El arco iris de gravedad — Diario de lectura (21)

PÁGS. 269–275

En la 275 empieza el capítulo II: UN PERM´ AU CASINO — HERMANN GOERING. Vendría a ser “un permiso en el casino…”. Slothrop y un par están de licencia lejos del frente.

Antes, sobre el final del capítulo I leo: “El sillón del padre de Penélope, en el rincón junto a la mesa de la lámpara, está vacío. Ahora el sillón está frente a ella. La niña puede ver el chal de punto sobre el respaldo, puede ver, con sorprendente claridad, muchos nudos grises, negros, marrones y color canela. En el dibujo, o delante de este, algo se mueve: al principio, nada más que refracción, como si hubiera una fuente de calor directamente delante del sillón vacío. –No –susurra ella–. No quiero. Tú no eres él. No sé quién eres, pero no eres mi padre. Vete. Los brazos y piernas de eso permanecen en silencio y rígidos. Ella lo observa. –Solo quiero hacerte una visita. –Lo que tú quieres es poseerme. Las posesiones demoníacas no son algo desconocido en esta casa. ¿Es eso realmente Keith, su padre? ¿Puede ser su padre, al que se llevaron cuando ella tenía la mitad de su edad actual y que devuelven ahora no como el hombre que ella conoció, sino tan solo bajo la forma de su caparazón…?”

¿Cómo saber si los fantasmas son realmente quienes aparentan ser? René Guénon, en un pasaje creo que de Introducción general al estudio de las doctrinas hindúes en el que defenestra a Madamme Blavatsky, dice que sí es posible invocar o atraer presencias psíquicas por medio de ciertos rituales y a través de gente con ciertos dones. Pero aclara que no es posible saber si eso que habla en nombre de tal o cual muerto en, por ejemplo, una sesión de espiritismo, es realmente el muerto o un detritus psíquico del muerto o si es cualquier otra entidad no humana, demoníaca o celestial. Frente a este problema insoluble se recomienda el ejercicio de la religión tal y como siempre se practicó.