Por qué quiero escribir

Hace años escribía. No escribía nada importante en sí mismo, pero era importante porque lo escribía y porque me sentaba bien.

Hace años escribía. Vamos a matizar: hace años hacía años que escribía; llevaba años escribiendo. Llevaba más años escribiendo que los años que hace que no escribo. Más de media vida llevaba escribiendo.

No escribía nada importante en sí mismo, en la medida en que algo escrito por una niña entre sus siete y sus veintipocos años pueda ser intrínsecamente importante. Intrínsecamente importante: de interés general y universal, cuyo resultado tiene un valor. No; aquel producto escrito no tenía ningún valor, pero el hecho de escribir era importantísimo. Menciono el producto escrito, pero es el producto no escrito el importante. El proceso catártico de reordenar los pensamientos, la cabeza, el diálogo interno cuando no lo había externo… Sólo se alcanza escribiendo. Sólo. Y me sentaba bien. No a mí; le sentaría bien a todo el mundo, pero la mayoría no lo saben, y es una pena. Pero yo sí lo sé, y por eso quiero escribir.

Pero entonces escribía al vacío, en su mayor parte. Al principio era perfecto; todavía ni existía Internet. Sólo con la seguridad de no tener público podía ser libre de soltar cualquier mierda que se me pasara por la cabeza. Libre de odiar a mis seres queridos, libre de querer a desconocidos, libre de desgranarme a mí misma sin que mi propio reflejo en la mirada de otros me condicionase. Libre de ser todo lo desagradable que esté en mi mano, a propósito o sin querer.

Luego, en la adolescencia, experimenté escribiendo en algunas de las incipientes redes sociales, en las que por edad y por falta de tablas en la red, los que nos leíamos éramos todos físicamente conocidos. Pero, ah, el histrionismo de la adolescencia. Eso va desapareciendo, uno se va moderando, y supongo que la combinación de todas las miradas recibidas lleva al comedimiento. Pero no sé si me gusta eso. Tengo conflictos.

En Internet, las opciones para escribir son numerosas y suculentas, y la posibilidad de establecer lazos en base a un elemento creativo-barra-íntimo es una tentación que no es pequeña. Escribiendo esto me doy cuenta de que me va a pesar más esto último que el comedimiento. Y escribiendo esto ya doy con mi salvoconducto mental para evitar ese condicionamiento fruto de miradas ajenas: asumir que nadie que me pueda condicionar va a leer nada de esto. Porque además es verdad. Quién me debería poder condicionar? Nadie, ni los cercanos ni los lejanos. Los cercanos no deben juzgar, los lejanos no deben importar. .

Quiero escribir porque así sé por qué quiero escribir. Y escribiendo sé qué quiero escribir. Parte de lo que quiero decir es sobre cosas que odio, sobre cosas que me frustran, y sobre personas que odio y me frustran. Y quiero no cortarme con ellas, ser despiadada, cruel, machacante y despectiva. Quiero encontrar el espacio donde hacerlo y no sentirme culpable porque me puedan leer y sentirse mal, o enfadarse conmigo porque me conocen. Quiero ser el Arturo Pérez-Reverte de mis pensamientos. Quizás no sea éste el lugar. Quizá esa relación platónica con la escritura sólo exista en la intimidad de una libreta a la que nadie más tenga acceso. Pero os jodéis.