El arco iris de gravedad — Diario de lectura (49)

Tomás Richards
Jul 28, 2017 · 2 min read

PÁGS. 598–613

Alcanzamos el 50% del libro, siempre según el dudoso contador del kindle.

Leo: “se peina como el cantor melódico norteamericano Frank Sinatra”. Sutil extrañamiento este de definir en términos de profesión a Sinatra, un personaje tan cristalizado que no necesita especificaciones. Con esta técnica alude con genio a la nacionalidad uzbeka del personaje que realiza la acción y señala la distancia cultural.

Leo en la 602: “¿O acaso él, a través del lenguaje, ha adquirido la manía alemana de crear nombres, dividiendo cada vez más minuciosamente la Creación, analizando, colocando al nombrador cada vez más impotentemente alejado de lo nombrado, hasta el punto de hacerlo según las reglas de la combinatoria, juntando nombres ya existentes para conseguir otros nuevos, entregándose con morbo al juego infinitamente engañoso de un químico cuyas moléculas son palabras?”

La capacidad de nombrar las cosas dada a Adán por Dios llevada al paroxismo, de modo tal que la moderna ciencia que, efectivamente, avanza a fuerza de nomenclatura desafiando al Creador es, a la vez, el ejercicio y la prolongación de ese don paradisíaco otorgado al Hombre y un sino, un destino, cuyo decurso es morboso y termina alejando al nombrador de lo nombrado.

Leo en la 609: “Bien. ¿Qué ocurre cuando un paranoico se encuentra con otro paranoico? Un cruce de solipsismos. Evidentemente. Las dos formas crean una tercera: un moiré, un nuevo mundo de sombras que fluyen, interferencias…”

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