Crónicas BAFICI (II) — “Right Now, Wrong Then”, “Un Etaj Mai Jos”, “Raídos”
Segunda parte de un rejunte de impresiones generales sobre algunas películas del Festival BAFICI.
Mi segunda jornada en el BAFICI fue extensa y sobre todo, extenuante. Y esto no se debe solamente al hecho de mirar tres audiovisuales en el mismo día, sino a los espacios de tiempo entre películas y el recorrido que tuve que hacer para llegar a tiempo a las salas.
Para empezar, con un amigo y compañero de la facultad nos “escapamos” de clase para llegar a la primera función que comenzaba a las 12:30. Tras un viaje en tren y dos combinaciones de subte llegamos al Cine Gaumont (mismo lugar donde vi “A Dragon Arrives!”) con apenas 5 minutos de adelanto. Sobre la hora. La gente ya estaba entrando al recinto, por lo que para cuando pudimos entrar todos los asientos en la zona media ya estaban ocupados. El lado positivo fue que había lugares en el fondo, así que no tuvimos que sufrir el visionado desde adelante.
Si bien la sala del Gaumont es enorme, había mucha gente dispuesta a mirar el filme del director Hong Sang-Soo, más de la que imaginaba. Expectante, me dispuse a mirar “Right Now, Wrong Then”.
Una cuestión de enfoque

El inicio de la historia es paulatino. A diferencia del comienzo de cualquier película donde se nos presentan los personajes y la premisa que va a sostener a todo lo que suceda a partir de ahí, aquí se propone una elaboración lenta de ese conflicto a resolver. La idea es generar que esta premisa surja naturalmente, como si se tratara de una historia de la vida real. Esto se debe a que Hong Sang-Soo nos quiere contar una historia que podría pasarle a cualquiera, con el fin de explorar la potencialidad de nuestras acciones y sobre todo, de cómo lo que aparentamos ser impacta en nuestras relaciones con otras personas.
Como se habrán dado cuenta, todavía no conté la premisa. ¡Ja!
“Right Now, Wrong Then” cuenta la historia de un director de cine que por error llega a la ciudad de Suwon un día antes de que su película se muestre en un Festival. Sin nada que hacer, se pone a pasear por ahí y por casualidad conoce a una chica con la que termina pasando el resto del día.
Desde ahí, somos espectadores de cómo se va desarrollando esta breve relación a partir de las actitudes que toma el protagonista en dos ocasiones. ¿Qué? ¿Cómo que en dos ocasiones?, se preguntarán. En este filme tenemos la misma situación pero con dos resultados diferentes, por lo que hay dos historias que parten desde el mismo lugar. Es la antítesis de “Corre Lola, Corre: mientras la historia de Lola se centra específicamente en las acciones y lo efectivas que son para conseguir un objetivo, acá el enfoque está en las actitudes y nuestra forma de ser con el prójimo. El nivel de sutileza del filme coreano es mucho mayor y eso se nota incluso en el ritmo que maneja.
Los planos son muy, muy largos, de modo que los cambios de cámara son muy explícitos, y más aún los acercamientos a los personajes. Entonces, el dispositivo queda en evidencia cada vez que hace un zoom o se desplaza lateralmente. Y ahí es donde encuentro un segundo discurso en el audiovisual, un discurso que el director realiza con plena conciencia y que me parece genial: al contraponer las mismas situaciones con un enfoque diferente, no solamente cambia la historia, sino que también se modifican los acercamientos y movimientos de la cámara. Lo que se consigue es demostrar todo el potencial que tiene una escena por más simple que parezca: una línea de diálogo o un simple zoom pueden cambiar todo el significado de la situación. Hong Sang-Soo es muy conciente de esto y lo explota con sutileza, privilegiando el relato por encima de su auto-referencialidad cinematográfica.
Las actuaciones mantienen el interés a lo largo de todo el filme (me pregunto cuánto se habrá improvisado en las escenas, porque realmente son muchos minutos sin corte alguno) y parte del encanto reside en los ligeros toques de comedia que sacaron varias risas en la sala, ayudando a que el ritmo pausado no se haga muy pesado.
El único problema que encuentro es la duración. Si se hubiera afinado un poco más el metraje el mensaje llegaría fuerte y claro, y sin llegar a cansarme en el tramo final.
Más allá de esto, vale la pena invertir dos horas en “Right Now, Wrong Then”, es un lindo ejemplo de la complejidad que se puede esconder en la sencillez.
No hubo mucho tiempo para relajarse luego de ver la película. Inmediatamente salimos del Gaumont para dirigirnos al Village Recoleta, donde iban a pasar las dos obras que me faltaban ver. Tocó hacer combinación en el subte de nuevo, y menos mal que no estaba solo, porque me hubiera aburrido demasiado solo. Entre charlas sobre el filme coreano llegamos a destino: la sala estaba llena y los anuncios inundaban la pantalla. Y como llegamos muy sobre la hora, no quedó otra opción que sentarse al frente de todo… El lado positivo es que los subtítulos electrónicos se veian perfectamente.
Un detalle más: este es el único de los 3 filmes extranjeros que no tenía un subtitulado en inglés incrustado en la imagen, cosa que se agradece. La organización debería ser más demandante con esto, estamos en Argentina y acá se habla español, si hay subtitulado electrónico no es necesario el incrustado en inglés, que además de redundante molesta en la composición de la imagen.
El peso del silencio

Sandu Patrascu es un tipo normal. Tranquilo, pacífico. Sus principales preocupaciones son entrenar a su perro para competiciones caninas, su trabajo y su familia. O eso era hasta que una mujer es asesinada en su edificio y Patrascu sin querer escucha una discusión en la que uno de sus vecinos parece ser el que cometió el crimen. Cuando es interrogado por la policia, el tipo decide guardar silencio, no dice nada. Y es ese silencio lo que va a torturar por días al protagonista, llevándolo progresivamente a un estado emocional que lo convierte en una bomba de tiempo.
“Un Etaj Mai Jos” (“El Vecino” en Argentina) avanza lentamente pero con seguridad. Tiene muy claro a dónde quiere llegar y construye el relato de un modo en el que el impacto del clímax es tremendo. El centro de la historia es Patrascu y Radu Muntean (el director) lo sabe muy bien, por lo que los planos siempre van a tener al protagonista como el foco de atención a través de un omnipresente teleobjetivo. Tan marcado es esto, que sólo una vez Patrascu aparece desenfocado y este momento se da justo antes del clímax, momento en el que el precario control de la situación se le va de las manos a nuestro “héroe”.
Las comillas en “héroe” no tienen mucho misterio: Patrascu no es un héroe, sino un cómplice. El por qué se calla es un misterio y ni al guionista ni al director le interesan las razones; lo importante es lo que sucede debido a su silencio y cómo resuelve su conflicto interno para intentar recuperar la paz.
Una virtud que valoro mucho es la naturalidad con que se cuenta la historia. En este apartado se parece bastante a “Right Now, Wrong Then”, al enfocarse en las acciones del día a día y no en grandes acontecimientos se obtiene una impresión de verosimilitud que se sienta espectacular al filme. Esto queda añun más marcado con la impecable banda sonora, con una simple mezcla estéreo se enfocaron en dar espacialidad y en recrear los espacios con mucha exactitud, de modo que el mundo se siente vivo y muy verosímil. Si le sumamos que casi no hay música a lo largo del audiovisual, el trabajo sonoro resulta impecable. Creo que la utilización de música de fondo hubiera arruinado la huella de realismo que se trató de imprimir al filme en el costado técnico.
A pesar de las virtudes, me dejó frío el final. El problema es que llega muy arrimado al clímax, entonces no deja una sensación de que la historia termina. Ojo, no digo que no se entienda el mensaje, sino que el desenlace propiamente dicho no tiene el desarrollo necesario para percibirse como la conclusión del relato. Es una lástima, porque el punto cúlmine de “El Vecino” es muy crudo y hasta ese momento todo venía funcionando bien. Faltó cerrarlo nomás.
“Un Etaj Mai Jos” busca que te quedes pensando sobre los dilemas de la moral humana, sobre las razones que podría haber tenido Patrascu para callarse. Por desgracia, yo me quedé pensando en lo genial que hubiera sido el resultado final si se hubiese trabajado más en la conclusión.
Al terminar la proyección, hubo un pequeño espacio para hacerle preguntas al guionista del audiovisual (Alexandru Baciu) acerca del filme. Un lindo detalle, aunque las preguntas dejaron en evidencia a varios espectadores que no parecen haber prestado mucha atención mientras se emitía la película. Otro pequeño momento fue haberme cruzado con mi profesor de Géneros y Estilos Audiovisuales que estaba justo en la fila detrás mío. Tanto él como mi amigo se retiraron y quedé por mi cuenta, esperando a que se hicieran las 18:20 para ver “Raídos”. Tras varias vueltas alrededor del Cementerio de la Recoleta (irónicamente se encuentra en frente del Village) se hizo la hora e ingresé a la Sala 2, un recinto algo pequeño.
¡Juitagüira!

“Juitagüira” es una expresión muy usada por los habitantes de la provincia de Misiones, que quiere decir “Qué locura”. Esta palabra es utilizada bastante seguido por los protagonistas de “Raídos”, documental argentino que se propone mostrarnos un año en las vidas de los trabajadores de la tarefa misionera.
Para los que no saben, la tarefa es la cosecha de la yerba mate, uno de los productos que más consumidos por los argentinos (entre los que me incluyo). Es un trabajo muy duro y muy mal pago, los tareferos apenas reciben migajas por parte de sus contratistas, migajs que no compensan por la cantidad de horas invertidas, los kilos cosechados y sobre todo, el impacto físico que deja este trabajo en el largo plazo. El sueldo apenas les alcanza para subsistir y están en los escalones más bajos de la sociedad misionera: es tan así que se consideran a sí mismos “negros”.
En medio de esta situación, Diego Marcone se mete con su cámara y un objetivo: mostrar cómo son las vidas de un grupo de tareferos que trabajan juntos y viven en el mismo barrio. El resultado de esta experiencia es fabuloso.
Somos testigos del día a día de cada uno de ellos: nos encontramos con el que no tiene más objetivo que darle de comer a su familia, el pibe que resbala el suelo yéndose de parranda, el futuro padre y el que está intentando terminar el secundario para cambiar su futuro. En todo momento se puede percibir la honestidad de “Raídos”, esa sensación de que la cámara es mero observador y que todo es auténtico. Incluso cuando hay guiños a la presencia del dispositivo esa inocencia sigue ahí, mostrándonos que esto es real, que no está guionado.
Y ese es el gran mérito de Marcone y su equipo, que consiguieron mostrarnos el costado humano y no la simple explotación que soportan día a día. Muestran a las personas, como para algunos la tarefa es la única manera que encontraron para comer y como otros reman contra la corriente para buscar algo más.
Al terminar la proyección, Diego Marcone estuvo respondiendo preguntas de la audiencia y en una de ellas mencionó que la totalidad del material grabado ronda las 100 horas. Si pensamos que la duración del documental es de 74 minutos, nos damos cuenta de lo laborioso que es darle forma en el montaje a un proyecto de estas características. Por suerte, el trabajo rindió frutos y “Raídos” es una obra que hay que ver.
Tardé dos horas en llegar a casa, dos largas y aburridas horas. Pero valió la pena, con dos trabajos muy destacables y otro que a mi parecer podría haber sido un poco mejor, la cosecha rindió buenos frutos... Y un resfrío. Pero, nuevamente, valió la pena.