Periodista local
Una vez fui periodista local. Ya se sabe, llenar 2, 3, 4 páginas al día. Yo trataba de hacerlo imitando cualquier sección de regional o nacional: algo habría hecho ese día la institución más importante del lugar y algo había que contar. Pero lo mío solía ser prácticas en verano, y agosto es agosto en todas partes. Llamaba a concejales y estaban de vacaciones en Perú: “Si quieres te cuento ahora, pero la llamada te va a costar”. Como no quería pasarle el gasto a redacción (mis padres) tenía que tirar de mercado medieval. Al igual que en los últimos diez años por estas fechas, se da la cosa de que vuelve a existir el mercado medieval en las calles del centro de la ciudad. Esta vez, las aves rapaces que se exhiben han aprendido a cagar en la cabeza a sus domadores antes de posarse en su mano con una efectividad del 97%.
La política local trata de echar un cable vendiendo sus quehaceres como si fueran ministerios: anuncian citas que se antojan interesantes, vas, esperas una hora en la sala contigua, y cuando te dan paso a la principal los fotógrafos hacen fotos, los de vídeo graban vídeos, los de las libretas apuntamos cosas y nos largamos en tres minutos porque es una reunión, no una rueda de prensa. La noticia es que existe la reunión. La primera vez me senté en un banco esperando a que los cuatro pollos de la mesa anunciasen un aeropuerto o un escudo antimisiles, pero la concejala me invitó a conocer el ayuntamiento por fuera: “¿Nos dejáis?”.
Así las cosas, un veinteañero sin sueldo cae en vicios con rapidez. Un día saltó la noticia de que Salvamento iba a repartir pulseras para que cuando un niño se perdiese en la playa fuese identificado. Aquella mañana no tenía yo el cuerpo para periodismo de raza. Se suponía que debía ir a la presentación, pero entrevisté a los precursores de aquella innovación tecnológica por teléfono. No satisfecho con la rebelión, en el artículo también reflejé la opinión de algunos padres que, sin lugar a dudas, entrevisté cara a cara en el arenal. Y me permití rubricar la pieza con una frase propia de un personaje de Medem: “Ya era hora de que introdujeran esta mejora”, comentó un bañista. Nadie ha dicho nunca “introdujeran” o “mejora” en la calle, y menos en una playa, pero en mi creación cobraba sentido.