Tania Tagle
Nov 10, 2014 · 4 min read

Breve apología de la violencia como acto de sobrevivencia

Las lenguas humanas serán capaces de nombrar el amor, pero sobre todo, deberán nombrar los crímenes.

Raúl Zurita

México está en guerra desde hace casi una década. Tan sólo durante los últimos dos años se registraron más de 700 homicidios a la semana — de diciembre de 2012 a julio de 2014, 54 mil 325 asesinatos según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública — , de los cuales no se han logrado esclarecer ni el 30%. Setecientas personas asesinadas a la semana, mil 400 ojos, mil 400 manos, mil 400 padres y madres que peregrinan de una instancia a otra para obtener solamente justificaciones: “su hijo andaba en malos pasos”, “para qué dejaba salir sola a su hija si ya sabe”, “era narco”, “era sicario”, “era una zorra”.

Desde hace mucho tiempo es el horror quien nos gobierna. El miedo, sí, pero también la incapacidad para asimilar lo que pasa a nuestro alrededor, para darle una dimensión real. Yo, por ejemplo, me veo forzada de vez en cuando a hacer ejercicios como el siguiente: imaginen el Estadio Azteca a toda su capacidad — 105 mil espectadores — , bueno, pues toda esa gente fue asesinada en nuestro país tan sólo durante el gobierno de Calderón, desmembrada, calcinada, disuelta en ácido.

Estamos hartos de la violencia, repetimos, condenamos la violencia, no más violencia, coreamos. Entendemos por violencia las balaceras, las fosas, las desapariciones, los crímenes. Entendemos por violencia un ente abstracto, casi metafísico: “todo es culpa de la violencia”, “la violencia que ataca al país”, “las víctimas de la violencia”. Y entonces la violencia se convierte en todo aquello que nos agrede pero que no podemos identificar, y, por lo tanto, responsabilizar. Sin embargo, la causa del horror cotidiano va más allá de la violencia, aunque se sirve de ella: vivimos en un estado permanente de tortura física, jurídica y psicológica.

Violencia mítica y violencia fundacional

La palabra violencia tiene raíz en el vocablo latino vis — en griego βίος — del que se originan palabras como vigor, y sí, también vida. La violencia en origen es una fuerza asociada a la vida, a la sobrevivencia. Walter Benjamin, en Hacia una crítica de la violencia, identificará a esta violencia originaria como violencia mítica, aquella que es sólo una expresión de la vida o de la existencia. La violencia mítica no persigue ningún objetivo, es un fin en sí misma. El mejor ejemplo de ella es la ira. La ira va acompañada casi siempre de una violencia cuyo único fin es manifestarse. Sin embargo, la cólera de Aquiles funda la literatura occidental, sin ser su objetivo, instaura toda una tradición. Cuando la violencia deja de ser un fin en sí misma y da origen a una nueva instancia hablamos de violencia fundacional, aquella que utilizan los Estados para establecer una legislación. La violencia fundacional es normativa, establece siempre una ley o vigila que se cumpla.

Así, la violencia que ejerce el Estado o narco-Estado sobre nosotros es siempre una violencia fundacional, es decir, con objetivos preestablecidos. Las desapariciones de activistas o las detenciones arbitrarias, por ejemplo, pretenden regular la participación política de la ciudadanía, tienen un mensaje: “no protestes” “no exijas tus derechos” “ten miedo de salir a la calle”. En cambio, la violencia de los ciudadanos indignados aún se encuentra en su etapa mítica, la quema de autobuses o el reciente fuego iniciado en la puerta de Palacio Nacional, no responden a una finalidad normativa sino a la manifestación de la ira, esta manifestación es un fin en sí misma. No pretende, como le imputan muchos, sembrar el caos o atemorizar, simplemente porque la ira que la enciende es solamente otra cara de la indefensión y de la impotencia. Es la cólera de Aquiles, del que ha visto morir a su compañero.

La tortura

La violencia es una expresión de la vida, estar vivo es ya en sí un acto violento. La violencia es también la que permite regular al Estado, así que de algún modo hace posible la convivencia. Sin embargo, cuando la violencia se ejerce sobre alguien, o alguienes, indefensos con el mero objetivo de ostentar poder sobre ellos, estamos hablando de tortura. La tortura trasciende la violencia, la utiliza pero no se manifiesta como un fin en sí misma ni para legislar ni para hacer cumplir una legislación, la única finalidad de la tortura es destruir la dignidad, vejar, deshumanizar.

En México, desde el aparato burocrático, que no es otra cosa que la fuerza bruta del Estado hecha institución, hasta los asesinatos y las desapariciones forzadas, son mecanismos de tortura a los que todos estamos sujetos. Julio César Mondragón, el joven estudiante de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, quien fue torturado hasta la muerte por la policía, es tan sólo el último eslabón de una cadena que inicia en el momento en que un padre intenta denunciar una desaparición y es ignorado por el Ministerio Público o en el momento en que una esposa y joven madre se ve obligada a identificar el cuerpo desollado de su marido en una morgue; pero también cuando en una sala de urgencias del IMSS una mujer que lleva ahí todo el día se desmaya de dolor, también cuando una familia es echada a la calle durante la madrugada por no poder pagar la hipoteca. Todos estamos expuestos a distintos niveles de tortura cada día, todos tenemos que enfrentarnos diariamente con nuestra propia indefensión ante un poder sinuoso que oscila entre la sangre y la demagogia.

La única forma de resistir a la tortura es seguir con vida. La vida, vis, es un acto de violencia, una manifestación de la cólera. Estar vivos es más violento que incendiar un autobús, es mucho más amenazador, por eso nos matan en lugar de prenderle fuego a nuestras puertas. No hay nada más violento que la fuerza de la vida. Lo único que desarma al torturador es la sobrevivencia. Incendiarlo todo es una manifestación de la ira pero no es una resistencia, no crea las condiciones para frenar la tortura, para fundar nuevas vías. Es una expresión que se consume a sí misma. En este caso, la voz es mucho más violenta que el fuego. Estamos vivos, violentamente vivos y nuestras vidas, nuestras voces juntas, son más fuertes que cualquier incendio.

Tania Tagle

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¿Es tuyo todo ese ego? ¿Te lo vas a comer?

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