Una persona sin piernas y sin brazos

Una persona sin piernas y sin brazos se arrastraba por el piso de Sanborns al que vine por mi desayuno. Yo todavía estaba explorando el restaurante para ver dónde me iba a sentar. Sólo había un gabinete disponible —eran las diez de la mañana, las mesas: llenas de gente, computadoras y periódicos– , pero la persona sin piernas y sin brazos estaba ahí en el piso, junto a él. Bloqueándolo.

Mi pequeño cerebro, que todavía no gana la batalla por eliminar completamente la discriminación, asumió que la persona sin piernas y sin brazos iba por las mesas pidiendo dinero. Me detuve con fastidio a esperar que se quitara del único gabinete libre. Pero entonces me di cuenta: estaba batallando por subirse al sillón.

La persona sin brazos y sin piernas era un hombre como de unos 40 años que también había venido a desayunar. Busqué, no sin vergüenza, otra mesa y me senté. Desde ahí, oculta tras claveles que parecían falsos, lo observé a la distancia.

Con paciencia y un popote, tomó su café. Acercó la cara al plato para engullir los huevos. Luego cerró con un jugo de naranja. Terminó su desayuno y, con ayuda de algún tipo de bastón y su boca, regresó al piso y abandonó el lugar.

Me quedé pensando en lo rápida que fui para asumir que una persona sin brazos y sin piernas sólo podía estar en un restaurante para pedir dinero. Pero también estaba asombrada y agradecida con el desconocido que le dio dos buenos cachetadones a mi conciencia.

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