Lo que Dios ha unido, el hombre no debe separarlo.
Microcuento.
Estaba parada en el altar, con un hermoso vestido blanco en gasa de seda natural, un voluminoso escote halter totalmente bordado en nácar, piedras y cristales, la cintura ligeramente entallada. Su tez era blanca acompañada de un maquillaje sencillo y preciso para la ocasión, mientras su cabello deslumbraba como nunca antes, ya que su rostro redondo compaginaba con el recogido alto de su melena rubia sujetada por una pinza dorada, con los más caros diamantes de la ciudad, perfecto para llevar un velo y una corona de flores que definían la personalidad de la novia como romántica y conservadora.
El evento tenía lugar en la Catedral de Sevilla, una edificación espectacular rodeada de hermosos jardines y colgaduras en las paredes del salón principal con un estilo artístico gótico remontándonos a los años de 1172 con la inspiración francesa de Fernando III De Castilla.
Mientras lo invitados perplejos y absortos por tan gran ceremonia aparatosa y pomposa, se observaban los unos a los otros, hombres con traje tipo dinner jacket, camisa de seda fina con bordes de plata y pantalones de frente plano, mientras damas con sus elegantes vestidos, ceñidos al cuerpo llenos de pedrería swaroski y zapatos con innumerables piedras preciosas.
La novia que se encontraba guardada casi camuflada en un cuarto incognito, respetando la tradición de no verse en la mañana de la boda con su prometió, se hallaba impaciente e irascible porque aún estaba en la espera de que su madrina de boda entrara por esa puerta y le avisara que él ya estaba aquí, que no tenía de que más preocuparse, que él había cumplido la promesa de perdonarla y que estaría ahí presente sin importar las decisiones del pasado. Pero no fue así, los segundos corrían como si fueran eternos eónes, su maquillaje empezaba a deslizarse por sus rojas mejillas y aquel vestido añorado empezaba a estorbar por el aumento de su calor corporal y la presión que invadía su mente al imaginar la cavilación de los invitados acerca de la ausencia de tan importante e infaltable presencia.
No dejaba pensar en lo bien que lo pasaba con él, los momentos de juventud, la amistad que habían forjado desde la infancia y lo que eran hoy en día. Estaba orgullosa de su proyecto de vida, de la persona que era, y de lo que este le hacía provocar dentro de sus entrañas, ese sentimiento inevitable de no ser lo suficiente para él y al mismo tiempo esas inmensas ganas de lanzarse a sus brazos y besar sus cálidos labios.
Llegaba la hora, ya no había vuelta atrás. Él apareció frente a la enorme puerta de la catedral acompañado de unos rayos de sol que poco reflejaban el verdadero rostro de esta figura prominente, camino vacilante por el pasillo y llegó hasta donde estaba ella, la miro con todo el amor del mundo y toda la aprehensión que revolcaba esta historia de amor. Ella suspiro, le sonrió y lo entendió todo.
Ya estando en el altar, ella oyó la misa nupcial sin en el ánimo de escuchar esas palabras tan lejanas e inéditas de su voluntad
- ¿aceptas como esposo, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y, así, amarle y respetarle todos los días de tu vida? -
Ella lo miro, asintió con la cabeza y se pronunció en su rostro un gesto afligido. Salió finalmente un “si” de sus labios y beso a su prometido.
Entonces él dejo salir una sonrisa fingida y continuo con la misa consternado y desquiciado, saliendo de su boca las siguientes palabras incrédulas: ‘’Lo que Dios ha unido, el hombre no debe separarlo”.
