El arco iris de gravedad — Diario de lectura (42)

PÁGS. 485–506
Lothar von Trotha fue un militar alemán nacido en 1848 en Sajonia. Ya había tenido una actuación renombrada en las guerras austro-prusiana, franco-prusiana y la de los bóxers, en China, cuando le tocó ir a apagar las revueltas hereras en África del Suroeste, hoy Namibia, en ese entonces colonia alemana. Los hereros eran el pueblo nativo del lugar y estaban, digámoslo así, muy disconformes con el trato recibido por los colonizadores. Los alemanes parece que habían demostrado ser tanto o más miserables como amos que los ingleses, y eso ya es decir mucho. A los hereros les habían robado la tierra, les habían prestado dinero y luego ejecutado esas deudas quedándose con el ganado y con cualquier objeto de algún valor que se les pusiera en el camino. El moderno colonialismo ha aplicado idéntico proceder pero con mayor refinamiento y astucia. Digamos que el imperio alemán no sedujo a sus súbditos de las colonias con un way of life al cual aspirar a cambio del expolio. A los hereros, si todo lo dicho no fuera poco, también los habían esclavizado. Estamos hablando de fines del siglo XIX y principios del XX.
Así las cosas, en 1904 empezó una revuelta herera contra la población alemana y contra las autoridades coloniales. Hubo escarceos y batallas y la situación se les volvió incontrolable a los colonos, que pidieron ayuda a la metrópoli. El Káiser Guillermo II mandó entonces a von Trotha con 20 mil soldados a hacerse cargo de todo. Al final del conflicto, en 1908, el resultado fue la muerte de 60 mil hereros y otros 10 mil namas –el otro pueblo que habitaba ese suelo- a cambio de apenas 700 alemanes.
El genocidio herero incluyó la invención de los campos de concentración, el envenenamiento de los pozos de agua potable de los hereros, el asesinato sistemático del 70% del pueblo herero –es decir, se los mató por ser hereros: von Trotha decretó la expulsión de los hereros del territorio alemán y la muerte de cualquiera de ellos que no cumpliese con la disposición- y la persecución a través del desierto del Kalahari de unos 24 mil hereros que murieron de sed y hambre en su intento por huir. Cuando las tropas de von Trotha peinaron el desierto encontraron esqueletos alrededor de pozos secos: los fugitivos habían cavado intentando encontrar agua desesperadamente y sin suerte.
Después de cumplir con su misión, Lothar von Trotha volvió a Alemania y fue ascendido. Murió de fiebre tifoidea el 31 de marzo de 1920 en Bonn.
De todo esto escribe Pynchon en estas páginas.
