Cuál Edén

Fui a ver Edén convencida de que era solo otra loca película histórica sobre un movimiento musical (en este caso los raves en Francia, cosa que no podría importarme menos). Pero un detalle ínfimo fue suficiente para que decidiera verla: la presencia de Greta Gerwig (a quien recordarán por Frances Ha), una de mis actrices favoritas del cine de esta década.

Así que ahí estaba yo: frente a lo que creía que iban a ser dos horas de excesos y música fuerte y foquitos. Y así fue, pero solo la primera parte (spoilers de aquí en adelante).

En el primer segmento de la película, debidamente señalado con un subtítulo que ya olvidé cómo iba, la carrera como DJ de Paul, el protagonista, parece que no se detendrá en el camino al éxito. Lo invitan a las mejores fiestas, organiza raves con un éxito moderado, hangea con los Daft Punk…

La gente en el cine reía y movía los hombritos y yo, un poquito borracha por la felicidad que experimentan los protagonistas, sentí ganas de salir y bailar y empedar y amanecerme. La vida de Paul es un desmadre, pero está haciendo lo que quiere hacer y lo demás importa más bien poco.

En uno de los puntos más altos de su éxito, Paul y todo su crew (novia, representante, el otro dude con el que pone discos) viajan a Nueva York y ahí reencuentra a una antigua exnovia, ahora casada y embarazada. La invita a ir a su rave, con panza y todo. Uno siente casi lástima porque él está allá arriba, poniendo música que hace bailar a todo el mundo y ella con dificultad puede moverse con su panza entre las masas.

Paul vive el sueño. Tiene presentaciones en Chicago y Nueva York, sesiones de grabación, fiestas, cocaína, fiestas, más cocaína, entrevistas en estaciones de radio…. Y mis pies, moviéndose. Mi garganta con ganas de salir a tomar en el minuto en el que terminara la película.

Segunda parte de Edén: la gente con la que Paul creció como DJ se dispara hacia el estrellato o renuncia por completo a la música para formar una familia. Paul sigue pidiendo dinero a su mamá, viviendo en un departamento diminuto, fracasando en cada intento de tener una pareja estable. El éxito del que gozó brevemente en el pasado se desvanece. Pronto, para poder conseguir algo de dinero, pone música en bodas. La cultura del rave y el garage es cosa del pasado, lo de hoy es Beyoncé y David Guetta.

Del título de la segunda parte de la película sí me acuerdo: “lost in music”. También me acuerdo de la angustia que sentí por Paul y lo fácil que fue acomodar mi historia en su vida (no soy DJ, pero sigo neceando con no dejar la fiesta, con experimentar alguna que otra droga y viendo con un poco de horror a la gente que decide casarse y reproducirse, más a los segundos que a los primeros).

Las ganas de tomar y fiestear (por ese día) se acabaron durante la siguiente escena: Paul regresa a su casa completamente borracho, cargado de los brazos por dos amigos. Una viejita pasa junto a ellos y dice: “¡Qué juventud!” y Paul grita, entre amarga y cómicamente: “¡TENGO 34 AÑOS!”

Ouch. Este diciembre que viene, cumplo 31. He hecho y deshecho y me resulta aterradora la idea de dejar de hacer y deshacer. Ahora, sumado a este miedo, está el de quedarme clavada en la textura. Parece que cualquier decisión que tome sobre mi vida y mi futuro me dejará pensando en qué habría pasado si tan solo no hubiera elegido ese camino.

¿Cuándo es demasiado tarde para tomar decisiones? ¿En qué momento me empecé a preocupar por tomarlas? Lo cierto es que nunca me he podido visualizar criando hijos y formando una familia y arrastrando niños gritones y chorreados por el centro comercial. Me gusta mi vida: ir al cine cuando se me ocurra, desvelarme un martes porque se me ocurrió echarme unas cervezas, fumar un porro porque no puedo dormir, leer hasta las dos de la mañana artículos en internet y despertarme a las seis a hacerme unos huevos estrellados e ir al gimnasio. Llegar temprano del trabajo y dedicar mi tiempo libre a ver una temporada completa de alguna serie. Devorar un libro una tarde de domingo porque no hay nada más que hacer. Nunca he sido especialmente desmadrosa pero tampoco particularmente ordenada. Nunca me he perdido de borracha, pero en la vida he hecho planes a futuro, ahorrado o comprado algo cercanamente patrimonial. Llevo ocho años en el mismo trabajo y no estoy orgullosa de eso, pero sí bastante a gusto. No busco el éxito laboral, pero tampoco me gustaría estar sin trabajo. Vaya, he vivido mediocremente feliz, y no fue sino hasta que vi al pobre de Paul darse de topes contra una pared que me pregunté si en algún momento me voy a arrepentir de no tomarme la vida más típicamente “en serio”.

Lo cierto es que lo bailado, etc. Seguramente nadie hará una película de mi vida y nunca la pueda llamar un edén, pero hey, apenas tengo 30 (hola, Sofía de 50 años, qué tal).

Saliendo del cine fuimos a una cantina a charlar del más o menos amargo final de la película. Tomamos mezcal y cerveza hasta que nos pusieron las bebidas en vasos de plástico y nos pidieron amablemente que saliéramos del lugar.

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