El Burkini y la postura libertaria

A lo largo de los últimos días el debate sobre el Burkini ha acaparado la atención de la opinión pública y se ha convertido en uno de los temas más polémicos, tanto en el momento que el alcalde de Cannes decidió prohibir esta prenda como a posteriori cuando el Consejo de Estado francés decidió suspender la prohibición.
Desde el punto de vista libertario este asunto es especialmente relevante al tratarse de la injerencia del Estado (en este caso a nivel de municipio) en la vida y las decisiones privadas de una persona sobre la ropa que vestir.
Sin embargo, incluso entre liberales y libertarios la decisión sobre si apoyar o repudiera la prohibición del Burkini no parece estar del todo clara. Por un lado sí es cierto que se trataba de un caso de intervención del Estado en una elección personal y que coartaba la libertad del individuo. Por otro lado muchas personas asocian esta prenda a cierta opresión cultural que debería ser eliminada para garantizar la libertad del individuo.
¿Cuál es, por lo tanto, la posición libertaria respecto el Burkini?

El principio de no agresión
Groso modo, podríamos decir que existen dos situaciones distintas que se dan en el momento que una persona viste un burkini.
a) La persona viste el burkini de forma voluntaria.
Desde un punto de vista libertario y atendiendo al principio de no agresión, una persona debe ser libre de hacer lo que estime oportuno siempre y cuando con esa acción no limite la libertad de otra.
Esto significa que una persona debería ser libre de vestir un burkini siempre que lo desee. Adicionalmente, el Estado tiene la obligación de tratar a todas las personas por igual, con los mismos derechos y libertades, por lo que no debe hacer distinciones por motivos religiosos, nacionalidad, color de piel, etc.
En efecto, la prohibición del burkini es esencialmente anti-libertaria. El Estado o cualquiera de sus subdivisiones (en este caso un municipio) debe permitir vestir el burkini a toda aquella persona que lo desee puesto que al realizar dicho acto no está agrediendo a un tercero.
b) La persona es agredida o coaccionada para que lleve el burkini.
El libertarismo rechaza el inicio del uso de fuerza (agresión) o la coacción, por lo que no tolera que alguien utilice cualquiera de estas dos medidas para obligar a alguien a vestir el burkini.
A efectos prácticos esto significa que la polémica del burkini se resuelve no prohibiendo una prenda que cualquier persona debería poder vestir, sino animando a las mujeres afectadas a denunciar casos de agresión o coacción.
Esta parece ser la mejor opcion: de prohibirse el burkini lo más probable es que las mujeres agredidas o coaccionadas sencillamente no vayan a la playa o, peor aún, no salgan de casa. De ningún modo una prohibición pondrá fin a las agresiones o coacciones a las que son sometidas.
Sin embargo, la denuncia sí que podría lograrlo. Es importante que las personas que sufren agresiones o que son coaccionadas sean protegidas por el Estado y por la sociedad civil, permitiéndoles denunciar o alejarse de sus agresores sin miedo a represalias.
Denunciar y, en el peor de los casos, recurrir a la auto-defensa. Esta es la verdadera solución que permite defender la libertad de todas aquellas personas que lo requieran.
Libertad y “opresión cultural”
El artículo, sin embargo, no ha terminado aún. Falta por aclarar un detalle muy importante que condiciona toda la explicación anterior: ¿qué entendemos por agresión o coacción?
El libertarismo trata de evitar que terceros nos agredan utilizando la fuerza o amenacen con utilizar la fuerza contra nosotros (coacción). Es por lo tanto esencial tener en cuenta que una amenaza que no incluya el uso de la fuerza NO se considera coacción.
Veamos algunos ejemplos de frases en las que sí existe coacción:
- “Si no te vistes el burkini te pegaré”.
- “Si no te vistes el burkini te quitaré este objeto que te pertenece y al cuál tienes legítimo derecho”.
- “Si no te vistes el burkini limitaré tu libertad de movimiento y no te dejaré salir de casa por la fuerza”.
De ningún modo el principio de no agresión considera que los siguientes ejemplos constituyan un acto coactivo:
- “Si no te vistes el burkini no serás una buena musulmana”.
- “Si no te vistes el burkini te dejaré y no serás más mi mujer”.
- “Si no te vistes el burkini te echaré de mi casa que me pertenece a mi y a la que yo tengo legítimo derecho para decidir quién vive en ella”.
- “Si no te vistes el burkini tu comunidad y amigos te odiarán y no te hablarán más”.
El libertarismo protege la libertad de las personas frente a terceros, pero nunca nos librará de las imposiciones y obligaciones que nosotros adquiramos de forma propia y voluntaria.
La religión, la comunidad en la que vivimos, los amigos que hacemos o las personas con las que nos casamos representan, precisamente, imposiciones voluntarias y deberemos asumir las normas que deriven de su aceptación.
Por lo tanto, si un persona musulmana decide no llevar el burkini y su esposo la abandona por ello, será una consecuencia que deberá asumir puesto que este abandono será resultado del esposo ejerciendo su propia libertad a decidir con quién vivir.
El libertarismo nos nos protege de las normas autoimpuestas de la religión que seguimos, de la comunidad a la que queremos pertenecer o de la gente con la que nos rodeamos. Considera que es nuestra libre elección decidir si seguir en esas comunidades, o abandonarlas. Lo que en todo momento sí garantiza es que podamos tomar esa decisión con total libertad (abandonar o quedarnos) sin tener que temer nunca a la agresión de un tercero.
Falsa libertad y superioridad moral
La polémica que ha surgido entorno a la prohibición del burkini y su consecuente debate en las redes sociales ha servido para mostrar que muchas personas confuden libertad con su particular juicio moral.
Una mujer que debe vestir el burkini para cumplir con los mandatos impuestos por una religión o comunidad a la que se adscribe voluntariamente sigue siendo una mujer libre.
Hemos de reconocer que en un caso así la decisión de vestir un burkini es autoimpuesta al no existir nadie que la agreda o coaccione en caso de no hacerlo. Sólo partiendo de este planteamiento podremos defender la libertad de todas las personas implicadas.
Dicho de otra manera: la mujer en nuestro ejemplo debe ser libre de vestir o no vestir el burkini. Asimismo su marido debe ser libre de dejarla o no dejarla, su comunidad debe ser libre de aceptarla o no aceptarla, y así un largo etcétera.
El único momento en el que se vulnera esta libertad es cuando alguien utiliza la fuerza o amenaza con utilizar la fuerza.
Alguien que crea correcto prohibir por la fuerza el burkini para “liberar” a las mujeres musulmanas está realizando un acto de superioridad moral, imponiendo forzosamente su visión moral como la más correcta y la única aceptable. Este es un acto al que el libertarismo se opone frontalmente y que a lo largo de la historia ha sido utilizado para justificar tiranías y actos barbáricos: “Mi visión es la correcta, la tuya está equivocada y es por tu propio bien aunque no lo veas. Si no aceptas mis ideas por las buenas, te las tendré que imponer por la fuerza.” ¿Realmente es esto lo que queremos?

Si verdaderamente nos hacemos llamar defensores de la libertad debemos permitir que la gente elija vivir voluntariamente según las costumbres, religiones o normas que deseen. Es precisamente cuando existe la ausencia de agresión u coacción que se constata la naturaleza voluntaria de dicha acción.
Si se garantiza la ausencia de agresión u coacción y la persona sigue optando por vivir según unas normas que a nosotros nos parecen aberrantes no tenemos derecho alguno de prohibírselo por la fuerza. ¿De quién la estaríamos tratando salvar? ¿de ella misma? Sería un caso de imposición moral y, por muy buenas que sean nuestras intenciones, estaríamos coartando su libertad. Sí, su legítima libertad de seguir unas normas culturales restrictivas.
Finalmente, insisto en la solución que permite garantizar la ausencia de agresión y coacción y, con ello, la libertad del individuo. ¿Cómo? Animando a las personas afectadas a denunciar o incluso a defenderse ellas mismas si fuera necesario.