Nunca será lugar común ni estará de más seguir denunciando que en México, la libertad de expresión, la que se refiere al buen oficio periodístico, está bajo permanente amenaza particularmente por parte del Estado mexicano y los diferentes niveles de poder político. Eso ha ocurrido durante muchas décadas. Pero a ello, hay que agregarle la violencia a la que se sumó el crimen organizado. De ahí que la libertad de expresión periodística ya no solamente es está amenazada por un poder, sino por un grupo de poderes. Malas noticias para el buen periodismo mexicano.


Pero esos son los síntomas de lo que, en mi opinión, tiene varios orígenes de explicación. Tomaré en esta ocasión dos de ellos.

Un sistema político que está diseñado para la opacidad y desde la opacidad. El poder lo definían apenas unos cuantos y solamente le informaban, si acaso, a la sociedad de quien sería su gobernante. Un sistema político que nunca se pensó abierto, transparente, de cara a la gente. En ese proyecto de sistema político nunca se validó a periodistas e intelectuales como lo que es su deber: un contrapeso del poder. Para el sistema político mexicano, los periodistas y lo intelectuales o son aliados o son enemigos.

Durante décadas, la mayoría de los medios apostaron por ser aliados. Para la mayoría, todo el apoyo con recursos directos y los beneficios publicitarios. Muchos medios y periodistas terminaron siendo un gran poder también. Los que no, las excepciones, se les trató y se les sigue tratando como enemigos.

Esta visión de conveniencia que se tiene de los medios y los periodistas desde el poder político, explica la indiferencia con que el Estado ha defendido las amenazas contra periodistas y la libertad de expresión. Es claro que al poder y al sistema político, le viene bien una prensa con miedo, acorralada, poco profesional.

Y es claro que a los gobiernos y al sistema político, y acá entro en el segundo tema, le conviene el estado de cosas que hacen de los medios y los periodistas, un grupo social altamente vulnerable.

Y si bien una parte importante de esa vulnerabilidad es resultado de una combinación entre violencia abierta y persuasión vía sobornos directos o sutiles como el control de la publicidad gubernamental, hay otros elementos que los mismos medios y periodistas nos encargamos de proporcionar.

Insisto, sin dejar apuntar la responsabilidad que tiene el Estado como garante de la libertad de expresión, me parece que nuestro gremio, y sobre todo los periodistas, hemos ayudado en cierta medida a esta vulnerabilidad.

Son varios los factores que han abonado. Una de ellas es la división entre periodistas, división desde donde los poderes formales e informales, socaban la libertad de expresión.

Difícil romper con absurdo legado de décadas, pero no imposible. Al menos eso quiero creer.

Tenemos muchos pendientes para hacer de la sociedad nuestro aliado. Que el poder político en todas sus expresiones entienda que nos somos sus enemigos, tampoco sus aliados. Somos un contrapeso necesario en un sistema político que pretenda ser democrático.

Nos falta más autocrítica, más reflexión de los pendientes. En particular los medios y periodistas, eludimos la revisión de nuestros errores.

Muchas de esas cosas comienzan en nuestra casa, la individual. Despojarnos de esas formas de hacer periodismo y ser periodistas que nos legaron otras generaciones y nada más ya no nos corresponden.

Hace años me encontré con la siguiente cita del periodista Francisco Martínez de la Vega:

“Nuestro oficio no es fácil ni tranquilo. Hay un innegable estado de mala fama pública en el periodismo. Cuando el periodista ataca, se suele pensar que busca la paga; cuando aplaude, se dice que ya lo consiguió; y si no aplaude ni censura, el agua tibia lo hará perderse en el anonimato… Pero es menester pensar que en nuestro país, en trance de desarrollo, necesita de un periodismo capacitado en lo técnico y noble en su orientación. Ese periodismo que han de ejercer los jóvenes que nos reemplacen tendrá, además, la tarea de limpiar la estafeta que nuestra generación les entregue y devolver al oficio sus originales funciones al servicio de las mejores causas de la ciudad, del país, del mundo en que vivimos”.*

Es claro que las generaciones que sucedieron, al menos como generación, nos dejaron una estafeta con muchos pendientes.

La pregunta que dejo, es ¿cuál es la estafeta que queremos dejar?

Desde la Cátedra Miguel Ángel Granados Chapa haremos todo por sumar esfuerzos para ello desde varios frentes. El debate, la reflexión, la actualización de periodistas, el acercamiento entre academia y periodismo… Esa será parte de nuestra tarea. Una Cátedra abierta al debate y la discusión de todos los problemas nacionales, desde el periodismo y la academia.

*Columna En la esquina. De Francisco Martínez de la Vega, publicada en El Día 21 de Septiembre de 1966.

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