Silencio

Creo que todavía no he dicho que asisto 4 horas a la semana a un curso de Fotografía Digital en Leganés, en el que hacemos numerosas actividades como aprender los distintos parámetros y ajustes que puedes ponerle a tu cámara para hacer un tipo de foto u otra, a positivar y revelar negativos de las cámaras analógicas, el manejo del Photoshop, acudimos a exposiciones de fotografía, hacemos excursiones, etc. Estoy en segundo. En este curso tratamos más el tema de la luz en un estudio, intentamos manejarla. Es un curso más complejo que primero, pero tiene su recompensa. La duración de los cursos es de octubre a junio, por lo que nos da tiempo a aprender muchísimas cosas de las que no tenía ni idea antes de iniciarme en el mundo de la fotografía.

Tras esta breve contextualización, comienzo a exponer mis pensamientos acerca de la última práctica que nos ha mandado el profesor del curso. 
La tarea a realizar es sencilla, una serie fotográfica compuesta por tres fotos; el tema, “el silencio”, no lo es tanto. La dificultad reside en lo complicado que es, bajo mi punto de vista, plasmar en una fotografía lo que es el silencio para nosotros. En tu cabeza, puedes imaginar mil formas de mostrarlo (el silencio puede ser una persona mirando un horizonte, el mar en calma, alguien callado, alguien gritando sin sonido, un último adiós que no se llegó a decir, un paisaje desértico, el propio desierto… un cementerio), pero cuando intentas llevarlo a la práctica y fotografiar aquello que en tu cabeza quedaba a la perfección, te das cuenta de que no te sale o no se entiende lo que quieres expresar. Tú sabes la sensación que quieres que sienta la gente al ver tu fotografía, pero no lo consigues por muchos intentos que hagas. La realidad se torna frustrante.

Pero de pronto, una luz se te enciende en tu cabeza, intentas con toda la rapidez y concentración del mundo hacer un boceto de aquello que crees que puede funcionar en la serie fotográfica a modo de historia que debes hacer. Y cuando tienes la idea más o menos definida te dispones a coger todo el material necesario para dirigirte al lugar indicado, ese escenario que se te antoja idílico para tomar tu foto. Llegas al sitio en cuestión, coges tu cámara, pones el objetivo que mejor piensas va a funcionar y ajustas los parámetros para que la luz que quieres sea la que entre por el obturador de tu réflex. Nada puede salir mal, piensas. Pero se te olvida una cosa, la más importante, sentir una sensación cuando miras por el visor ajena a tus sentimientos actuales para que no afecten al resultado final de tu trabajo. Y entonces, incapaz de mirar nítido por las lágrimas que empañan tus ojos, te das cuenta de que no puedes pulsar el botón que inmortalizará para siempre lo que te gustaría que no se hubiese ido nunca…