El desayuno del Betis

A finales de los noventa jugué en los cadetes del Sporting y fuimos a la fase nacional de la International Premier Cup en Barcelona, un torneo que organiza Nike. La primera mañana nos llevaron a visitar las oficinas de la marca. Nos enseñaron dónde estaba cada departamento, dónde comían los empleados, el gimnasio, y no recuerdo si nos mostraron el aparcamiento, pero hubiera cerrado bien el círculo.

El desfile terminó en una planta superior. Dos mesas largas nos esperaban con dulces, embutido, pan, café y zumos. Eran las 10 y pico y no habíamos desayunado. Comenzamos a comer con convicción, correspondiendo educados la hospitalidad y zanjando el incidente de habernos dado un tour por las instalaciones. Cuando intentaba doblar una napolitana para comprobar si era posible mojarla en el café y engullirla en su totalidad, vi entrar a unos chavales de nuestra edad vestidos con el chándal del Betis. Como atleta de élite, deduje rápido: eran los cadetes del Betis, que, por las caras entusiasmadas, venían de hacer el mismo paseo por el edificio.

“Y aquí tenéis el desayuno”, les anunció el anfitrión. Miraron a las mesas y después a nosotros. Nosotros miramos al tipo de Nike y después a nuestro entrenador. Una vez que toda la sala se aseguró de haberse mirado entre sí, nos echamos tímidamente a un lado para que los sevillanos a las mesas, pero casi ninguno de ellos se movió del sitio y volvieron a mirar al señor Nike. ¿A qué desayuno se refería? ¿Lo van a traer? Si, en cambio, se refiere por algún casual a este desayuno, no quedan ni las migas. El Sporting de Gijón ha acabado con él. Pero tampoco lo veamos así porque, como decía mi abuela, el comer y el rascar nun hai más qu’empezar y está dicho en asturiano occidental pero es un lema universal. El hombre fue elegante: optó por pedir más comida en lugar de propiciar una batalla hooligan de sillas.

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