¿Qué hacemos con los numeritos?

Hace no mucho tiempo, el acto de representar el valor de una obra artística a través de números, estrellas u otros símbolos no presentaba un problema. El hecho de usar los mentados “numeritos” podía ser objeto de discusión, sin duda, pero hasta ahora no suponía ser un elemento tan crucial para el devenir de la profesión del crítico.

El asunto del que estoy hablando no es otro más que el auge de páginas como Metacritic o Rotten Tomatoes, sitios que han puesto el dedo en la llaga al elevar el promedio numérico a un estatus de glorificación. El conflicto es sencillo: estas páginas hacen un relevamiento de las críticas que deambulan en la web y llegan a un valor que las aglutina en su totalidad. De esta manera lo que se obtiene es un redondeo de la “masa crítica”, y en ese proceso se pierden los razonamientos, análisis y conceptos de cada individuo. Y así, de buenas a primeras, el canon artístico pasa a ser numérico.

He visto muchos artículos en los que se discute la influencia que Rotten Tomatoes tiene actualmente en la forma en que las películas se desempeñan en la taquilla, pero prácticamente no hay menciones del potencial que estos sitios tienen para definir el valor de una obra artística en la audiencia. Escribo “obra artística”, porque este no es un conflicto exclusivo del cine, sino que también se puede encontrar en la música y un medio novel como los videojuegos. De hecho, estos problemas se reflejan con mucha claridad en este medio. La glorificación numérica por parte de la comunidad gamer ha llevado a cosas insólitas, como campañas en change.org para que Metacritic elimine del algoritmo a sitios con críticas negativas o “totalmente subjetivas”. Incluso sitios como Eurogamer han decidido cambiar su sistema de puntuación numérico por uno más conceptual, esencialmente para salir del radio de Metacritic. Estos sucesos, sumados a muchas discusiones que se dan en el medio sobre el peso de los números en las críticas de videojuegos, tienen mucho que ver con la falta de madurez del grueso de consumidores para aceptar el disenso y con los primeros pasos de una joven crítica que intenta dificultosamente ser más que una guía de compras.

El potencial “canónico” que mencionaba anteriormente se sostiene en dos puntos: en primer lugar, tenemos todas las críticas de los principales medios condensadas en un solo valor numérico, por lo que se podría hacer listas y compilaciones con las mejores (o peores) puntuaciones para determinar la calidad de una obra; en segundo lugar, millones de personas revisan estas páginas por día. A estas alturas, los tomates podridos tienen impacto en cómo se desempeñan los estrenos en taquilla (en su mayoría blockbusters), cosa que indica la influencia en la población, y el error conceptual de sobrevalorar los números. Personalmente, no me da mucha pena si Suicide Squad o The Emoji Movie terminan ardiendo en las llamas de la desaprobación pública, en cambio, lo que me preocupa es la manera en que la gente se comunica con la crítica. Y la manera que se estila es la de no comunicarse en absoluto.

La situación actual ha agravado el problema de fondo, que no es otra cosa más que la utilización de un sistema de puntuación cuantitativo para valorar una obra de carácter cualitativo. El hecho de que King Arthur: The Legend of the Sword de Guy Ritchie tenga una puntuación de 41 en Metacritic implica que ese número es un reduccionismo de montones de otros números que a su vez son reduccionismos de críticas particulares. El problema, entonces, radica en que los números no son un sistema fiable de calificación, representando el análisis del crítico de forma general y siempre incompleta.

Es probable que mi manera de pensar sobre estas cuestiones tenga su origen (o quizás su reafirmación) en mi propia experiencia como un intento de crítico. Escribí por un año en Subterráneo Heavy, un webzine dedicado al Heavy Metal en todas sus vertientes y actualmente me encuentro entre las filas de Cine Divergente, sitio de crítica y análisis cinematográfico. Estos dos sitios tienen algo en común: las críticas no llevan nota numérica u otro tipo de valoración simbólica. Eso implica que el lector tiene que, bueno, leer. Leer y comprender, analizar y razonar, contextualizar y comparar. No reducir un proceso racional como el de la crítica a un valor invita a que el lector comprenda cómo es que el crítico piensa y concibe al medio artístico y a la obra en particular. Al entender los “mecanismos” de la crítica, la comprensión de la obra es mucho mayor y al mismo tiempo, la posible interacción (directa o indirecta) entre el crítico y el lector.

Con todo esto no quiero decir que sea menester eliminar todas las puntuaciones y esconderlas en el sótano, el asunto es cómo se utilizan. Lo realmente necesario es pensar los números de manera conceptual en lugar de arbitraria. El quid de la cuestión es reflejar valores cualitativos de manera simbólica, a manera de síntesis y complemento a la lectura. Un par de ejemplos para ilustrar el punto: el sistema de estrellas/asteriscos del que se vale Roger Koza (aquí un ejemplo), en el cual cada valor representa ideas claras y precisas y el del website Angry Metal Guy, que se tomó el trabajo de explicar detalladamente los criterios de calificación para los discos a reseñar. A pesar de lo disímiles que son estos ejemplos en cuanto a lo temático, en los dos casos la coherencia ayuda al lector a orientarse en los criterios de evaluación y sobre todo, invita a que el lector se siente a leer las razones para haber puesto esa calificación.

Al fin y al cabo, no se trata de eliminar o contraponer sino de ser cabales y comprender que los numeritos necesitan un propósito y deben servir como un refuerzo, como medio y no como fin. Para revertir esta tendencia, la labor de los críticos es crucial, así como la de los lectores en tratar de repensar la manera en que consumen productos culturales y se relacionan con la crítica. Ojalá que este esfuerzo mancomunado se efectúe, o esta fiesta de la Tomatina se volverá cosa de todos los días.

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