”, pregunté si lo quería, él dijo “sí” entonces lo incentivé a continuar y nos fuimos acercando con cada paso su mirada mostró un gran esfuerzo y cuando el encuentro era inminente desistió, en ningún momento mostré decepción, no había porque, él lo había intentado; tomamos distancia y ruidos de gente viniendo a la cocina hizo que nos despidiéramos, no sin antes invitarme a una reunión esa noche en la terraza del hostel donde todos se juntan a tomar algo, entonces antes que partiera pregunté ¿Esta noche te vas a atrever a más?; él asintió y sonriendo pícara-mente partió.

Ese día fui ajeno a sus ojos celestes y su encanto, largas caminatas ayudaron a pensar en otra imagen. Pero cada tanto el deseo que algo que yo creía prometido pasase surgía como pez que sale a la superficie a tomar aire.

Pasó la cena, alguna charla fortuita sobre las salidas del día con huéspedes y las ansias comenzaron a rondar; las chicas con las que hablé estaban atentas al movimiento y plantearon subir a la terraza y continuar la charla con tragos en nuestras manos. Me sorprendió que Christopher se encontrara en el lugar rodeado de sus compañeros cabizbajo, esa era una de las opciones que mi pensamiento planteó ya que el tiempo y el miedo son enemigos del deseo.

Como en un baile de vieja época cambiábamos de pareja de charla hasta que me uní a Svens en él encontré a un profesor de música de alma noble y ser libre comprometido con sus amigos y anécdotas sobre como vivir las cosas nos acercó espiritualmente, a lo lejos veía a Christopher mirarnos con recelo, claro el alcohol y la cálida charla hizo que con Svens nos aproximáramos más de lo común de una charla con desconocidos; me di cuenta y pedí a mi compañero que intercambiara lugar con su camarada porque lo veía “celoso”, fue, admito por mi estado de ebriedad una infidencia de la cuál él no sabía nada pero así y todo hizo el intercambio sin preguntar más.

Una vez más juntos esbozó una sonrisa y nos quitamos capas de inseguridades con palabras cálidas, me atreví a tomar su mano, el reticente dudó en la demostración ante el grupo pero un “es la última noche que pasamos juntos” lo animó a estrechar su mano con la mía, con solo eso estaba conforme al menos por ahora; profundizó sobre su viaje junto a Svens alrededor del mundo y de una parada la cual era su máximo desafío el monte Everest en Nepal, cosa que me sorprendió porque presuponía una empresa de envergadura, meses de preparación y él lo tomaba como un paseo, al menos así lo describió des-dramatizando la situación, tener posiciones opuestas a la aversión al riesgo enfrió la situación y el romanticismo.

Monte Everest — Nepal

Svens vino en ayuda de la situación y con su diplomacia acercó las posiciones contrapuestas y volvimos al estado inicial comienzo de una despedida.

No todo fue velas y música romántica, hubo “salsa” y una clase de mi parte rápidamente improvisada y con europeos ansioso por aprender el “ritmo”

Podía improvisar ya que no había nadie que criticara mi “estilo” y a los europeos les resultó cómico y atrevido.

Christopher fue uno de los primeros en prestarse al juego y el más duro a la hora de moverse “no tenía ritmo en absoluto” así que me acerqué y empezamos cuerpo con cuerpo moviendo un poco las caderas, tomé su mano y la coloqué en mi cintura (algo que causó las risas de los que se encontraban allí), con timidez aceptó el desafío, la segunda marca fue que debía mirar a su pareja de baile a los ojos para demostrarle confianza, cosa que hizo de una manera inequívoca.

La gente se fue despidiendo cansados por la jornada y quedamos los tres, Svens, Christopher y su servidor, sentado le pedía a Christipher que me abrazar porque hacía frío, yo pasé mi brazo sobre su pecho y sentí un corazón calmo, besé su cuello con ternura y le dije que era muy tierno, sonrió sin decir nada, le di un beso en la mejilla y le pregunté si me podía quedar allí, no dijo nada y bajó la mirada. Dudé, lo pensé un momento y arriesgué todo, entonces dije: ¿Puedo darte un beso? y volvió a repetir — No puedo — ; hasta allí llego mi lucha por algo que no iba a acontecer.

¿Qué sentí? un poco decepción pero mayormente tristeza por él que no tenía la suficiente madurez para darle riendas a lo que sentía. Entonces pensé en esto, me incorporé de la silla y en voz alta reclamé:

Eres lo suficiente-mente maduro para subir al monte Everest por Dios! pero eres un niño para atreverte a besarme, ¿verdad?

Esa era toda la catarsis que el tema merecía, el papel de Svens nuevamente fue amenizar la circunstancia con una anécdota colorida de como bailó desnudo en un recital y para aplacar el calor arrojaban agua al público.

Al día siguiente la despedida fue cálida con ambos pero solo eso un abrazo y palabras bonitas, nunca más volví a saber de ellos…