Las barras organizadas secuestraron nuestro fútbol

Soy amante del fútbol desde que tengo uso de razón, gracias a mis abuelos crecí asistiendo a los estadios todos los domingos, con más devoción de la que visitaba una iglesia.

Mi padre me inculcó otra pasión diferente: me enseñó a estudiar eso que tanto amaba, desde su posición de metodólogo deportivo me mostró el mundo del futbolista, el que no se ve en los noticieros, por él aprendí a amar la intimidad del camerino y a respetar a los 22 gladiadores que divierten a las masas en este circo romano.

Años después termine siendo periodista deportivo, uno que ama lo que hace, pero que no siente la emoción de ir a un campo de fútbol, aquella que me dibujaba una sonrisa al comerme un pastel de papa con carne sentando en una gradería de sol, abandoné las enseñanzas de mis abuelos y nunca más me volví a acercar a un estadio como aficionado.

Todo empezó a cambiar cuando ya no podía ir al estadio con la camisa de mi equipo favorito, por miedo a que me asaltaran o me agredieran los hinchas del equipo rival. Cuando mis abuelos ya cargaban en su bolsa solo las entradas y un par de sándwiches, porque llevar dinero de más significaba arriesgarse a mucho.

Quizá me impactó en ver a mi abuelo en el suelo, luego de que unos policías lo empujaran por correr a detener una turba que se enfrentaba a golpes en la misma gradería de sol a la que yo asistía con vehemencia.

Yo no había llegado a los 10 años y ya le tenía miedo a los estadios.

Estamos secuestrados

Nuestros estadios de fútbol están secuestrados; por un grupo de delincuentes que se esconden detrás de cánticos, banderas y bombos. Que tienen su propia ley y códigos, que hacen y deshacen a su antojo ante la mirada pasiva de todos los entes que intervienen en el fútbol.

Los cánticos son parte del espectáculo, dan color a la grada y alegran cualquier partido, de la misma manera los papelitos de colores que se lanzan al iniciar un juego o las banderas que se agitan al celebrar un gol. Pero todo eso existió casi desde la instauración del fútbol como deporte rey, cuando no había barras organizadas.

Nuestros dirigentes, cobardes y de doble moral son los principales culpables de que nuestros estadios sean tierra de nadie, ellos respaldan de una manera u otra a estos grupos, por el miedo de tener estadios vacíos y un ato déficit financiero.

Deberían sacarse de la cabeza que un estadio sin barras es un estadio vacío y recordar aquellos tiempos en los que las familias eran las que abarrotaban las instalaciones deportivas (por eso empecé con la historia de mis abuelos).

También son culpables los jugadores, esos que por miedo a no sentirse respaldados van a meterse a las barras cada vez que tienen oportunidad, celebran con ellos los goles y les dedican títulos. Incluso utilizan sus cánticos vulgares y agresivos para calentar el ambiente en el camerino, que no vengan a jugar de moralistas pidiendo calma cuando ellos mismos se desgalillan al ritmo de la Ultra, Doce o Garra.

En los alrededores del estadio caminamos como entre zombies, intentando que no perciban nuestro miedo y se nos acerquen pidiendo “una tejita” para poder comprar la entrada al juego.

Pero no voy a hacer las de Poncio Pilatos y lavarme las manos, en la prensa también somos culpables, un hecho como el ocurrido en Cartago solo es noticia de dos días y después pierde validez.

Terminamos abandonando la causa al ver la pasividad de los que realmente pueden actuar o solo pasamos la hoja ante un nuevo contenido editorial, olvidamos todo para hablar de las grandes tapadas de Keylor Navas, la Hexagonal final de Concacaf o cualquier otra insignificante cosa que nos llene un espacio deportivo.

Porque ante esta creciente ola de violencia todo es insignificante y mínimo, no podemos seguir de brazos cruzados tirándonos la pelota de un lado a otro: Dirigentes, jugadores y prensa tenemos que actuar.

Argentina, Colombia, Brasil, México y Honduras han vivido desagradables hechos de violencia que antes solo veían por televisión, en la lejana Europa donde la pasión había acabado con la razón, hasta que se amarraron los pantalones y fueron de frente contra ellos.

Antes de que se pierda la vida de algún aficionado en un estadio de fútbol hago un llamado a los entes anteriormente citados a reunirse, buscar planes de aplicación inmediata en conjunto con el gobierno del país, para acabar de una vez por todas con este mal llamado “barras organizadas”.

A usted aficionado que gentilmente llegó a este punto de mi post le pido no volver a un estadio de fútbol hasta que se haya dado una solución, hasta que nos garanticen nuestra seguridad y la de nuestras familias, en coliseos sin la presencia de energúmenos gamberros que manchan los colores que dicen amar a muerte.

Yo ya no quiero que mis estadios estén secuestrados por las barras organizadas ¿y usted?

Por Juan Carlos Agüero