Las mujeres musculosas se ven mal

Tania Tagle
Jul 27, 2017 · 4 min read

Hace 3 años, un sujeto me acorraló atrás de una estación del metro y me metió la mano entre las piernas. Llevaba un vestido corto de seda que me regaló una tía y que me gustaba mucho. Nunca más volví a usarlo. Recuerdo verlo salir de la nada y acercarse a mí, recuerdo como me fue empujando con su propio cuerpo hasta tenerme contra la cortina metálica de un negocio cerrado, recuerdo su aliento a humo sobre mi cara y recuerdo su mano caliente y áspera. Tuve miedo de gritar por temor a que me pegara, ya había estado en esa situación antes, dentro de mi propia casa: si gritas o lloras te pegan más fuerte. No hice nada.

Dos muchachos con uniforme de escuela pasaron casi enfrente de nosotros. Tampoco hicieron nada, pero al verlos mi agresor simplemente se dio la vuelta y se fue caminando como si la calle y mi cuerpo le pertenecieran. Hubiera deseado con todas mis fuerzas poder defenderme. Lo recuerdo ahora y me da rabia, repaso nuestras posiciones, la postura de sus piernas, era tan fácil. Y en ese momento me parecía tan imposible.

Hace casi dos años parí a mi segundo hijo. Me empeñé en que fuera parto natural a pesar de que ya tenía una cesárea previa. Mi primer hijo había nacido de una manera traumática, hicieron conmigo lo que quisieron, me anestesiaron y cuando desperté una herida vertical me atravesaba por la mitad y mi bebé estaba lejos. Quería ser dueña de mi segundo parto. Quería probarme que era capaz de hacerlo.

La labor duró cerca de 8 horas. Ocho horas en las que yo decidí por completo sobre los procedimientos, acepté y rechacé medicamentos, respiré, medité, estuve presente. A la hora de la expulsión pujé con tanta fuerza que me estallaron las encías por apretar los dientes, me sentí sumamente poderosa. Cuando volví a casa mi relación con mi cuerpo era otra: lo respetaba y admiraba de una forma que jamás me había imaginado.

A los tres meses de mi parto me inscribí en un gimnasio. Estaba fascinada con la nueva fuerza que había descubierto en mí y quería probarla, entrenarla y aumentarla. No lo hice por estética ni por salud, lo hice porque mi cuerpo se me había revelado como una herramienta maravillosa que hasta entonces no había sabido utilizar, ni cuidar. Cada sesión extenuante me retaba a volver al día siguiente. Dejé de compararme —como lo había hecho toda la vida— con otras mujeres. Dejé de criticar o envidiar sus cuerpos. Mi competencia era contra mi propia resistencia.

Dejé de ser Tania “la que se cae en todas partes”, “la torpe”, “la que no baila”, la que prefiere hacerse pequeñita antes que reclamar su derecho al espacio, antes que defenderse.

A los pocos meses de entrenar, un tipo me siguió rumbo a mi casa en la noche. Llevaba la mano derecha dentro del pantalón y se iba acercando bastante rápido. Esperé a que estuviera suficientemente cerca y le di un puñetazo en la cara que lo hizo caer de sentón. Para mí fue como graduarme. Ese puñetazo era contra él pero también contra todos los que me había agredido antes que él. Era un golpe de vuelta al compañero de secundaria que me desabrochaba el brassiere y al jefe que me encerró en su oficina y a la expareja que me pateó y al tipo que me manoseó atrás del metro…

Me inscribí a kick boxing y empecé a levantar más peso. Igual o más que los hombres. Y entonces empezaron los comentarios no solicitados. Está bien que una mujer vaya al gimnasio cuando su intención es “ponerse buena”, adelgazar o “moldear”, como dicen los entrenadores. Pero “las mujeres marcadas se ven mal”. Escucho esa frase al menos una vez a la semana. La fuerza no es un atributo “femenino” y ningún hombre quiere ver a una mujer levantando más peso que él. Qué asco, mejor me cojo al mecánico, dicen. Como si tuvieran una remota oportunidad. El ego de los hombres se lastima con casi cualquier cosa. Incluso con una desconocida que no sonríe ante sus comentarios no solicitados mientras se ejercita. Pero ya no me paralizo.

“Tan bonita y tan machorra” me gritó un tipo hace unos meses en la calle. Cuando lo platiqué con mi pareja nos morimos de orgullo. “Es que caminas como si no tuvieras miedo, como si la banqueta fuera tuya” me dijo él. Esa seguridad que al parecer está reservada para los hombres y para las “machorras” (al parecer, porque a ellas las agreden con más virulencia, con más resentimiento, las amenazan, las violentan) a mí me la dio el ejercicio.

Creo con firmeza que, seamos fuertes o no, todas tenemos derecho a caminar sin miedo. A vivir sin miedo. No quiero vivir en un mundo donde todas las mujeres sepan defenderse, sino en un mundo donde no tengan necesidad de aprender a defenderse. Pero, mientras lo construímos (en eso estamos), voy a seguir levantando peso y viéndome espantosamente mal.

    Tania Tagle

    Written by

    ¿Es tuyo todo ese ego? ¿Te lo vas a comer?