Te admiro, me caes bien

básicamente, sobre Juan Gabriel, mi mamá y yo

La semana pasada iba de buen humor, camino al trabajo, escuchando y tarareando “Buenos días, señor sol”. En algún punto, pensé: “¿Es neta? ¿Por qué me gusta tanto una canción que le da los buenos días al sol?”. Pues porque tiene una letra básica, sencilla, directa: hacer las cosas sonriendo y con amor. Suficiente para mantenerse optimista toda la mañana. Llevaba varios días compilando mis canciones favoritas y por fin había terminado una playlist que me satisficiera. Fue difícil escoger los temas: no quería que fuera demasiado larga pero tampoco podía dejar de lado las canciones que representaban cosas relevantes en mi vida. Le puse ese título porque en la extraña y famosa entrevista de Alberto Aguilera Valadez a Juan Gabriel, uno le pide perdón al otro por meterlo en tantos “líos, problemas y demandas”.

Escuchar a Juan Gabriel es recordar a mi mamá. Chela poniendo los mismos acetatos una y otra vez. Chela cantando alegremente mientras guardaba los trastes. Chela lavando a mano los uniformes de la primaria. Chela, borracha con mis tías, abrazándolas, diciendo que sus hijos lo éramos todo en su vida porque lo demás ya se había ido a chingar a su madre. Las muchas veces que vimos juntas el DVD del concierto en el Palacio de Bellas Artes, coreando la de que nopuedesnopudistenipodrás engañarme. Los increíbles arreglos orquestales que erizan la piel. Su profundo respeto por la música interpretada por el mariachi. “En la faz de la tierra como México no hay dos. En la faz de la tierra como México no hay dos”.

Más adelante: mis propios recuerdos. Tomar conciencia de que era homosexual pero sus canciones eran para una “ella”. Lo difícil que debía ser tener un “mindset de género” al momento de componer. La ambigüedad, el dolor, la alegría que imprimía en sus letras. Que realmente a nadie le importara su franca homosexualidad, que todos lo supiéramos y que no fuera lo más relevante. Encontrar los múltiples errores en sus letras: dequeísmos, redundancias, palabras mal pronunciadas, todo lo que lo hacía más genuino, más sincero y de algún modo más “real”. El concierto del Zócalo, las 3am, el señor que no se callaba y la gente que no se iba. Mis manos adoloridas de tanto aplaudir. Mis piernas que ya no aguantaban, mi mamá que se quería quedar hasta que terminara.

Juan Gabriel, por supuesto, en mis momentos dolorosos. La cantidad de veces que lloré escuchando “La diferencia”. La cantidad de veces que se la dediqué secretamente a alguien que no me quería. La cantidad de veces que la he cantado en los karaokes, irremediablemente triste, irremediablemente feliz. Juan Gabriel en mis mayores momentos de miedo cuando mi mamá pasó un año entrando y saliendo de los hospitales. Recordar que hacía no tanto tiempo, ella había dicho: “Cuando me muera, que me pongan a mi Juanga todo el día”. Que nunca pase. Que nunca, nunca pase.

Y Juan Gabriel, finalmente, en mis más grandes borracheras. Creo que no hay amor musical más sincero que aquel que se siente por las canciones que escoges en la peda. Cuando ya no entiendes casi nada y solamente logras balbucear lo que tantas veces has dicho y deseado de corazón: “Salud, por que cuando nos vaya mal, nos vaya como esta noche”.

Por ahora, vuelvo a escuchar el concierto de Bellas Artes en vivo, un clásico que todo el mundo debería disfrutar en su totalidad por lo menos una vez. Lloro un poquito, pero así es la vida, todo tiene un principio y un fin. Que en paz descanse Juan Gabriel.

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