Desastres de bolsillo

Durante el invierno de 2011 me estaba mudando y mis jornadas de trabajo ocurrían entre las dos casas. La casa vieja, en la que habíamos vivido por diez años, estaba poblada de cajas, y en la nueva, trabajaban los obreros a contrarreloj, al ritmo de cumbias furiosas para poder entregarnos –ya fuera de fecha- nuestro futuro. En medio de estas jornadas, me tomé una tarde para visitar la muestra del chaqueño Diego Figueroa en lo que todavía era Braga Menéndez. Después de meses de recorridos fallidos por el circuito de arte local y de perder continuamente la esperanza en la humanidad, allí aparecían unas obras que me devolvían la fe y que se mostraban (¡al fin!) genuinas. La exposición se llamó “El tiempo entre las cosas” y como su nombre lo indicaba, se proponía en su totalidad como el relato fragmentario del espacio temporal entre dos cosas; ese espacio vacío que sucede en alguna parte entre el objeto representado y una acción que ha ocurrido, entre una obra y otra, y cuyo sentido precisaba ser reconstruido por el espectador curioso.

La muestra estaba compuesta por seis dibujos y cuatro instalaciones escultóricas. En los dibujos aparecían hojas muertas y alguna que otra basurita diminuta, como las que se acumulan en la puerta de una casa en otoño. Las esculturas estaban trabajadas en su mayoría a partir de materiales de desecho: ladrillo molido, aserrín, chapa y objetos vulgares resemantizados; una tabla de planchar con manos impresas, quemadas y montada sobre un neumático; una planta dentro de un fuentón de plástico intervenida y ahorcada por una estructura de ladrillos pequeños y enrejada; un tender intervenido por broches que ya no colgaban ropa sino que formaban un cubo; dos cuerpos interceptados casi en el aire en un instante apasionado por dos hierros rojos; un niño pequeño, como de pesebre viviente, realizado en ladrillo que reposaba sobre un neumático iluminado por una lamparita colgante.

Tiempo después, Diego me confesó que en esa exhibición aparecía la idea de la construcción de un hogar, de una familia. De algún modo, la obra objetual, remitía a algo ligado a lo vincular y a cierta intimidad puertas adentro, mientras que en los dibujos aparecía el afuera inmediato, esas hojas secas acumuladas a borbotones en la puerta de una casa. La atmósfera que recreaba la obra era la de la vida de provincia; con una estética precaria pero a partir de un tratamiento enaltecido de los materiales. Ahora que lo pienso, si bien los dibujos y las esculturas se presentaban como autónomos; enunciando una mecánica propia, había algo (que en ese momento interpreté como del orden de lo maravilloso) que hacía que se percibieran como una sola gran obra; cada pieza formaba parte de un mecanismo más amplio, que era la muestra.

Las sensaciones físicas que producen las buenas muestras, o una buena obra en general, cualquiera sea su origen, son plausibles de traducirse en acciones. En mi caso (y en principio), el resultado fue una reseña escrita sin pretensiones, en medio de martillazos, ajustes de caldera y habilitaciones de gas. Y fue a parar primero a manos de Diego Figueroa, quien me escribió un correo electrónico al día siguiente desde Resistencia agradeciendo la reseña y ponderando mi visión del asunto, y me informó que ya había llevado mi reseña para que se publicara en el Diario Norte.

Nuestro primer encuentro cara a cara se dio meses después en una zona céntrica de Buenos Aires. Pasé a buscarlo por un hotel cercano al Fondo Nacional de las Artes, donde horas después él presentaría algún proyecto. Mi intención era comprarle uno de los dibujos de la serie de “El tiempo entre las cosas”. Me acuerdo que garuaba finito. Nos sentamos en la plazoleta que divide Bernardo de Irigoyen de la 9 de Julio. Y ahora puedo decir, después de algunos encuentros que se sucedieron a lo largo de estos años, que si hay algo que corona nuestras charlas es un alto nivel de ruido: bocinazos en el microcentro; una manguera de bombero y un motor para llenar una instalación de piletas pelopincho en el Recoleta o una larga caminata por el barrio de Once un día de semana…Lo cierto es que esa vez, me fui con mi dibujo encarpetado en mano. Con el temor, el cuidado y la emoción del que carga un amuleto.

Volví a escribir sobre la obra de Diego a propósito de una nueva serie de pinturas. Estas obras son significativas porque son su regreso a la Pintura después de diez años de trabajar en instalaciones escultóricas. La muestra de 2011 en Braga Menéndez había sorprendido por su complejidad y por el cambio al momento de formularse. Ahora, en estas pinturas se condensaba ese recorrido: se había llegado a alguna parte. Hay una expresión respecto de estas obras que me gustó mucho cuando la escuché en boca de él: “aspecto post catástrofe, o desastres de bolsillo”. Una de esas primeras pinturas está colgada en una pared de mi casa. Se llama “La primera vez que pronuncié tu nombre”. Hay algo en esa obra que capta mi atención cada vez que la miro y eso es casi todo los días. De lejos, todo se pone en foco, de cerca las formas se pierden y lo que cobra importancia es el cuerpo espeso de la pintura. ¿Y qué se ve? Un caos controlado donde descansa un astronauta tumbado, un Hulk medio escondido, un sacapuntas, un chupete, una dentadura de vampiro, un blíster de pastillas de Ginseng y montones de objetos de una materialidad específica conviviendo con otros que provienen de universos distintos pero que orbitan armoniosamente en la obra. Todo parece estar resuelto en el plano de la tela.

En septiembre nació nuestro segundo hijo. Lo llamamos Lenny y a los ocho días lo circuncidamos. No es que hayamos agarrado un Tramontina nosotros mismos para cortarle el prepucio, sino que recalco que fuimos nosotros quienes tomamos la primera decisión de “intervenir” el cuerpo de nuestro hijo, al igual que con Simón y de la misma manera que lo hicieron los padres de Ary cuando nació. Esta vez no lo vivimos como un gran drama de Grecia Colmenares. No nos daba para dejar al pobre Lenny con el pito distinto y la verdad es que esa crema con anestesia evita el sufrimiento. Lo cierto es que el niño llora cuando le abren las piernas cual pollo y hace fuerza para cerrarlas (me lo dijo mi suegro que fue quien sostenía las piernas de su nieto). Y todo eso ocurre mucho antes de que el Moile haga su trabajo. Según la tradición judía, el Tanaj y Wikipedia, Abraham y su familia fueron los primeros circuncidados, a partir de que Dios se manifestase a éste y le indicara las condiciones de su alianza con el pueblo judío (Génesis 17:4–12): «He aquí mi pacto contigo: serás padre de una muchedumbre de pueblos, de los que saldrán reyes. Tú, de tu parte y tu descendencia, circuncidad a todo varón, circuncidad la carne de vuestro prepucio y esa será la señal de mi pacto entre mí y vosotros. A los ocho días de edad será circuncidado todo varón entre vosotros, de generación en generación, tanto el nacido en casa como el comprado por dinero a cualquier extranjero que no sea de tu linaje». Para nosotros, que somos una familia café con leche (padre judío-madre agnóstica, ambos muy psicoanalizados) la decisión de circuncidar a nuestros hijos tiene que ver, en primer lugar, con la identificación con el padre y en segundo, con inscribir a nuestros hijos en la tradición de un pueblo. Al igual que con Simón, decidimos que el Moile, que viene a ser un médico cirujano que se especializa en cortar prepucios (vaya especialidad), viniera a casa. Esta vez abrimos un poco más el círculo de invitados y avisamos a algunos amigos. Mi hermana mayor avisó que se le complicaba. Lo hizo a posteriori de la ceremonia, alegó que estaba trabajando y que tenía que ir a buscar a los chicos al colegio al mediodía. Me molestó, porque en la historia familiar no cabría la posibilidad de que yo me ausentara en el bautismo de alguno de sus hijos, de quien dicho sea de paso, soy madrina. Pero no logro ubicar si mi malestar estaba más ligado a la revolución hormonal que a lo anterior. Porque a los ocho días, todavía las tetas chorrean, tenés que usar la faja porque no te sacaron los puntos, para ayudar en lo posible a que todo vuelva a su lugar o a un lugar parecido al de antes; la lactancia no se estableció, tenés miedo de que el pibe se muera o que tu leche no lo alimente lo suficiente y un sinfín de cuestiones. A este panorama no ayudan comentarios como: “al final, esto no deja de ser un sacrificio humano” (Perla, 73 años, suegra, judía) o “boluda, no puedo creer cómo te bancás esto, teniendo la posibilidad de negarte. A mi no me queda otra, ¿pero vos?! Esto es terrible” (Dana, 39 años, prima, judía).

Pusimos una mesa con el cambiador donde iba a ir Lenny. Yo me había prometido no llorar. Ary estaba entre orgulloso, nervioso y conmovido por cómo me lo iba a tomar. Nuevamente yo, que le ponía el dedo en la boca a mi hijo para consolarlo y le besaba las lágrimas. Mi suegro temblando de miedo le sostenía las piernas a Lenny. El Moile que explicaba de qué iba la cosa: la historia del primer profeta que se la cortó a los 99 años, etc. y en el ritual, tres personas que pensaron en simultáneo lo mismo: “el chabón, mientras corta el prepucio, tiene de fondo un astronauta, un Hulk, una dentadura de plástico, y un tiburón de juguete”.

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