Des-astre

Al anochecer subimos cuatro personas y un perro a la azotea. Dos adultos, dos niños en pijama y un cachorro. Avanzábamos juntos entre los tendederos. Una pequeña manada urbana mirando al cielo. Queríamos ver la inmensidad de la luna que nos prometieron las noticias y en su lugar hallamos un resplandor cubierto de humo y gases, como el que dejan los fuegos artificiales. Parecía que el cielo acababa de hacer corto circuito.

El niño mayor trepó el cubo que resguarda las poleas de los elevadores y colocó su mano a manera de techo sobre los ojos. Habrá creído que el gesto, copiado de alguna película e innecesario en la oscuridad nocturna, le permitiría ver con mayor claridad detrás de la nata que nos separaba de la luna.

“No hay nada, ni siquiera una estrellita”.

El perro corría en alegres círculos alrededor de los medidores de gas y las antenas. El resto escudriñábamos la bruma celeste desconcertados, hasta que nos cansamos de adivinar las coordenadas de los astros desaparecidos.

Antes de bajar, dirigimos una mirada rencorosa a la ciudad. Los cuadritos amarillos de las ventanas, los semáforos y los candiles resplandecían nítidos y cercanos como supongo alguna vez sentimos las estrellas.

Una hilera de faroles que serpenteaba sobre Pasea de la Reforma me recordó el dibujo de un dragón chino que vi una vez en un calendario. De pronto se me revelaron peces, panales y hasta un tenedor en la torre Latino… El niño pequeño miraba las luces y sonreía. El grande señalaba los edificios que podía identificar. Pronto ambos olvidarán la luna y las estrellas. Las constelaciones de led son mucho más brillantes.

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