Historia de mis errores

A Gabriela Damian, por no llevarme a la cueva del dragón pero darme el mapa.

Hace como cinco años comencé a escribir una columna en una revista que se leía muy bien. Era la primera vez que publicaba en forma y estaba muy emocionada por la cantidad de lectores que compartían y comentaban mis textos. Pero el que rompió todas mis expectativas en cuanto a lectura y difusión fue uno en contra del feminismo. O de lo que yo entendía por feminismo en aquel entonces, que es bastante parecido a lo que entienden muchas mujeres que hoy lo consideran no solamente caduco sino un movimiento nocivo que no las representa en absoluto. Era una columna escrita sin rigor y con base en impresiones personales que no llegaba a ser una crítica en forma a muchas cosas que a la fecha me siguen disgustando de algunos feminismos. Y es que sí, con el paso de los años fui descubriendo no solo la importancia y la necesidad del feminismo sino que no existe solo uno: hay muchísimas corrientes feministas y muchísimas formas de ejercerlas, pero a pesar de las discrepancias, que a veces parecen insalvables, su denominador común siempre será la lucha por la equidad entre hombres y mujeres. Algo tan manoseado por los discursos oficiales e institucionales y tan interiorizado por la mayoría de la población, que muchas veces llegamos a creer que la equidad existe solamente porque lo dice la Constitución.

Yo, mujer blanca, de clase media, con estudios universitarios, pasé la mitad de mi vida en Chihuahua y la otra mitad en Guanajuato, los dos estados que hoy se disputan el primer lugar de feminicidios a nivel nacional. Sin embargo, desde el lugar privilegiado en el que me tocó crecer y desarrollarme, para mí el feminismo era un berrinche de mujeres que se habían comprado el papel de víctimas históricas y buscaban la forma de obtener beneficios de ello. Era absolutamente ciega a la desigualdad entre los salarios masculinos y femeninos o a la muy superior tasa de analfabetismo entre las mujeres en este país. Había normalizado el sexismo e incluso me parecía simpático que las mujeres fuéramos representadas como histéricas irracionales en la publicidad y en la vida cotidiana. Para cuando escribí la mentada columna, me jactaba de haber hecho enojar a las “feminazis” que inmediatamente llegaron a “pontificar” en los comentarios. Pero pasó algo maravilloso, no solamente expresaron su desacuerdo con mi texto, me dejaron enlaces con bibliografía, se esforzaron por hacerme reflexionar y lograron que al menos me interesara documentarme verdaderamente sobre el tema. Comencé a leer y a cuestionarme si mi postura era realmente mía o había adoptado el discurso de quienes satirizan y tergiversan el feminismo para encubrir un machismo que no se atreven a aceptar ni para ellos mismos.

En ese momento estaban ocurriendo demasiadas cosas en mi vida que no lograba asimilar, recién me había titulado, acababa de ser madre, comenzaba a publicar, mi relación de pareja era un infierno y todo lo que creía comenzaba a desmoronarse. Tuvo que pasar mucho tiempo para que me permitiera a mí misma, mujer estudiada e independiente, admitir que estaba siendo víctima de violencia (¡víctima! la palabra maldita) y tuvo que pasar mucho más para que me atreviera a hacer algo al respecto. Y es que nadie quiere ser una cifra, nadie quiere admitir que la persona que eligió para compartir su vida está cometiendo un crimen y, sobretodo, nadie quiere abrir los ojos: la luz siempre duele. Pero lo hice, por mí y por mi hijo. Salvé mi vida. Al ser capaz de algo tan grande como eso, admitir que me había equivocado respecto al feminismo fue pan comido. Me comprometí conmigo misma y al mismo tiempo con todas las mujeres a no ser cómplice de la violencia en ninguna de sus manifestaciones. Precisamente por eso me parece muy importante decir que el “piropo”, el asedio, la invasión del espacio personal, incluso una mirada lasciva parecen inocuos en comparación de un insulto o un golpe. Pero hablo con todo el conocimiento de causa cuando digo que no están desvinculados, ponerle un alto a las agresiones mínimas es erradicar la posibilidad de agresiones mayores y ninguna mujer debería ser juzgada o ridiculizada por ello.

Ojalá yo lo hubiera hecho.

Sigo aprendiendo y sigo cuestionándome, hoy, por ejemplo, gracias a otra feminista me di cuenta de la importancia de ahondar en la crítica, de no casarse con la ideología y de no descalificar o excluir a nadie para no terminar convirtiéndome justamente en aquello que me había alejado del feminismo en algún momento. He transitado un camino muy largo y accidentado para llegar a donde estoy ahora, me he equivocado muchísimo y seguramente me voy a equivocar mucho más, pero ya no me avergüenza admitirlo. Al contrario, nunca me había parecido más importante que ahora contar la historia de mis errores, quizá solo tiene valor para mí por ser mía, quizá sólo se trata de compartir.