#Ellas52: Yoce (44/52)
Separó en grupos de diez las frágiles grullas del milagro y las aprestó para que imitaran el vuelo, suspendidas como estaban de un leve hilo de coser, una encima de la otra.
Mil grullas, Elsa Bornemann

I
Cientos de hojas de papel se convirtieron en grullas. Las manos de Y hacían los dobleces con una exactitud casi ciega. Adornamos algún concierto con ellas, como tantas veces lo habíamos hecho con sus creaciones. Conocerla fue una de las mejores consecuencias que me trajo tocar con La Banderville.
Cuando pienso en Y, en su manera peculiar de ver el mundo, en su creatividad inesperada, entiendo que mi mente siempre la compara con el origami. Sabe encontrar la manera de modificar la realidad (una plática, una cena, un mensaje de whatsapp) y convertirla en una figura extraordinaria surgida de un material aparentemente insignificante.
II
Según el diccionario, una aventura puede ser una “empresa de resultado incierto que presenta riesgos”. Nuestra época más cercana estuvo llena de aventuras. Así veía yo las noches que íbamos al centro y aprovechábamos el 2x1 de sushi; los fines de semana que salíamos a andar en bici o cuando buscábamos árboles para colgar nuestras telas y hacer danza aérea. Nunca sabíamos qué se cruzaría en el camino, tampoco sabíamos si todo saldría bien.
Así, terminamos alguna vez en un concierto en Puebla, otra en Cumbre Tajín; tejiendo en la sala de mi casa, o admirando el color de la pitaya en su cocina. Otras veces la noche se alargaba, porque bailar junto a ella es olvidar el tiempo; entonces en el camino a su casa se quedaba dormida y, en ese estado, me contaba pedazos de historias extraordinarias que debí haber grabado.
En esos años, su disposición a vivir me llenaba de seguridad. Verla de cerca era como contagiarse por un niño con ganas de explorar el mundo y todo los detalles con que la mirada se adereza de manera particular.
III
La distancia trae consigo una dosis de seriedad. Desde que cambiamos de casas, de trabajos y de círculos de amigos, nuestros encuentros han sido pocos, con pláticas más enfocadas y serias, aunque no por eso menos fantásticas. Como aquella tarde donde los árboles genealógicos y las enfermedades se colocaron como el mantel de la mesa que compartimos, y nuestras palabras echaron raíces, porque llegar a niveles profundos es muy fácil con Y.
Esas raíces han seguido expandiéndose en mi mente. A veces sueño con escribir cuentos, y entonces la imagino ilustrando historias conmigo.
Unir mis palabras con la manera en que el mundo se dibuja en su mente, sería un buen comienzo para tener otras mil aventuras y curar las ramas de esos árboles de los que largamente hablamos una vez.
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La recuerdo mucho con el disco de Alfonso André donde viene esta canción: “Puedo sentir el viento”.
