Daddy issues

Mi papá me escribía cartas en mi cumpleaños. Eran largas y hermosas, llenas de parábolas y lecciones “importantes para la vida”, pero no recuerdo un sólo pastel que haya partido conmigo.

Mi papá me regalaba muchos libros. Era su forma de lidiar con las conversaciones incómodas. Las preguntas que tienen los niños sobre el divorcio no respondía ninguna de las preguntas que yo tenía sobre el divorcio (¿quieres más a tu nueva novia que a nosotras?), pero los dos hicimos como que sí y no volvimos a tocar el tema.

Mi papá me llevó a los teatros y a los museos, la Cultura con mayúsculas provenía de él; mientras que la cultura con minúsculas, como las canciones de cuna y las mermeladas para los vecinos, eran cosa de mi madre.

Nuestra familia, tras el divorcio, se partió en dos. De un lado quedaron ellos (mi papá y mis hermanas) y del otro lado nosotras (mi mamá y yo). Pero esa bipartición nos transformó, las personas que habían sido mis padres desaparecieron y fueron reemplazadas por un par de adultos desesperados por recobrar los años perdidos (o “desperdiciados” como decía mi mamá), como si la paternidad/maternidad hubiera sido sólo un performance que representaban para el otro y que ya no tenían necesidad de sostener.

Me gustaría decir, como he leído a muchos últimamente, que yo también crecí en una familia anticanónica, conformada sólo por mi madre y por mí, pero la realidad es que crecí en una familia amputada que aún conserva el dolor de sus miembros fantasmas.

Mi padre, desde su ausencia, siguió rigiendo nuestras vidas. Recuerdo, por ejemplo, que llamaba por teléfono a la casa a las 9 de la noche, y si nadie contestaba no depositaba la pensión. Podían pasar meses sin que nos visitara, pero estuviéramos donde estuviéramos, teníamos que salir corriendo a las 8:30 para no hacerlo enojar. Había renunciado a su función de protección y cuidado, pero seguía manteniendo intacta su potestad para ejercer violencia. (Mi padre en eso se parece mucho al Estado mexicano.)

Por supuesto, la sociedad se encargó de preservar esas estructuras de poder más allá de la casa. “¿Son tú y tu mamá solas?” “¿No ves a tu papá? ¿Sí?” “Ah, entonces sí tienes papá, qué bueno”.

La escuela, las fiestas, las tardes frente a la tele, todos mis recuerdos de la infancia son un negativo atravesado por la sombra de mi padre: en la foto aparezco yo, sobre el escenario de la escuela, vestida de Sandy de Vaselina, pero cuando mi memoria va hacia ese día, lo primero que aparece es la frase “ojalá me hubiera visto/qué bueno que no me vio”.

¿Cómo te rebelas ante una autoridad fantasma? ¿Todo en mi vida puede explicarse a partir de la falta de mi padre? (falta como carencia y también como transgresión) ¿Mi autoestima, mis relaciones violentas, mi necesidad de reafirmarme/oponerme, incluso mi feminismo, no son sino resultado de una pieza ausente en mi estructura? ¿Soy una hija enferma del heteropatriarcado?

Quizá, pero ya no me avergüenza.

Durante mucho tiempo me aterró la idea de hablar públicamente al respecto; por lo menos una vez a la semana alguien adjudica mis opiniones y/o mis decisiones a mis daddy issues. Sé que es porque básicamente “malcogida” no me pueden decir, y hay que encontrar la forma de descalificar y reducir al otro al absurdo. Sin embargo, me afectaba, o yo permitía que me afectara porque en el fondo también me sentía como un damaged good.

No más.

Resulta que es mentira que si tu padre no te quiso (o no te quiso como te dijeron en las películas que te tenía que querer) ningún hombre lo hará. Mejor aún: resulta que es mentira que necesitas que un hombre, el que sea, “te quiera”. No así, no como te dijeron que era. Porque el amor no tiene nada que ver con lo que aprendiste en tu casa ni en la tele, no tiene nada que ver con el miedo ni con la sumisión, ni con complacer a otro para que te quite lo sola y lo indefensa que irremediablemente acompañan a tu “lo mujer”.

Y mejor todavía: no estás obligada a repetir los patrones de la familia que te crió. No existe un sólo tipo de familia aunque se acaben los pies marchando los que marchan. Porque nosotros también marchamos en cada guiño cómplice y amoroso, en cada red solidaria, en cada acto hospitalario, en cada repartición justa del cuidado, en cada niña y en cada niño que está aprendiendo que su familia es perfecta sencillamente porque se ama en libertad y ningún miembro sobra y ningún miembro falta. En todos esos gestos vamos juntos marchando y tampoco nos vamos a detener.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Tania Tagle’s story.